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Opinión | Málaga en mi memoria

Vernix

La capa invisible entre lo presente y lo ausente

Su olor a persona nueva instantes después.

Su olor a persona nueva instantes después. / e.p.

Es un trozo de tierra bastante amplio donde se puede parar un rato y hay una estación de servicio que es muy transitada. Las lágrimas me estaban ahogando. Solo eran unos días después del fin del mundo. Todo en alto, el mar es un vaso de agua derramado sobre el hule de la cocina. Mi hermano ya había muerto y yo, desde allí arriba, miro la bahía de Málaga y me pregunto por qué es tan bonita si yo lo que quiero es que el mar se parta en dos.

Ni que fuera fácil quedarse en medio, ni que hubiese una sola versión de los hechos que nos salvase de todas las otras; si son solo dos verdades empujando al mismo tiempo. Pensaba que pensar era elegir. Defender lo que creo a capa y espada por unos principios o por otros. Ya no quiero tener razón. Lo veo quieto y tumbado, la piel de cera. Me cuesta mucho creer que no está dormido, y soy una niña que tira del brazo de su madre para ir a otro sitio. Uno donde ella ya no llore. Mi familia rota, mi vida en pausa y mi trabajo de salvavidas. Todo junto en la caja. No tuve otra opción más que moverme hacia delante, como esos pollitos a los que se les da cuerda y avanzan a saltitos. Siempre hacia delante, hasta que fui capaz de verlo todo desde otro sitio. Y aparecieron todas las capas de las que estoy hecha, y se despegaron y se desgranaron, y el dolor empezó a cambiar. Y, así, dejé de aferrarme.

Tumbado y rodeado de flores, asediado por todos nosotros: los dolientes. Qué es ver a tu hermano muerto, que alguien rescate la respuesta. De todas las cosas que sé imaginar, esa era posible. Lo supe cuando fui madre, dos años después: que solo cuando se ama con esta intensidad, se teme perder de verdad. Incluso cuando no hay ni un solo motivo. La cara de mi hija al salir de mi cuerpo, su olor a persona nueva instantes después. El vérnix conectándola con el viaje que acaba de terminar. Imaginé después todo ese trayecto en el que la muerte y la vida se estaban dando la mano. Cómo el tiempo se entiende muy relativo, si acaso esos dos años (eternos) podían ser apenas un instante en otro lugar. Si se cruzaron, si se reconocieron. Si uno subía mientras la otra bajaba. Nació cubierta por algo que no pertenece del todo a ningún mundo. El vérnix protegiendo su piel en el primer contacto con lo desconocido. Una capa de transición. Silenciosa. Invisible. Mi hija abriéndose paso a través de mi cuerpo sin quedar expuesta, atravesando las entrañas de mis fortalezas más ocultas, haciéndome olvidar la muerte para luchar por la vida. Una materia extraña que no se entiende del todo, como la vida, como la muerte, pero que sigue haciendo su trabajo mientras aprendo, otra vez, a morir a y a nacer al mismo tiempo. Hacer esa parada, contemplar la bahía y apreciar la belleza. La imagen de su última exhalación, el ataúd de madera. Y, al mismo tiempo, la toquilla, el talco, unos dedos diminutos. Y saberme con el corazón desgarrado, las manos en los ojos. No hay nada más. La muerte se ha impuesto y la vida ha llegado.

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