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Opinión | Málaga de un vistazo

El algoritmo del descontento

La ultraderecha capitaliza el descontento y la rabia en democracias consolidadas, atrayendo especialmente a los votantes más jóvenes a través de la explotación emocional en redes sociales

El presidente de Vox, Santiago Abascal.

El presidente de Vox, Santiago Abascal. / Álex Zea

La ultraderecha sigue avanzando y conquistando votos en democracias consolidadas, gobernando en algunos países y regiones, acumulando cada vez más adeptos en unos y otras. Algo que hace apenas unos años sería impensable y que ahora ocurre como si nada. Se ha convertido en la tendencia política. Ya escuchamos sus exabruptos a cualquier hora. Y se ha normalizado el insulto y el desprecio como parte del debate y el discurso. La ultraderecha triunfa, sobre todo, entre los más jóvenes y enfadados. Que no son pocos. Y lo está haciendo con una estrategia tan simple como efectiva: la alimentación y explotación del cabreo y el hartazgo, en todas sus variadas formas.

Y claro, en un mundo donde todo se vuelve cada vez más difícil y complejo, hasta lo más necesario y cotidiano, como buscarse un piso, ir a comprar o encontrar un trabajo algo digno, no falta gente para sumarse a esa opción política que lleva por bandera el cabreo y la rabia. El famoso algoritmo de las redes también ayuda, pues a uno le aparecen con frecuencia aquellas publicaciones que más retención generan, y efectivamente, esas son las que apelan a emociones, entre ellas, claro está, la irritación, el disgusto y el malestar. Propaganda garantizada para los exaltadores.

Está claro que para convencer a muchos es mejor cualquier emoción que ningún argumento, pues es más fácil ponerse de acuerdo en lo que sentimos que en lo que pensamos. Y entre todas las emociones la más eficaz para eso es el enfado. No necesita demasiada elaboración: basta con un enemigo y una energía. El problema viene después, una vez accedes al gobierno, aupado por el descontento global tienes que corresponder a tus votantes ejecutando el enfado, y claro, esto se nos está yendo de las manos. O a las manos mismas.

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