Opinión | El ruido y la furia
Los nuestros
La genealogía demuestra que más de un millón de personas fueron necesarias para la existencia humana hace 500 años

El árbol genealógico más grande del mundo. / l.o.
Conozco los apellidos de mi padre y los de los padres de mi padre.
Sé que mi abuelo paterno tenía dos hermanastros y que su madre murió quemada y loca, o loca y quemada (se rumorea en la familia que fue su estado de locura la que la llevó a prenderse fuego a sí misma). Del padre de mi abuelo desconozco el nombre de pila y el segundo apellido. De mi abuela paterna conozco su nombre completo y que tuvo tres hermanas y tres hermanos. No sé nada de sus padres.
De los padres de mi madre tengo los nombres y los de sus hermanos, a alguno de los cuales conocí. De los padres de mis abuelos maternos tengo también el nombre completo. De la madre de mi bisabuela sé el nombre y el primer apellido, y conservo una vieja foto en la que aparece junto a mi abuelo, que era solo un muchacho. De su marido no tengo noticias.
Más atrás de eso no sé nada, absolutamente nada. Intento hacer unos cálculos.
Como cualquiera, tengo dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos y treinta y dos ‘tatara-tatarabuelos’ en la quinta generación ascendente. Y así sucesivamente, de tal forma que en la décima generación ya son 1.024 personas de las cuales desciendo de forma directa.
Y si me remonto a hace quinientos años, es decir, a veinte generaciones, la cifra asciende ya a 1.048.576. Dicho de otra forma, estoy aquí gracias a la participación de más de un millón de personas. Con una sola que hubiese faltado yo no estaría aquí asombrándome de estar aquí.
Pero si en quinientos años han transcurrido unas veinte generaciones, en trescientos mil años (desde la aparición del homo sapiens, nuestra especie) habrán transcurrido unas doce mil. Eso viene a significar dos elevado a doce mil. Es mucho más de lo que sé calcular, me temo.
En ese inmenso número de personas hubo, debió haber, campesinas, soldados, maestras, tenderos, esclavas, marinos, sacerdotisas, ladrones, prostitutas, poetas, asesinos… Gente que tuvo la piel más clara o más oscura, gente del sur y del norte, errantes como somos todos, hablantes de lenguas distintas, algunas ya muertas y olvidadas. Gente que rezó a dioses distintos o que descreyó de ellos como yo mismo descreo, y que solo creía en la luz de la mañana cuando nacía la mañana.
Y toda esa gente he hecho falta para esto, para que yo hoy, como quien mira a las estrellas, comprenda que es inútil, que no sé contar quién soy. Y ahora, por lo visto, lo que importa es ser «uno de los nuestros». Y yo una vez más sin saber quiénes son «los nuestros» porque no sé siquiera quiénes son los míos, excepto esos que por la noche, cuando cierro la puerta de la casa, quedan del lado de dentro.
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