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Opinión | Viento fresco

Jose María de Loma

Jose María de Loma

Redactor jefe y articulista

Señoras en el balcón

Garbeo matinal. Miro hacia la fachada de un hotel y fantaseo con la vida de sus huéspedes

Una vista de Málaga.

Una vista de Málaga. / Álex Zea

Son las diez y cinco de la mañana. Mirando desde abajo pero muy cerca de la fachada, los balcones del imponente Málaga Palacio parecen celditas pequeñas. Dentro de cada una de ellas, una historia, una vida, un afán, un motivo. Detrás de algunos de esos cristales habrá un ejecutivo durmiendo, una pareja acariciándose, una soltera de despedida, un escritor al que le aguarda un día de vino y firmas. Hay una señora con camisa blanca asomada en la cuarta planta. No distingo su mirada pero pudiera ser una vista cansada que se relaja con la contemplación de la mar y los barquitos. Queda mejor escribir barquitos pero en realidad lo que verá serán los yates lujosos del Muelle Uno, en cuyos interiores también habrá unas vidas. Más relajadas, seguramente. Salvo la de la tripulación o marinería.

Observo a la mujer de la ventana y no parece que tenga ninguna intención de desasomarse, si es que ese palabro, ese verbo existe. Sus ojos ya habrán repasado el Parque, la plaza de la Marina, un ángulo de la zona Oeste también. Los peatones le pareceremos pobres desgraciados que en este día, frío, hemos de andar ya por la calle. Salvo yo, que estoy parado. Parado en la acera, quiero decir, no en el desempleo. Claro que muchos de los que ve son turistas, turistas que también han podido consumir parte de la mañana mirando por la ventana pero que ya han decidido darse un garbeo para conocer el Museo Picasso, la Catedral, la Alcazaba o los clavos que te pegan por desayunar el producto estrella local: el pitufo mixto.

Tampoco es plan de pasarse toda la mañana mirando a la señora, no vaya a pensarse nada raro. Tampoco puedo explicarle por señas que soy un columnista captando la realidad para meterla en esta columna. Me doy un minuto más para fantasear sobre su vida (¿estará su pareja duchándose?, ¿habrá venido sola?, ¿será la gobernanta que ha decidido tomarse un respiro en una habitación vacía?) y reanudo la marcha sin rumbo tal vez hacia otra fachada de hotel.

Imagino a la señora ahora ya en el bufé del desayuno diciéndole al marido: «Juraría que a un señor un poco raro al que estaba viendo por la ventana le ha dado un algo. No se movía y miraba raro hacia arriba como paralizado».

A lo mejor fantasearían sobre mis afanes. Justo en ese momento, el camarero proverbialmente servicial le serviría otro té.

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