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Opinión | Málaga de un vistazo

El tablón de Parcemasa

Coches entrando a Parcemasa.

Coches entrando a Parcemasa. / ARCINIEGA

Tengo la sombría costumbre de abrir a diario la página web de Parcemasa. Al visitarla, aparece un tablón con el nombre y apellido de las personas finadas que están ese día allí. Todos los malagueños guardamos recuerdos desagradables al enfrentar la cuesta que lleva a los aparcamientos del complejo funerario, camino que suele preceder a uno o dos días de horadante dolor y silente desazón. Si les digo la verdad, no sé muy bien cómo empezó esta rutina, pero a día de hoy me sirve como memento mori local, pues me hace recordar que todos acabaremos algún día en ese tablón y, entonces, mucho de lo que hoy nos quita el sueño perderá, de un plumazo, su importancia. Los nombres que aparecen diariamente ahí corresponden a vecinos que, hasta el día de antes, tenían planes y cosas pendientes por hacer, preocupaciones y guerras internas. Pero, a partir de ese día, nada de eso importa. El mundo, cuando faltas, sigue sin ti. El informe pendiente de entregar, lo entregará otra persona, que ocupará tu silla y tirará los dos pósits que tenías pegados en la parte baja del monitor y que tanto te preocupaban. Es insostenible vivir la vida como si cada día fuese el último, sí, pero no me parece menos estúpido vivirla como si ningún día pudiera serlo. Cuando cuento esto, y aunque quieran ocultarlo, noto que me toman por loco. Es esa consecuencia de la humana costumbre de vivir de espaldas a la muerte. Pero la muerte está ahí y, quizá, ser conscientes de que esto tiene un final, además de darle sentido al camino, nos permita relativizar las extenuantes exigencias de perfección e hiperproductividad a las que el implacable sistema capitalista nos somete. No digo que seamos unos viva la vida, pero que tampoco este viaje sea un continuo sinvivir.

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