Opinión | Tribuna
Carta a mi hijo: el legado de la posmodernidad
Cuando la rabia se apodera de tus actos, te conviertes en un fiel representante del individualismo de la sociedad posmoderna y en un servidor sumiso de los dogmas y los prejuicios

Hay que celebrar la vida y encontrar lugares propicios para el amor y el humor. / l.o.
Querido hijo. Sabes de sobra que a muchos profesionales de la Psicología Clínica actual les gusta en demasía poner etiquetas y emitir sentencias moralizantes a la hora de abordar aspectos destacados de nuestra personalidad, persiguiendo el loable fin de encontrar una explicación científica de nuestro comportamiento. Sinceramente, pienso que esta actitud esconde la cruda realidad del interés de lucro aprovechando nuestra vulnerabilidad y el gusto por colaborar en el control social que ejercen los Señores del Aire del nuevo feudalismo triunfante y que emulan los autócratas que aspiran a gobernarnos de por vida. Dirán los moralistas que todo esto es por tu bien y el de tus compañeros de generación. Nos dicen que estamos enfermos, locos de atar, y que nuestra civilización languidece y camina a marchas forzadas hacia la autodestrucción. No hay más que echar un vistazo a las alarmantes noticias que nos llegan desde el ciberespacio sobre nuestro presente más inmediato. Y como no esperamos una segunda venida de Zaratustra desde la tierra de los persas –tal vez por los bloqueos del estrecho de Ormuz- tendremos que medicarnos y someternos a una terapia social sostenida en el tiempo si queremos seguir viviendo, insensibles, en nuestra burbuja de ocio protegido. Es el destino que nos marca el «estado clínico» del que tanto han escrito Antonio Escohotado y Fernando Savater, entre otros.
Por el contrario, algunos de los que nos dedicamos a la Filosofía, preferimos recurrir a los conceptos. Muchos de estos están más gastados que las sandalias de Empédocles y otros narcisistas. Porque hay quien abusa del carácter abstracto y demasiado oscuro de los conceptos para mantenernos a raya como fierecillas domadas. Y como esta oscuridad y complejidad suele empeorar nuestros juicios sobre la realidad y tiende a mezclar las cosas, voy a intentar hablar filosóficamente y con claridad, de una constante de tu comportamiento habitual –como representante genuino de tu grupo de iguales, entre otras cosas- que me disgusta profundamente. Llamémoslo «rabia», para simplificar. Un proceder que daña la convivencia familiar y social de un modo devastador y violento. Lo cierto es que genera en mí una sensación de impotencia y ganas de morir, cuando estalla el conflicto, difíciles de digerir para un triste mortal al que le han extirpado recientemente el esófago, gran parte del estómago y el páncreas, el bazo y esos ganglios del tronco celíaco que tienen forma de media luna.
No voy a ser muy original si te digo que los antiguos griegos se jactaban culturalmente de esta rabia. Usaban el término Hybris o desmesura para hablar del asunto con cierto orgullo y autocomplacencia, justificando así la mentalidad guerrera y militarista dominante. Muchos de los líderes políticos mundiales actuales parecen haberse emborrachado con este desafío ampuloso a los dioses o al orden establecido, rompiendo las reglas ancestrales del juego de la política y el derecho internacional. Pienso que esta disposición era y es, sencillamente, producto del miedo y una exhibición de crueldad individual, social y política.
Cuando la rabia se apodera de tus actos, te conviertes en un fiel representante del individualismo de la sociedad posmoderna y en un servidor sumiso de los dogmas y los prejuicios. Y dos son las manifestaciones más significativas de este individualismo: el victimismo y el infantilismo. Pienso que este enfoque, ya antiguo, sigue ajustándose a la realidad que estamos viviendo. Es el argumento del magnífico libro del filósofo y escritor francés Pascal Bruckner, ‘La tentación de la inocencia’ (1995) cuya traducción me regalara mi amigo Sebastián Gámez en el verano de 2017.
El victimismo, por su parte, es una exageración de una sensación que todos vivimos o hemos vivido en nuestra propia piel como consecuencia de situaciones injustas que no podemos aceptar. Así les sucede, por ejemplo, a los niños que han sido «destronados» por su nuevo hermano, o a los que no sienten suficientemente queridos por sus padres o por alguno de sus progenitores. Queremos nuestra acreditación como víctimas, porque así nos hacen caso los demás y nos abonamos así a la queja sistemática como método. Y la cosa funciona (aunque algunos psicólogos no dudan en incluir el victimismo crónico dentro de la sospechosa familia de las psicosis más recalcitrantes. Es especialmente llamativo el victimismo que aparece en personas y grupos sociales que han sufrido un maltrato real y, curiosamente, se convierten en verdugos, adoptando el mismo perfil del maltratador. Y no quiero señalar, por si acaso.
