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Opinión | Málaga en mi memoria

En voz alta

Cuando exponer el dolor deja de ser espectáculo para convertirse en identidad

Justin Bieber

Justin Bieber / ep

Justin Bieber lo ha hecho en Coachella. No como icono. Como alguien que necesita volver a ser humano. Muy incómodo para la mayoría, tremendamente sanador para una observante como yo. He visto a Justin Bieber mostrando su tránsito por la soledad y me ha emocionado su manera de reivindicar su historia. Ya no le importan los grandes escenarios y no parece una cuestión monetaria. Se sitúa desde la seguridad que otorga el aprendizaje emocional, saber situar las tragedias y sobreponerse a ellas. La plataforma: un escenario con audiencia mundial. El personaje: un cantante archi famoso, explotado por su industria, vilipendiado por su público. La persona: un artista que necesita sentirse humano.

A mí me interesan esos gestos que incomodan. No los que buscan atención, sino los que nacen de la necesidad. Los que no están pensados para gustar, sino para que perduren en el tiempo. Hacerlo en público no es un gesto menor.

Es una forma de volver a colocarse en el mundo. Me gusta recordar que cada vez que se me arregla un poco más el corazón, mi mundo es un poco más humano. Yo no conozco a Justin Bieber, pero reconozco el gesto y conecto con su arrojo que no es arrojo, sino la pura necesidad de decirlo y mostrarse en su medio. La figura pública de mi hermano no me ha representado en realidad, pero está adherida a mí por la eternidad. Afortunadamente, mi hermano hizo algo bueno por todos nosotros. Dejó un legado de solidaridad y amor universal. Su camino y el mío no son el mismo, aunque compartamos los mismos valores. Sigue siendo muy complejo para mí explicar esta diferencia. Es más fácil pensar que, puesto que el legado es positivo, yo quiera adjudicármelo en su ausencia. Pero todo lo que yo quiero es realzar el suyo reclamando mi propio espacio, que es justo lo que todos necesitamos: ser oídos y vistos por quienes somos, encontrar nuestro sentido de la vida propio. Tras su muerte, se sucedieron muchos años de confusión donde yo, por mi trabajo, debía hablar en público y aparecer en los medios, y esto hacía que mi aspecto profesional estuviese permanentemente invadido por el recordatorio constante de la pérdida de mi hermano de forma pública. Y en esos momentos, aún no estaba preparada para hablar de ello ante personas desconocidas. Tampoco conocidas.

Salvando las distancias obvias entre Justin y yo, los dos nos hemos validado públicamente y de manera única. La figura pública de mi hermano no me pertenece, tampoco me pertenece cómo el público me relaciona con él; pero lo que sí me pertenece es mi propia narrativa, la de mi dolor, de cómo lo atravieso y qué hago con ello. Todo lo que es mío es el recuerdo privado que tengo de mi hermano, nada más. Y ese es un matiz que cuesta mucho sostener cuando el dolor es invisible para los demás. Los límites los he de marcar yo y cuando todos creen saber quién eres, se convierte en una verdadera odisea donde me vi en lucha con dragones que triplicaban mi tamaño. Mi familia se fracturó de manera irreversible. Fue un corte rápido. Fue brutal. Y fue necesario para sobrevivir. También son esas mis propias Termópilas. Dejé de tener el apoyo y el consuelo de gran parte de personas que hasta ese momento eran mi familia, pero no podía ser de otra manera. Siempre que hay un dolor extremo, las circunstancias se vuelven igual. Decisiones que no siempre fueron bien recibidas, pero necesarias para la supervivencia emocional de cada uno de nosotros. Lo público pertenece a los demás; lo íntimo, no. He quemado puentes, pero nadie puede negar que he construido mil por cada uno de los desaparecidos.

Yo no lo he hecho en Coachella, pero sí tengo mis propios escenarios. He dado pasos adelante cuando todo indicaba que debía quedarme donde estaba, he abandonado un trabajo estable por hacer brillar un proyecto personal que terminó siendo de supervivencia emocional. Me he negado sistemáticamente a abanderar una historia que no me pertenece, para enseñar la mía propia desde mi punto de vista y jamás podrá excluir que soy la hermana mayor de mi hermano, aunque la obviedad sea molesta y suspicaz. Reclamo mi espacio sin renunciar al de mi hermano, sino estableciendo límites certeros de competencia y contando mi historia en voz alta. Y, de nuevo, lo público les pertenece a todos; lo íntimo, no. Mi trabajo incluye el mismo micrófono que usa Justin Bieber, el mismo escenario, el mismo público, las mismas luces y el mismo peligro. Lo exótico de esto no es que me compare con una súper estrella mundial, sino que soy capaz de hacerlo porque ambos hacemos lo mismo. Sanar a través de la voz propia. Hoy, cada vez que doy una charla sobre la catarsis a la que mi duelo me ha invitado, cada vez que presento mi cuento en un foro público, cada vez que le pongo palabras nuevas a mi experiencia, siento eso mismo que he visto en Coachella. Soy la artista que quiere ser humana y la persona que quiere ser oída. No en la forma, pero sí en el fondo.

Justin Bieber sienta el precedente de manera exponencial sobre cómo habitar lo que duele sin terminar desapareciendo y lo hace para un público joven, uno que sería de la edad de mi hermano hoy. Si yo no supiera que todo puede cambiar en un instante, quizás no haría el esfuerzo. Pero sentí con su enfermedad que lo perdía todo y por eso ahora pongo mi energía en quién soy y para qué me sirve este dolor. No puedo estar en silencio sabiendo que lo más sanador que existe es nombrar cada cosa con su nombre verdadero, porque solo a través de la expresión íntima, lo público tendrá sentido para otros. Porque solo cuando lo digo en voz alta, empieza a existir de verdad.

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