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Opinión | Mirando al abismo

Amigos en masculino

La autora celebra la amistad entre hombres y mujeres, destacando la importancia de aquellos que ofrecen apoyo incondicional y compañía en la vida

Amistad entre mujeres y hombres

Amistad entre mujeres y hombres / l.o.

Hay una lista que crece. La actualiza la prensa cada semana, cada día a veces, con nombres de mujer escritos en tinta. Son las que no volvieron a casa, las que encontraron la muerte donde debían haber encontrado cobijo. Esa lista existe, y mirarla de frente duele y obliga. Los hombres que la escriben —con sus manos, con su silencio, con su indiferencia— forman parte de una historia que nosotras llevamos en el cuerpo como una herida que aprendemos a rodear sin tocar.

Pero hay otra historia. Menos ruidosa, sin titulares, sin el morbo que vende. Es la historia de los que se quedan. Los que no desaparecen cuando la vida se complica. Los que escuchan sin necesitar que se les invite dos veces, los que mandan un mensaje a las tres de la mañana cuando intuyen que algo no va bien. Los que te dicen la verdad aunque duela, y la dicen con el tono de quien cuida lo que nombra.

Hay una idea vieja, cansada y bastante torpe que dice que entre un hombre y una mujer la amistad es imposible, que debajo de cada conversación se esconde una intención, que la cercanía es siempre una estrategia. Qué reduccionismo tan triste. Qué poco espacio deja para las cosas que de verdad importan: para las tardes en que alguien te acompaña sin pedir nada, para las risas que nacen de conocerse tanto que las palabras ya son innecesarias, para los abrazos que saben exactamente cuánto tiempo tienen que durar.

Tengo amigos —en masculino plural, y lo digo con orgullo— que me miran enfrentarme al mundo como quien mira el sol sobre el agua dando luz al mar. Sin admiración impostada, sin esa condescendencia disfrazada de elogio. Con una atención limpia, de las que reconocen sin apropiarse. Son compañeros de camino en el sentido más antiguo de esa palabra: los que comparten el pan y el polvo del mismo trayecto, los que saben qué peso llevas sin que tengas que enseñarles las manos.

La amistad entre hombres y mujeres, cuando es sincera, tiene algo que pocas relaciones poseen: la rara capacidad de mirarse desde orillas distintas y tender el puente de todos modos. No hay en ella el desgaste de la competencia ni la sombra del rol aprendido. Hay, en cambio, una especie de libertad que se parece mucho a la madurez: la de querer al otro tal como es, sin necesitar que sea otra cosa.

Entonces hoy nombro a mis amigos. A los que han estado en los inviernos y en los veranos, en los días de duda y en los de certeza. A los que forman parte de esa arquitectura invisible que nos sostiene sin que casi lo veamos. La lista que crece y duele es real, y no la olvido. Pero también es real esta otra: la de los hombres buenos, compañeros de vida y de peleas, que hacen del mundo un lugar algo más habitable. Esa lista también merece ser escrita.

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