Opinión | Málaga en mi memoria
Maternidad irreversible
La autora descubre la felicidad en la distancia y el orden externo, hasta que la maternidad le revela la complejidad del orden interno y el amor de su madre

Una madre con un bebé en brazos. / MSD/EP
La vajilla desigual, los cubiertos perdidos, los vasos que no hacen par. Las copas siempre rompiéndose, un trapo de servilleta, una cala blanca en un jarrón de cristal. Todas las sillas distintas, cuadros al óleo en la cocina, libros en el baño. Un ventanal con cortinas hasta el suelo, pinzas de depilar en la mesita del salón, los cojines desparejos. Vigas de madera en el techo, la azotea un invernadero, la pila de lavar de hace más de un siglo. Las habitaciones abajo, el único baño arriba, la cocina en el eje de todo. Naranjas, coral y amarillos. Madera. Plantas. Cal en la fachada. No soportaba la opresión del color.
Salí huyendo en cuanto tuve ocasión. Me catapulté a lo más lejos que pude. Europa, Asia. Miré al cielo todas las veces, arriba no existe caos. El orden inevitable de todas las cosas. Y, aunque quisiera desordenarlo todo, quien entraría en órbita sería yo. No me costó darme cuenta de la felicidad de poner distancia, aún no echaba de menos ni las paredes llenas de libros ni los muñecos en miniatura escondidos en los marcos de los cuadros. Había que ir aún más allá, era una cuestión de fe elevarme y poder ver por encima de mi propia madre. Al final de mis viajes ya no podía dormir bien. Despertaba temblorosa y me retumbaba algo en el pecho, no era solo el corazón. La sospecha era zozobra. De todos los sacrificios, hizo el nido con detalle, y a mí, la hija, nunca me contó su secreto mejor guardado. Rebelada yo en mi necesidad de orden externo, el orden interno era mucho más enrevesado. Desesperada por amor, me veía a coz limpia contra la inquisición de las extravagancias de mi madre. Tuve suerte, la descubrí en su desorden. La cacé en su ejercicio de expresión de identidad, practicando toda su libertad al completo y haciendo un alarde de todos los colores y formas posibles. Así en huelga por su propia represión. El exceso que a mí me irritaba era el oxígeno que ella necesitaba.
Y fui madre. Y sin épica ninguna, por dentro, lo entendí. Mi hija había salido ya de mi cuerpo, la tenía en frente, el miedo apabullante del posparto campando a sus anchas. El agradecimiento se hizo cargo y a mi madre, que me había ayudado a parir, la vi por primera vez en todos estos años. Se me vino a la mente desechando comprar una vajilla completa, yendo a buscar platos singulares en otro sitio, los vasos según el grosor del cristal para frío o caliente. Las sillas en función de las conversaciones que se iniciaban siempre en la cocina. Las vigas de madera protegiéndonos y la fachada blanca encalada sosteniendo un tucán de cerámica sobre la puerta. Ordenándose todo el amor por dentro, me pareció increíble volver a conocer a esa mujer que es mi madre.
Y mientras yo crío, la veo a ella olvidada de su propia pasión. De cuando ella luchó por la igualdad, por los libros y por la libertad. La vuelvo a conocer hoy. Y volvemos las dos a esa casa, a la vajilla despareja, a las sillas que no hacen juego y a los colores que no supe mirar. Cada vez que me cuente una historia suya, querré que encuentre la pasión que, antes de ser madre, le dio agallas para enfadarse y luchar. Igual que a mí la sospecha de mi crueldad me hace zozobrar el corazón y ahora, que ella es mayor y me veo en ella, siento que ser madre no debería alejarme de la mujer que fui.
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