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Opinión | Mirando al abismo

Ciudadanos del mundo

La llegada de personas migrantes se presenta como un sostén demográfico y económico para un país en declive, desmintiendo narrativas de escasez de recursos

Colas por la regularización de personas migrantes

Colas por la regularización de personas migrantes / Francisco Calabuig

Hay un relato que se repite estos días con la insistencia de los martillos: los inmigrantes consumen nuestros recursos, saturan nuestros servicios, arrebatan nuestros empleos y vacían nuestras ayudas sociales. Se dice con tanta frecuencia, y en tantos altavoces, que empieza a parecernos verdad. Pero repetir algo no lo convierte en cierto. Lo convierte, simplemente, en un ruido más difícil de ignorar.

Mientras ese discurso se expande, el Gobierno de España ha puesto en marcha una regularización de miles de personas migrantes que llevan años viviendo y trabajando entre nosotros. Es una decisión que merece ser leída no solo como un gesto humanitario, sino como un acto de coherencia con la realidad demográfica de este país. Porque España envejece. Lo hace de forma sostenida, silenciosa y matemáticamente inexorable. Cada vez nacen menos niños. Cada vez hay más pensionistas. Cada vez el sistema necesita más manos que coticen, más jóvenes que empujen, más familias que crezcan.

Y ahí es donde la narrativa del miedo tropieza con los datos. La inmigración no nos quita nada: nos sostiene. Son las familias llegadas de fuera las que, en buena medida, están corrigiendo la caída libre de nuestra tasa de natalidad. Son trabajadores que cotizan, que consumen, que pagan impuestos, que cuidan a nuestros mayores, que construyen nuestras casas, que recogen nuestros campos. No son una carga; son, en muchos sentidos, el andamio sobre el que se apoya un país que sin ellos difícilmente podría mantenerse en pie.

Claro que hay tensiones. Claro que los servicios públicos tienen límites. Pero esos límites no los ha creado la inmigración: los ha creado décadas de infrafinanciación, de políticas cortoplacistas, de un modelo que no supo anticipar el envejecimiento que hoy nos acecha. Señalar al recién llegado como culpable es más cómodo que mirar hacia adentro. Es también más injusto.

Vivimos en un mundo globalizado donde el capital cruza fronteras sin pasaporte, donde las mercancías viajan sin visa y donde las ideas circulan sin aduanas. En ese mundo, insistir en que las personas deben quedarse quietas, atadas a un territorio como si fueran piedras, es un error histórico además de moral. Todos somos ciudadanos del mundo. Unos con más suerte en el lugar donde nacieron. Otros, con más valentía para salir a buscar lo que ese lugar no les pudo dar.

La pregunta no es si podemos permitirnos la inmigración. La pregunta verdadera, la que deberíamos hacernos con honestidad, es si podemos permitirnos seguir sin ella.

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