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Opinión | Mirando al abismo

Vivir sin ser conscientes

Nietzsche planteó el concepto del eterno retorno como una prueba de amor propio, un desafío para abrazar la vida en su totalidad, sin buscar justificaciones externas

"Cuando algo duele de verdad, encendemos una vela o buscamos trending topics"

"Cuando algo duele de verdad, encendemos una vela o buscamos trending topics" / EFE

Nietzsche imaginó el pensamiento más abismal: ¿y si todo lo que has vivido volvieras a vivirlo, una y otra vez, hasta el infinito? No como castigo ni como recompensa, sino como prueba. El eterno retorno no es una cosmología, es un espejo. Y lo que devuelve ese espejo, si uno se atreve a mirarlo, no siempre es un rostro dispuesto a bailar sobre las ruinas de Dios. Cada año, en primavera, el mundo occidental detiene su marcha. Las ciudades se llenan de procesiones, de túnicas, de silencio litúrgico. Las calles huelen a cera derretida y azahar. Hay algo hermoso en ese rito, sería necio negarlo. Pero hay también algo inquietante: que siglos después de la muerte de Dios proclamada por el propio Nietzsche, seguimos organizando nuestro calendario, nuestros cuerpos y nuestros duelos en torno a una deuda contraída con lo sagrado. Que el mundo se paralice en Semana Santa no es un dato folclórico: es un síntoma.

Nietzsche distinguía entre el nihilismo activo y el pasivo. El primero destruye para abrir paso a algo nuevo; el segundo se instala en el vacío y lo llama paz. La modernidad prometió emancipación y entregó pantallas, métricas de productividad y una libertad de catálogo. Elegimos entre opciones preseleccionadas y llamamos a eso autonomía. Consumimos identidades como quien prueba ropa. Y cuando algo duele de verdad, encendemos una vela o buscamos trending topics. No hemos matado a Dios; hemos subcontratado su función.

El eterno retorno, bien entendido, exige algo radical: que quieras tu vida tal como es, con todo su peso, con toda su sombra, hasta el punto de desear que se repita eternamente. Es el mayor test de amor propio que jamás se haya formulado. Pero una civilización que sigue pidiendo cuentas a lo trascendente, que reza en estadios o en redes sociales con la misma devoción, que delega en dioses, en líderes carismáticos o en algoritmos la responsabilidad de su destino, esa civilización no puede superar el test. Porque para amar tu vida necesitas, primero, vivirla como propia. Y aquí radica la tragedia: no es que la humanidad sea malvada. Es que es cobarde de una manera muy particular. Preferimos la culpa al vacío. Preferimos la deuda con Dios al vértigo de no deberle nada a nadie. La libertad absoluta aterra más que cualquier infierno, porque el infierno, al menos, tiene estructura, jerarquía, alguien a quien culpar.

El futuro de la especie no depende de si creemos o no en Dios, ni de qué procesión sale el Viernes Santo. Depende de si somos capaces, algún día, de habitar el presente sin necesitar que alguien lo justifique desde fuera. Nietzsche murió loco, abandonado, y sin ver ni un atisbo de los superhombres que convocó. Quizás porque ya sabía lo que los datos confirman un siglo después: que somos animales de rebaño con delirios de grandeza, y que si el superhombre viniera, si se cumpliera, nos encontraría exactamente igual. De rodillas. Pidiendo perdón por haber nacido libres.

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