Opinión | Tribuna
Daniel Barreto
María Zambrano y el cine: el filósofo y el payaso
La editorial Mardulce agrupa en el volumen Tiempo y luz los ensayos de la malagueña sobre el séptimo arte

María Zambrano / l.o.
El subtítulo del libro Tiempo y luz (Mardulce Editora, 2025) anuncia los ensayos de María Zambrano sobre cine. Pronto percibimos que no se trata de hablar sobre sino a propósito de la gran pantalla. Pues lo que la filósofa malagueña pone sobre la mesa va más allá de la teoría fílmica: la noción misma de lo humano después de las barbaries del siglo XX. ¿Vuelco de expectativas? Bien mirado, no tanto. La pensadora lo había advertido desde siempre. Cuando el filósofo reflexiona sobre cualquier asunto, no deja fuera ninguna de las grandes preguntas. Lo que sí descoloca es la figura citada para afrontar la crisis que desgarra la centuria. El envite no puede ser más desconcertante. Llama a capítulo nada menos que al payaso. Quizá no sea exagerado afirmar que sus escritos de cine contienen una teoría de la relación especular entre el filósofo y el clown.
Como es sabido, el payaso que marca la historia del celuloide es el Vagabundo (The Tramp) o Charlot, según es conocido en francés y español. Hasta el punto de que algo sustancial se perdería si obviamos su impronta en el séptimo arte. El personaje creado por Charles Chaplin nos habría devuelto una verdad antigua, tal vez incluso antropológica. Llamémosla el secreto del payaso. ¿Cuál es? El clown titubea porque está desajustado de su entorno. No encaja en la función asignada. Siempre torpe y despistado. Como tiene un pie dentro y otro fuera de sí mismo, trastabilla a la primera de cambio. He aquí que resbala y cae tontamente, pues se entretiene enroscado en lo invisible. Así le sucede también al filósofo, con frecuencia objeto de burla para quien termina espetándole: «¡Déjalo ya! ¡No lo pienses más!».
En efecto, su torpeza delata introspección. El payaso imita el despiste del meditabundo. Como el filósofo, ha extraviado su mirada en parajes interiores. Ha puesto entre paréntesis prejuicios y convenciones.
La risa
¿Por qué da risa la imitación del desajuste? Porque nos calma. La risa purga el miedo a parecernos a él. Temor al desacoplamiento, a dudar y, por ello mismo, a tomar otro camino. Quizá divergente, incluso disidente. Insumisión pasiva a las ocupaciones de la gente seria, ya sea acumular dinero u obtener prestigio. Al reír nos tranquilizamos, porque todo finalmente parece controlado. Cada cosa en su sitio después del vaivén juguetón en los márgenes. Quien así actúa no es más que un bufón.
Y, sin embargo, no se borra la ambigüedad. En el payaso reconocemos nuestra vocación de seres excéntricos y capaces de quedarnos «en vilo». La atracción que supone vernos fuera de lugar o, como señaló Lévi-Strauss a propósito de Rousseau, aproximarnos a los diferentes y, en el mismo gesto, separarnos de nosotros mismos. En la risa también sobrevive nuestra complicidad con el histrión.
Por eso cabe afirmar que Charlot vivía bajo el signo del exilio. No en vano es un «vagabundo, el hombre solo, sin patria y sin más oficio que la bondad y la gracia», escribe María Zambrano. En el siglo de los patriotismos letales la imaginación popular dejó paso a una alternativa: el errante compasivo. «Su debilidad es dinamita», decía Siegfried Kracauer, porque la confesión de la fragilidad quiebra la lógica del poder y horada la masa nacional.
Debido justamente a las resonancias liberadoras que evoca en nosotros, la máscara del payaso es usurpada por sus perfectos antagonistas. El líder populista hace gala de histrionismo e incita a sus seguidores a gozar de una supuesta espontaneidad sin trabas, sin protocolos, sin normas. En el fondo opera una calculada falsificación de la libertad. Las mofas, muecas y aspavientos, los bailecitos, gritos y berrinches hablan de una rebelión impostada. Porque la revuelta, por mucho que vocifere y gesticule, tiene su destino en la hiperadaptación y el odio a pensar por uno mismo.
Gestos
Basta observarlos de cerca. En sus gestos ya no encontramos la imitación suave del payaso enamorado, sino el resentimiento y la agresividad del narcisista. Su única ley es la indiferencia ante el sufrimiento de los otros. La sobreactuación del caudillo busca compensar su rencor fingiéndose emancipado. Pero justo en el momento en que grita: «¡Viva la libertad, carajo!», desea inmolarse en el altar del sistema económico.
El gran Dictador (1940) refutó el secuestro del histrión. No es casualidad que Chaplin interpretase en el filme tanto al humilde barbero judío como al ególatra dictador fascista. La última palabra es de esperanza, pues el «hombre pequeño» logra deshacer con las artes del payaso el hechizo populista.
¿Y hoy? A izquierda y derecha se lucha por sostener a duras penas la identidad exaltando la pertenencia al territorio. Empeño desesperado por encontrar asideros en una sociedad que se derrumba. ¿Quién apuesta todavía por el vagabundo compasivo? ¿Por impugnar la sacralidad del terruño y lo «nuestro»? ¿Por aprender la lección de la mejor filosofía del pasado siglo XX? Para María Zambrano, la «verdadera patria» era el exilio y para Hannah Arendt, otra fugitiva, los refugiados eran la «vanguardia de los pueblos». Ambas pertenecen a una tradición oculta que susurra, ante la megalomanía de las naciones, aquel aforismo de Franz Kafka que bien puede ilustrar los paseos solitarios de Charlot: «Dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo».
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