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Opinión | La señal

El hombre de Queens

El autor reflexiona sobre la interrelación entre el poder papal y el terrenal, desde los Pactos de Letrán hasta las alianzas actuales

El papa León XIV: "Entiendo las reglas en las fronteras, pero ¿qué hacemos los países ricos para ayudar a los pobres?"

Lucía Feijoo Viera

El intercambio de dardos envenenados entre el Papa y Trump, el primero con «un grupo de tiranos que están manipulando el mundo», y el segundo con los calificativos de «débil» y «terrible» lanzados a León XIV, no es más que un rifirrafe de comandantes internacionales de almas y ejércitos en este tiempo de fuego que nos toca vivir. Después, Robert Francis reculó y dijo aquello de «no me interesa debatir», aunque lo disimulara, con el hombre de Queens. Uno arrastra la pesada cruz de la pederastia de no se sabe cuántos infames del orbe, el otro huye a la carrera del demonio de Epstein con el que jugaba a las cartas.

Desde otro ángulo de la habitación, algo tienen en común Prebost y su antecesor Bergoglio, una visión latinoamericana de la Iglesia y, claro, Trump en esa mirada no sale bien parado, más allá de lo presuntuoso y aparatoso que resulta siempre.

Pero, ay, es el que le saca las castañas del fuego a los demás y pone sus muertos en el campo de batalla -también contra Hitler en la II Guerra Mundial su predecesor Roosevelt, no se olvide-, mientras otros están en casa calentitos viendo las noticias en la tele desde el sofá. En otro tiempo, eran las tropas francesas las que protegían a Pío IX. Pero es con los Pactos de Letrán, en 1929, firmados por el cardenal Pietro Gasparri y Benito Mussolini cuando se asienta el poder terrenal y actual del Papa. ¡Oh, qué tiempos! Hoy son los norteamericanos quienes luchan contra los persas, ayer la Santa Alianza contra el Imperio Otomano, y ahí estaban los Estados Pontificios en Lepanto, matando, pero ya nadie se quiere acordar, será el alzheimer, que hace estragos. «¿Nadie me librará de este sacerdote entrometido?», parece que se quejaba el rey Enrique II respecto a Thomas Becket, arzobispo de Canterbury. En fin, no han cambiado tanto las cosas.

Pero bajemos a las calles de Málaga, porque una mujer intentó comprar unas cacerolas con un billete falso de 500 euros, qué ingeniosa. La susodicha, solo tenía 42 condenas previas. Claro que hay quien roba un coche, se queda sin combustible en la autovía por Nerja y muere arrollado por un camión. La pregunta es si pagaba así sus presuntas culpas, asunto este de difícil respuesta. Ahora, que les digo: todos hacemos constantemente cosas de las que nadie sabe nada. Mi confidente me contaba algunas el lunes pasado. Por ejemplo, las «hazañas» del comandante Aureliano, del narcoterrorista M19, sí, el actual presidente de Colombia, Petro, que se reunió hace unos días con Sánchez cuando este regresó de su viaje a la liberal China. Ya lo decía Mario Onaindía -que había conocido a la Bestia por dentro- cuando señalaba que «te crees que los etarras son como los verdes».

Pero también sería importante que la Universidad española contribuyera a hacer luz sobre muchas cosas, lo que pasa es que no se caracteriza, precisamente, por su autocrítica. En EEUU, sin embargo, y contra lo que pudiera parecer, el autoanálisis está dando frutos. Un reciente informe de la Universidad de Yale sorprende porque coincide con lo que sus críticos llevan diciendo desde hace años. Se habla del rendimiento académico, del desdén por la fundación de Estados Unidos y sus principios…, y de la monocultura de izquierda, entre otros males que dificultan el pluralismo y el debate en la academia. Es la libido dominandi, la pasión por dominar. 

Pero yo estoy ahora con el verdadero paciente inglés, László Almásy, el descubridor (1933) de la Cueva de los Nadadores, en la montañosa meseta de Gilf Kebir, suroeste egipcio. Porque hay que escaparse de aquí. De hecho, en el último condumio, celebrado en Siete Cabezas, debatimos sobre el conflicto entre el retiro y la participación pública. El vino, Casa de la Ermita, 2023, de la parcela Los Pinos y uva Monastrell, espectacular. Y, sin avisar, va y se muere mi amigo Antonio López Olmo, que fue presidente de la asociación de polígonos -siempre dije, a propósito, polínganos-, gerente de COVEI y tantas cosas y, como suele pasar, prematuramente ido, dep. Como también cierra los párpados DisOfic, con solo sesenta años de vida, lo siento, Rafael, habrá otros vientos, seguro. Manuel Vilas lo dejó dicho:

Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce

al infierno del desguace.

Majestuoso, vas hacia la destrucción subido

en una grúa roja,

como si fueses Luis XVI camino de la guillotina,

y yo detrás.

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