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Opinión | Tribuna

¿Emancipación o ensoñación?

La actividad psíquica no es un ‘puro sentir’ y es peligroso que el silencio se imponga al pensamiento discursivo cuando toca hablar de ciencia

‘Influencer’ creando contenido

‘Influencer’ creando contenido / l.o.

Una primicia informativa. Aunque sea del mundo editorial, pienso que los lectores del filósofo español Javier Echeverría Esponza estamos de enhorabuena. Ya está en prensa su nuevo libro: ‘¡No hay derecho! Contra las nubes y la tecnodominación feudal’. Y lo sé de buena tinta, como decían los agentes de la T.I.A, Mortadelo y Filemón, gracias a un amable correo electrónico del autor de ‘Los señores del aire. Telépolis: El Tercer Entorno’ (1999).

Pues vaya noticia, me dirán, en comparación con la quema del ‘Judas’ folclórico de Netanyahu en el El Burgo, la crisis del Real Madrid por el bajo rendimiento de sus esclavizados millonarios o la futura huelga de fabricantes de púas para bandurria en el alto Ampurdán, pongamos por caso. Corren tiempos en los que los pensadores de prestigio son pocos y encima, tienen que abonar una especie de arancel trumpiano o acto de piratería iraní en el estrecho de Ormuz, pagadero en yuanes chinos, a las editoriales bien situadas en el mercado por poder publicar. Por este motivo, corren tiempos en los que hay casi más autores sedientos de mostrar al mundo por escrito sus antojos, que lectores potenciales de sus buenas nuevas, y gran parte de los intelectuales de pura cepa se lanzan a las autoediciones y a entrar en las pujas del ciberespacio para lograr aumentar o mantener su notoriedad. Vamos, que hoy escribe cualquiera y casi nadie lee, a no ser refritos de titulares de prensa a píldoras recreativas de Tik-Tok aderezadas con el auto-tune del reggaetón.

Y en este contexto emerge la figura del ‘influencer’, del presunto creador de opinión en las redes sociales, residente en Andorra para evitar la tributación a Hacienda. Precisamente, yo también tengo mis particulares influencers y no defraudan al fisco, que yo sepa. Proceden en su mayoría de una de las áreas de conocimiento que he practicado con deleite y por la que siento un especial cariño: la Filosofía de la Ciencia, desde sus cátedras universitarias o el ocio protegido de la jubilación. Tanto Javier Echeverría (con su dedicación a la filosofía de las matemáticas, de la física y de la tecnología), como Jesús Zamora Bonilla (en el terreno de la economía), Pablo de Lora (dentro de la Filosofía del Derecho, intentando desentrañar el alcance de los desafía ético-jurídicos fruto del avance de la biomedicina, nuestro Antonio Dieguez –que lleva un llavero con la efigie de Darwin, a pesar de que le preguntan que si es Fray Leopoldo, para mostrarnos que la biología es su modelo estrella, o el polifacético Fernando Broncano (especialmente sensible a la filosofía de la tecnología y a los problemas morales y políticos). Estamos entretenidos.

Hay entre ellos, auténticos «creadores de ciencia» (que no de mera opinión) con un aire de familia y un talante que me recuerdan vivamente el ideal del ‘honête homme’ de los ilustrados del siglo XVIII, afines a Voltaire o Diderot. Y es que late en ellos la necesidad de proclamar el imperio del valor de la libertad por encima de todas las cosas, llegando incluso a pasar por delante de la igualdad, gran conquista del movimiento obrero del siglo XIX. Son pues, creadores y divulgadores de ciencia que irrumpen, casi a diario, en el terreno ético, social y político desde una sana perspectiva liberal o libertaria, según el caso, que no elude la polémica.

En particular, el diagnóstico del profesor Echeverría fue meridiano, ya desde finales del siglo pasado: vivimos una especie de nuevo feudalismo, siendo nuestros dueños y señores los ‘Señores del Aire’, que mueven con pericia las marionetas del gran teatro del mundo calderoniano contemporáneo. El discurso sobre las multinacionales de la industria farmacéutica, los traficantes de armas o los mafiosos de la droga, o bien sobre el poder de los estados que ejercen políticas imperialistas, dicho en boca de boomers como yo, ha quedado tan trasnochado como el ‘Teletexto’ o las cintas de cassette. Afirma Echeverría en la conclusión de su nuevo libro, las ‘nubes’, es decir, las pantallas electrónicas, las redes telemáticas y los grandes centros de datos, determinan cada vez más la naturaleza de nuestras relaciones sociales y el perfil de nuestra vida cotidiana: «desde que la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (ONU, 2003-2005) abandonó la construcción y gestión del ciberespacio a la iniciativa privada, el nuevo espacio tecno-social se ha vuelto masivo y, sin embargo, a-democrático. Los Señores de Redes y Nubes imponen normas leoninas a usuarios/as, sin que los menguantes Estados de Derecho intervengan activamente, con la excepción de China y EEUU. Las mentes humanas, las empresas, las administraciones y la mayoría de los sectores socio-económicos han sido colonizados tecnológicamente desde las presuntas nubes digitales». Entre los nuevos imperativos ‘tecno-sociales’ y ‘tecno-humanos’ del ‘tecno-capitalismo’ triunfante escuchamos al genio maligno o al daimon de Sócrates decirnos al oído: «¡conéctate!, ¡digitalízate!, ¡acepta!, ¡actualízate!, ¡sé transparente!, ¡disfruta! y, sobre todo, ¡obedece!», afirma Echeverría. No hay que preocuparse. Nos recuerdan que el Mercado se sobrepone al Estado ya que los Señores del Aire piensan y actúan por nosotros, y con ello nos protegen de todo mal en su ciber-búnker y con su flamante escudo antimisiles.

