Opinión | Tribuna
Profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis de Málaga
Jesús Lozano Pino
La paradoja del poder: ¿Es el futuro de los fuertes o de los vulnerables?
Mark Rutte, al citar a Ronald Reagan, proyecta seguridad en la OTAN, pero la noticia cuestiona si el futuro pertenece solo a los fuertes, dejando de lado a la fragilidad humana

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio. / Andrew Leyden / Zuma Press / Con
Recientemente, una frase resonó en los pasillos del poder internacional: «El futuro no es de los débiles». Pronunciada por Mark Rutte en el contexto de la OTAN, el mandatario rescató esta contundente expresión de Ronald Reagan, quien la inmortalizó tras la tragedia del transbordador Challenger. La sentencia busca proyectar seguridad, músculo militar y una determinación inquebrantable frente a las amenazas globales. Es el lenguaje del acero, de los presupuestos de defensa y de la geopolítica que no admite titubeos.
Sin embargo, a nivel humano, esta afirmación nos deja un sabor metálico y frío. Si el futuro solo pertenece a los fuertes, ¿qué lugar queda para el resto de la humanidad?
La fragilidad como verdadera fortaleza
Desde una lógica puramente terrenal, la frase de Rutte tiene sentido: en un conflicto, el que tiene más fuerza suele imponer su voluntad. Pero la historia del alma humana cuenta una versión muy distinta.
Fuera del estruendo de las armas y la retórica del poder, se alza la figura de Jesús de Nazaret. Su mensaje no fue una oda a la dominación, sino una revolución de la mansedumbre. Jesús no solo habitó la debilidad, sino que la dignificó:
• Bienaventurados los pobres y los que lloran: No prometió el futuro a los generales, sino a los que sufren.
• El lavado de pies: El líder no es el que aplasta, sino el que sirve desde la posición más baja.
• La Cruz: El acto definitivo de aparente «debilidad» que terminó transformando el mundo de una manera que ningún ejército romano pudo igualar.
Para Jesús, el futuro no es de los que acumulan hierro, sino de los que tienen la fuerza moral de amar incluso en la derrota. La «fuerza» del mundo es a menudo solo una máscara para el miedo; la vulnerabilidad de Jesús es el valor de quien no tiene nada que proteger excepto la verdad.
La lógica inversa de San Pablo
Si alguien entendió la contradicción entre el poder político y el poder espiritual, fue San Pablo. En un mundo dominado por la implacable bota de la Pax Romana, Pablo se atrevió a escribir una frase que degrada cualquier discurso de autosuficiencia militar: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte.» (2 Corintios 12,10)
Esta no es la resignación de quien se rinde, sino la sabiduría de quien reconoce que la verdadera potencia no nace del ego o de las armas, sino de la apertura a algo más grande.
1. La debilidad nos hace humanos: Quien se cree invulnerable deja de empatizar. El «fuerte» que desprecia la debilidad termina construyendo un futuro de muros y soledad.
2. La fuerza en la grieta: Como dice el arte del Kintsugi, es en las grietas donde se pone el oro. Una sociedad que solo valora la fuerza bruta es una sociedad quebradiza, porque nadie puede ser fuerte para siempre.
La ontología del abajamiento: Vattimo y la debilidad
Esta inversión de valores encuentra un anclaje profundo en el «pensamiento débil» de Gianni Vattimo. Es crucial entender que no hablamos de una «debilidad de pensamiento» o de una carencia intelectual, sino de una postura ontológica que cuestiona la violencia de las verdades absolutas. El pensamiento débil es, en esencia, una renuncia a la pretensión de dominio que históricamente ha justificado el aplastamiento del «otro» en nombre de grandes ideales o potencias.
Para Vattimo, esta propuesta se entrelaza de forma natural con la kénosis cristiana: ese vaciamiento de Dios que decide no imponerse mediante la fuerza, sino encarnarse en la fragilidad de un niño y, finalmente, en la desnudez de la cruz. Al debilitar las estructuras rígidas del poder y de la metafísica impositiva, se abre paso a la caridad. Así, la debilidad no es un defecto a superar, sino la condición necesaria para una existencia verdaderamente libre y democrática, donde la escucha prevalece sobre la orden militar.
En este sentido, el futuro que propone Rutte es un retorno a una «metafísica de la fuerza» que ya ha demostrado su capacidad destructiva. Por el contrario, un futuro humano requiere la madurez de reconocer que solo debilitando nuestras certezas absolutas, esas que a menudo se convierten en dogmas excluyentes, y nuestras armas, podemos construir un espacio donde la convivencia sea posible. La verdadera fuerza no reside en la capacidad de ser invulnerable, sino en la valentía de habitar la finitud y la apertura al prójimo.
Unfuturo con rostro humano
Cuestionar la frase pronunciada por Rutte no es pedir ingenuidad ante el peligro, sino recordar que una paz construida solo sobre la fuerza es simplemente una tregua armada. Si el futuro no es de los débiles, entonces el futuro no es de los niños, ni de los ancianos, ni de los enfermos, ni de los poetas. Si expulsamos la debilidad de nuestra visión del mañana, estamos expulsando nuestra propia humanidad.
Al final, los imperios caen y los hombres «fuertes» pasan al olvido. Lo que permanece es lo que se construyó desde la ternura, el sacrificio y esa extraña fortaleza de la que hablaba Pablo: la de aquellos que, sabiéndose pequeños, fueron capaces de sostener el mundo con el amor.
El futuro, si ha de ser humano, tendrá que pertenecer a quienes aprendieron a ser fuertes en su debilidad y esto tiene mucho que ver con el cristianismo.
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