El infantilismo, por su parte, es una exageración de comportamientos inocentes e ingenuos y nos convierte con facilidad en auténticos tiranos. Los bebés abusan de su tierna condición por cuestiones de supervivencia a través del llanto, expresando displacer y captando nuestra atención. Normalmente quieren decirnos con su llanto dos cosas muy simples: quiero comer o quiero dormir, o las dos cosas al mismo tiempo. Pero esto se complica cuando nos hacemos adultos, nuestros miedos se multiplican y chocamos con los deseos y pulsiones de los otros en la vida social, como reconocía Freud. Por eso, el infantilismo es una exageración, una actitud desmedida que reclama la satisfacción inmediata de nuestros deseos y apetencias como si fuera lo único importante en la vida. Eso de ponerse en el lugar del otro suena a ciencia ficción y nos gusta mucho sentirnos como emperadores liberados de la responsabilidad y de los esfuerzos propios del trabajo y las tareas en las que se requiere la colaboración con los otros para llegar a buen puerto (porque, lamentablemente, no somos autosuficientes ni la vida es justa). La inocencia y la reivindicación de nuestros supuestos derechos infantiles son, por tanto, una tentación irresistible. Queremos algo y exigimos, de inmediato, tenerlo. Si no es así, nos enfadamos y llenamos de rabia. Por el contrario, ya sabes que siempre he preferido cultivar la paciencia y la escucha activa de los deseos ajenos, para poder calibrar si son compatibles con los míos. Es una predisposición que he reafirmado especialmente con la vivencia del cáncer y las exigencias de su tratamiento. Y recuerda que ni soy ni quiero ser un héroe.
Y aunque he empezado mi carta hablando con cierto desdén de la Psicología Clínica, voy a recuperar algunas de sus contribuciones teóricas más conocidas de los últimos tiempos, aunque hoy estén bajo sospecha muchos de sus postulados. Me servirán como una tentativa sugerente. Me explico. Son numerosos los especialistas, como el psicólogo y periodista estadounidense Daniel Goleman, que hablan del profundo malestar emocional que se observa en las sociedades industriales avanzadas, de tal modo que nos sitúan en el epicentro de una crisis emocional colectiva: vivimos en una sociedad basada en el fomento competitivo de las capacidades intelectuales como ingrediente fundamental para el acceso al mundo del trabajo; el entramado de nuestra sociedad parece descomponerse aceleradamente; la violencia, el egoísmo y la mezquindad espiritual amenazan con socavar la bondad de nuestra vida colectiva. Por ello, son cada vez más frecuentes las situaciones donde emergen la torpeza emocional, la desesperación, la insensatez familiar, colectiva, la rabia, la desesperación, la depresión, la violencia, una autoexigencia y autocontrol excesivos el activismo estresante, la carencia de espacios adecuados para el ocio y las relaciones, la competitividad enfermiza, etc.
A principios de los 90, destacados psicólogos como Peter Salovey o J. Mayer, acuñaron el término Inteligencia Emocional para referirse a una interpretación de la inteligencia en clave holista. En concreto, Peter Salovey, asociaba la inteligencia a un elenco de capacidades o habilidades como el conocimiento de las propias emociones, la capacidad de controlar las emociones, la capacidad de automotivarse, la capacidad de reconocimiento de las emociones de otros, y el control de las relaciones. Y todas ellas, pueden ser enseñadas. Con ello se supera el concepto estrecho de inteligencia, anclado en las perspectivas lógico-matemática y lingüística y en la óptica del cociente intelectual.
Hasta mi jubilación como profesor he luchado por la reconciliación en las aulas entre la mente y el corazón, pero sin caer en el reduccionismo emotivista tan frecuente en nuestros días. Por este motivo, los filósofos catalanes Manuel Güell Barceló, y Josep Muñoz Redon afirmaban ya en el año 2000, que además de alfabetizar con letras y números, es necesario alfabetizar en las emociones, las habilidades sociales, la toma de decisiones, el manejo de relaciones y, en definitiva, en los problemas que afectan de verdad a nuestra vida. Es el viejo ideal de la educación sentimental de los románticos.
Además, la perspectiva que se adopta desde la inteligencia emocional permite crear un vínculo entre el mundo de los sentimientos, el carácter y los impulsos morales. Coincido con Daniel Goleman cuando afirma en su libro ‘Inteligencia Emocional’ (Barcelona, Kairós, 1996), que hay dos actitudes morales que reclama nuestro tiempo con urgencia: el autocontrol y el altruismo. De un lado, hay que impedir el sometimiento ciego a los impulsos, y además, hay que desarrollar una sensibilidad sincera para la comprensión de las necesidades y hasta la desesperación de los demás.
En fin, no voy a continuar. No quiero que leas esta reflexión como si fuera un sermón y yo, una persona seria y amargada. Quiero, cada vez más y con mayor intensidad, frecuencia y duración, celebrar la vida y encontrar lugares propicios para el amor y el humor. El resto, como dice Hamlet, es silencio y el miedo lo complica todo. Que tengas un buen día. Te quiero mucho y deseo que sepas que confío en ti.
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