Otro extraño influencer sigue siendo el filósofo español Fernando Savater, elucubrando en el límite de la corrección política, comprometido con la erradicación de la intolerancia desde su compromiso político y la difusión de una posición moderada y hasta conservadora en la actualidad –que a muchos irrita, por su ancestral vinculación a las premisas libertarias (que sigue manteniendo de forma discreta Echeverría) y su simpatía por la filosofía de la sospecha, con los aguijonazos propios del zángano socrático. Lo que es innegable es que es un gran escritor y puede llegar a ser un buen sofista o un pensador lúcido. Como muestra, hago uso aquí de una de sus publicaciones antiguas, ‘Voltaire y Rousseau: el final de las Luces’, artículo que viera la luz el 1 de junio de 1978 en la Revista ‘Tiempo de Historia’ y que aborda el dualismo maniqueo entre dos vidas enfrentadas y su legado intelectual: Voltaire y J-J Rousseau. Para simplificar, pondremos, como en un espejo, la enconada defensa volteriana de la libertad y las acertadas reflexiones de Rousseau persiguiendo la necesaria igualdad. Me atrevo a reivindicar aquí el tercer término de una tríada dialéctica: la solidaridad (la antigua fraternidad, vinculada a la ‘propiedad’ de la Revolución Francesa, convenientemente secularizada). Sigue siendo la gran tarea pendiente del siglo XXI, sin ñoñerías, y convendría abrirle paso cuanto antes. Las guerras y los odios ancestrales no facilitan las cosas aquí, precisamente.

Según Savater, Voltaire acaudilla «la inmovilidad y la autofagia de las clases privilegiadas». Sus raíces burguesas, pragmáticas, reformistas y hasta escépticas se reflejan abiertamente, por ejemplo, en las imágenes satíricas creadas por el pintor británico William Hogarth (1647-1764). Voltaire ataca con vehemencia a los clérigos, no así a los reyes. Sostiene tesis revolucionarias en el terreno de lo privado, en usos, costumbres y tradiciones. Pero sus planteamientos políticos -salvo en el caso del combate contra la intolerancia, las torturas y las persecuciones- pertenecen al reino de los conservadores. Aspira a encarnar al perfecto ‘philosophe’, que es un ‘honête homme’, guiado en todo momento por la razón y el espíritu que imprimen la reflexión y la precisión: «nuestro philosophe –afirma Savater- no se cree un exiliado en este mundo; no cree estar en un país enemigo, quiere gozar con sabia economía de los bienes que la naturaleza le ofrece; quiere encontrarse a gusto con los otros; y para encontrarse a gusto hay que dar gusto», en las antípodas de los indolentes y moralistas, «entregados a una meditación perversa» que les hace desatender aquellos asuntos mundanos en los que reinan la diosa Fortuna y la ambición, y desdeñar la idea de una reconciliación de la humanidad.

Voltaire detesta a Rousseau porque desea que la razón –militante y apasionada incluso- se sobreponga a la languidez de emociones y sentimientos. Solo así será posible la ‘revolución de los espíritus’ que procurará como su ‘director espiritual’. La actitud de Rousseau es la del soñador, proclive al aislamiento y la austeridad, propios de un hipocondriaco doliente y un paranoico perseguido con ahínco, obsesionado por la idea de una comunidad igualitaria perfecta cuyos ecos recoja una constitución política. Como sus ideas son revolucionarias en el marco de la teoría social, enfrentado como está a las autoridades políticas, pero conservadoras en el terreno pedagógico, en su defensa enconada de lo privado, las costumbres y la tradición, así como en su reivindicación del papel garantista de Dios y de la inmortalidad, Rousseau es el abanderado de una especie de rebelión anti-ilustrada. ¿Es entonces un traidor, un miserable desertor de las Luces? Nos incita a un «moralismo reivindicativo» con la intención de que los menos favorecidos asomen su cabeza en el mundo. Pero su misticismo existencial subyacente no dejar de ser, en definitiva, un ‘moralismo’ recalcitrante, cobijo de ‘buenistas’, que se refugia plácidamente en la unión con la Naturaleza maternal. Difícilmente podremos conseguir así, como decía Kant, que los humanos podamos salir de esa ‘minoría de edad’ que nos hemos autoimpuesto. La actividad psíquica no es un ‘puro sentir’ y es peligroso que el silencio se imponga al pensamiento discursivo cuando toca hablar de ciencia, porque puede hacer que caigamos en las garras de la resignación y la obediencia ciegas.

En definitiva, el ‘buen ilustrado’ (no el buen salvaje de Rousseau) coloniza el cuerpo de los bufones de Velázquez proclamando que todavía es posible luchar por la emancipación sin perder el encanto de la ensoñación. Como afirma el profesor Echeverría, todavía es posible «la apropiación personal y comunitaria de algunas tecnologías electrónicas de datos, información y comunicación (TeDIC), mediante las cuales surgen pequeñas tecno-repúblicas autónomas, igualitarias, libres y solidarias», incluso en la Unión Europea. Y bufones y libertinos nos quitaremos entonces la careta de los alienígenas de ‘V (Invasión Extraterrestre)’, esa serie de acción que nos consumía en los lejanos ochenta, después de comernos una rata o varios kilos de poemarios, para mostrar nuestro auténtico rostro de lagartos voraces que han decidido invadir, guiados por la diosa Razón, algo tan poco deseable como nuestro planeta. Y yo, con estos pelos.

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