Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La vida moderna merma

Política de humo e incienso

La Semana Santa de Málaga es una construcción colectiva, sostenida durante todo el año por miles de cofrades que no cobran, no piden y, en muchos casos, ni siquiera se quejan

Política de humo e incienso.

Política de humo e incienso. / l.o.

Hay algo profundamente británico -y por tanto elegantemente irónico- en esa vieja costumbre de agradecer mucho sin deber nada. Dar las gracias con educación exquisita mientras se mantiene intacta la convicción de que uno ha hecho, en realidad, todo el trabajo.

Málaga, en su Semana Santa, ha perfeccionado ese arte hasta convertirlo casi en patrimonio inmaterial. Porque sí, conviene empezar por lo evidente y es que la política, bien entendida, es necesaria. Y no pasa nada por decirlo en voz alta, aunque a algunos les chirríe. La Semana Santa, tal y como hoy la conocemos, no podría sostenerse sin una relación fluida -y en muchos casos ejemplar- con la administración pública.

La política municipal, la de proximidad, la que baja al barro sin necesidad de hacer ruido, cumple un papel esencial. Desde lo aparentemente menor -un permiso, una valla, una farola que se apaga a tiempo- hasta lo verdaderamente complejo -la seguridad, la limpieza o la coordinación de una ciudad que durante una semana deja de ser ciudad para convertirse en otra cosa-. Málaga se transforma, y esa transformación exige gestión. Y la gestión, aunque a algunos les sorprenda, es política.

Conviene, por tanto, reconocerlo con naturalidad. El Ayuntamiento está, ayuda y responde. Y lo hace, en términos generales, bien. ¿Es mejorable? Por supuesto. Todo lo humano lo es. Pero negar la evidencia por sistema o por buscar un aplauso fácil o un minuto de gloria en una tertulia cofrade sería tan injusto como innecesario.

Ahora bien, dicho esto -y aquí empieza lo interesante-, conviene no perder de vista el equilibrio. Porque si algo define a la Semana Santa de Málaga es que no es un producto político, ni un evento diseñado desde un despacho, ni una campaña institucional con incienso de fondo. Es exactamente lo contrario. Se trata de una construcción colectiva, sostenida durante todo el año por miles de cofrades que no cobran, no piden y, en muchos casos, ni siquiera se quejan.

Y aquí es donde entra en escena el otro tipo de política. La mala. La que no gestiona, sino que utiliza. La que no suma, sino que parasita. La que no entiende nada, pero opina de todo. Esa política -casi siempre importada, casi siempre ajena a la realidad local- que aterriza en Málaga en Semana Santa como quien pisa un decorado, convencida de que todo lo que ve es susceptible de convertirse en munición.

Este año lo hemos vuelto a comprobar. Con una mezcla de estupor y cierto déjà vu, hemos asistido a ese espectáculo tan poco edificante de responsables políticos de ámbito nacional utilizando la Semana Santa como arma arrojadiza. A veces de forma indirecta, a través de titulares interesados o interpretaciones creativas. Otras, de manera mucho más burda, con declaraciones que, si no fueran irresponsables, serían simplemente ridículas.

Resulta especialmente llamativo -por no decir preocupante- cuando quienes deberían contribuir a rebajar el ruido son los primeros en elevarlo. Ministros que llaman buleros a periodistas malagueños mientras alimentan versiones interesadas y absurdas de nuestra Semana Santa que están minados de mentiras. Discursos que simplifican hasta lo grotesco una realidad compleja. Y, en medio de todo eso, las cofradías, convertidas en atrezo involuntario de una batalla que no es la suya.

Eso, conviene decirlo sin rodeos, es meter a la Semana Santa en un lodazal que no merece. Una pocilga ajena, innecesaria y profundamente injusta. Porque al final, como casi siempre, pagan justos por pecadores. Pagan los que trabajan todo el año. Pagan los que sostienen con su tiempo, su dinero y su fe algo que otros utilizan durante cinco minutos de gloria mediática.

Y lo más perverso de todo es que esa mala política no solo daña a las cofradías. También daña a la buena política. A esa política útil, cercana, eficaz, que sí está cuando hace falta. La contamina, la desacredita y la mete en el mismo saco, como si todo fuera lo mismo. Como si lo mismo fuera gestionar que manipular. Como si todo valiera. Y no. No todo vale.

Y por eso quizá ha llegado el momento de decirlo con claridad. Las cofradías no son un campo de batalla. No son un altavoz al servicio de nadie. No son una excusa para ajustar cuentas. Son, entre otras muchas cosas, uno de los motores culturales, sociales y económicos más potentes de la ciudad. Y lo son, además, sin pedir casi nada a cambio.

Porque conviene recordar otra obviedad que a veces se olvida con una facilidad pasmosa. La Semana Santa genera. Y genera mucho. Genera economía, empleo, proyección, identidad. Llena hoteles, bares, calles y titulares. Llena cuñas de radio y anuncios de televisión. Convierte a Málaga en un foco de atención internacional durante días. Y todo eso no lo organiza ningún ministerio, ni ningún gabinete de comunicación, ni ninguna estrategia política de alto nivel. Lo hacen las cofradías.

¿Que la administración invierte recursos? Claro que sí. Seguridad, limpieza, logística… faltaría más. La ciudad lo necesita y sería irresponsable no hacerlo. Pero conviene no confundir lo lógico con lo extraordinario. No es un favor. Es, sencillamente, lo que toca. Lo mínimo exigible cuando una ciudad vive una de las semanas más intensas y rentables de todo el año.

Y aquí es donde vuelve ese elegante equilibrio del principio. Gracias, por supuesto. Faltaría más. Pero sin perder la perspectiva. Sin caer en la tentación de pensar que todo esto depende de quien está en el despacho de turno. Porque no es así.

La Semana Santa de Málaga existía antes, existe ahora y existirá después. Con unos u otros. Con más o menos aciertos. Con mejores o peores decisiones. Pero seguirá ahí, sostenida por una estructura invisible que no sale en los boletines oficiales ni en las ruedas de prensa.

Quizá por eso, frente al ruido de la mala política, lo que toca ahora es algo tan sencillo como firme: protegerse. Cerrar filas. Incluyendo a nuestros buenos políticos. No permitir que unos pocos conviertan en arma lo que es patrimonio común. No entrar en juegos que solo benefician a quienes no tienen nada mejor que ofrecer.

Y, al mismo tiempo, seguir cultivando y protegiendo esa relación sana con la buena política. La que suma. La que entiende. La que respeta. La que sabe que está para ayudar, no para apropiarse.

Porque, en el fondo, de eso se trata. De distinguir el incienso del humo. De saber cuándo alguien viene a acompañar y cuándo viene a utilizar. De agradecer sin someterse. De colaborar sin confundirse.

Y, sobre todo, de recordar algo que en nuestra ciudad debería ser casi un dogma: la Semana Santa no es de la política. Es de los cofrades. Y eso, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, no hay bulo que lo cambie. Viva Málaga.

Tracking Pixel Contents