Opinión | La vida moderna merma
San Telmo: 175 años haciendo ciudad (y no ruido)
La Escuela de Arte y Superior de Diseño abrió las puertas de la formación artística reglada sin pancartas, sin hacer de ello una causa; simplemente lo hizo

Recepcion de la Escula de San Telmo. / L.O.
Hay ciudades que se construyen con ladrillos, otras con presupuestos -cada vez más discutibles- y algunas, las menos, con algo mucho más difícil de fabricar: una identidad. Málaga, por fortuna, pertenece a esta última categoría. Y si uno se detiene a pensar de dónde sale esa manera tan particular que tiene esta ciudad de mirarse, de representarse y hasta de presumirse, tarde o temprano acaba desembocando en un nombre propio que no necesita presentación: la Escuela de Arte y Superior de Diseño San Telmo.
Ciento setenta y cinco años después de su fundación, que se dice pronto, San Telmo no solo sigue en pie, sino que se permite el lujo de celebrar su aniversario como lo hacen las instituciones que no necesitan justificarse: mostrando lo que han hecho. Sin estridencias, sin campañas impostadas, sin necesidad de inventarse relatos. Le basta con abrir una exposición en el Museo de Málaga -en ese Palacio de la Aduana que ya de por sí es una lección de historia- y dejar que hablen los cuadros, los nombres y, sobre todo, el poso.
La escuela que hizo ciudad no es un título, es una afirmación. Y en tiempos donde todo se cuestiona con una ligereza casi deportiva, conviene detenerse un segundo en lo que significa exactamente eso. Porque San Telmo no fue una ocurrencia ilustrada ni un capricho estético. Nació en 1851 para responder a una necesidad muy concreta: la de una Málaga que crecía, que comerciaba, que industrializaba y que, como toda ciudad que aspira a algo más que sobrevivir, necesitaba también pensarse. Dibujarse. Contarse.

San Telmo no necesita defenderse. Tiene 175 años de historia haciéndolo por ella. Pero sí conviene reivindicarla. Reivindicar lo que representa y, sobre todo, cómo se ha llegado hasta aquí. / L.O.
De aquellas aulas salieron pinceles que hoy nos parecen inevitables, como si hubieran estado siempre ahí, formando parte del paisaje. Bernardo Ferrándiz, Antonio Muñoz Degrain, José Moreno Carbonero, Denis… nombres que suenan a manual, a museo, a solemnidad. Pero antes de ser todo eso fueron alumnos, profesores, impulsores de algo que en aquel momento no era tan evidente: que el arte también construye ciudad.
La exposición -impecablemente planteada, por cierto- tiene la inteligencia de no caer en la nostalgia fácil. No es un álbum de recuerdos, es un mapa. Un recorrido por las primeras décadas de una institución que fue, al mismo tiempo, escuela, laboratorio y declaración de intenciones. Allí están los cuadros, sí, pero también los oficios, los objetos, las huellas de una época en la que Málaga entendió que la cultura no era un adorno, sino una herramienta.
Y, entre todos esos hitos, uno que merece ser subrayado con tinta indeleble: la creación en 1878 de la llamada «clase de señoritas». Dicho así, suena incluso inocente, pero conviene situarlo en su contexto. Mientras medio país aún debatía si la mujer debía o no asomarse a determinados espacios, San Telmo decidió abrirle las puertas de la formación artística reglada. Sin pancartas, sin hashtags, sin necesidad de convertirlo en una causa. Simplemente lo hizo. Hay revoluciones que no necesitan ruido.
Pero si hay algo que convierte esta exposición en algo más que un buen ejercicio curatorial -que lo es- es el hecho de que exista. Que esté ahí. Que se haya hecho. Porque en un país donde la cultura se invoca mucho y se sostiene poco, cada proyecto de este calibre es casi un pequeño milagro administrativo.
Y aquí es donde conviene detenerse en algo que suele pasar desapercibido, pero que es, en realidad, el motor de todo esto. El papel de Fundación Málaga.
En un ecosistema cultural donde abundan los discursos grandilocuentes y escasean los compromisos reales, Fundación Málaga lleva años haciendo algo tan poco vistoso como imprescindible: apoyar. Apoyar de verdad. Sin aspavientos, sin apropiarse de los proyectos, sin convertir cada colaboración en un ejercicio de autobombo. Una rareza, casi.
Porque conviene recordarlo, aunque a veces incomode: la cultura no se sostiene sola. No basta con tener talento, historia o patrimonio. Hace falta estructura, financiación, voluntad y -esto es lo más difícil- continuidad. Y ahí es donde entran en juego los patronos, esa figura tan poco glamurosa y tan decisiva.
Detrás de Fundación Málaga hay una red de entidades que han entendido algo fundamental: que invertir en cultura no es una excentricidad, sino una responsabilidad. El Ayuntamiento de Málaga, la Diputación Provincial, empresas como Mayoral, Myramar, Fundación Sando, Ubago, Hutesa, Grupo Mundo o Utamed no están ahí por casualidad. Están porque alguien, en algún momento, decidió que la cultura no podía depender únicamente del humor del presupuesto público o de la moda de turno.

Fachada de la Escuela de San Telmo. / L.O.
En tiempos donde todo se mide en términos de rentabilidad inmediata, apostar por una exposición sobre los orígenes de una escuela de arte del siglo XIX podría parecer, para algunos, una inversión poco productiva. No genera trending topics, no garantiza colas kilométricas de turistas despistados, no se traduce en un titular fácil. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde reside su valor.
Porque lo que hace San Telmo -y lo que permite Fundación Málaga- no es solo mirar al pasado, sino sostener el presente. Recordarnos que hay una línea invisible que conecta a aquellos alumnos de 1851 con la Málaga de hoy. Que la ciudad que presume de museos, de eventos, de efervescencia cultural, no salió de la nada. Que hubo alguien que la dibujó antes.
Quizá por eso esta exposición debería ser de obligada visita para todos esos que hablan de cultura con la misma ligereza con la que cambian de opinión. Para los que creen que todo empieza con ellos. Para los que confunden programación cultural con agenda de ocio.
San Telmo no necesita defenderse. Tiene 175 años de historia haciéndolo por ella. Pero sí conviene reivindicarla. Reivindicar lo que representa y, sobre todo, cómo se ha llegado hasta aquí.
Porque al final, y pese a todo, la cultura en Málaga no es fruto de la casualidad. Es el resultado de una suma -a veces discreta, casi siempre silenciosa- de esfuerzos, de compromisos y de decisiones bien tomadas. Y en ese equilibrio delicado entre lo público y lo privado, entre la tradición y el presente, entre el talento y quien lo sostiene, hay nombres que conviene no olvidar.
San Telmo es uno de ellos. Y Fundación Málaga, también. Aunque no hagan ruido fácil. Quizá precisamente por eso.
Viva Málaga.
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