Opinión | El adarve
Prioridad ‘nazional’
El problema es el desprecio, el gran problema es el odio. El rechazo a quien es distinto, a quien no piensa igual, al que no nació dentro de las mismas fronteras

Inmigrantes en el barco de Salvamento Marítimo, en el Puerto de Málaga. / arciniega
En los recientes acuerdos alcanzados por Vox y el Partido Popular para garantizar el gobierno de las comunidades autónomas de Extremadura y Aragón, se ha colado un concepto inquietante: ‘prioridad nacional’. Un concepto que de forma clara, contundente y totalmente ilegal (quebranta leyes nacionales e internacionales) dice que los españoles tienen prioridad respecto a los inmigrantes en lo relacionado con los derechos y los servicios sociales. Primero los españoles y luego los inmigrantes. Es decir, que hay dos tipos de personas en este país: las de primera categoría y las de segunda categoría, las de mayor dignidad y las de menor dignidad, las que tienen más derechos y las que tienen menos derechos. El concepto, que aparece cinco veces en el convenio extremeño, dice exactamente lo que quiere decir, como explicaría el señor Rajoy con aplomo y parsimonia. ¿Quién ha decidido que esta discriminación se convierta en un principio? Muy sencillo, únicamente algunos españoles que han demostrado al hacerlo que no son ni muy justos ni muy solidarios sino unos desvergonzados egoístas. Supongo los firmantes del pacto aceptarán que se aplique el principio a los españoles y españolas que emigren a cualquier país del mundo.
El lector (la lectora) habrán reparado en el título de este artículo la sustitución de la ‘c’ por la ‘z’ en la palabra nacional. No es una errata. El cambio se debe a la consideración de que ese concepto encierra una filosofía nazi: Primero los alemanes y después los judíos. Porque se trata, según el acuerdo, de dos grupos de diferente naturaleza. Lo mismo sucedió en el apartheid sudafricano: primero los blancos y después los negros. Y eso lo decide unilateralmente el grupo privilegiado. No es un acuerdo de las dos partes, claro está, sino una imposición de los que salen ganando. Hay que tener cara de feldespato.
Da vergüenza la brutalidad, la indecencia, la insolidaridad, la injusticia y la perversión del principio. Vox dice que es de sentido común, de pura lógica. Primero nos-otros y luego los otros. Claro, es la consecuencia inexorable de la siembra que han ido haciendo durante años: los inmigrantes son delincuentes, los inmigrantes vienen a robarnos nuestros derechos, los inmigrantes vienen a violar a nuestras mujeres y a llenar de violencia nuestras calles, los inmigrantes vienen a destruir nuestra cultura y a imponernos la suya. Es decir, los inmigrante son merecedores de rechazo y de odio. El planteamiento es radicalmente xenófobo, injusto e insolidario.
Hasta los obispos, tan de derechas, han salido a decir que ese principio rompe valores esenciales de la cultura cristiana, esos valores que Vox y el PP defienden con denuedo cuando les interesa. Y ahora dicen que hay que ser sensatos y justos: primero estamos nosotros y luego están los demás. Es que da vergüenza pensarlo, decirlo y escribirlo. Cuando se le pregunta al señor Abascal qué es ser español dice que eso hay que preguntárselo a la Universidad. Él de lo que sabe es de reparto. Al parecer, no sabe lo que es ser español pero sabe a ciencia cierta que los españoles están primero.
Es muy preocupante que el PP haya hecho suyo el discurso más xenófobo de Vox. Cuesta pensar que el PP haya dado por bueno este principio distributivo. Resulta preocupante que estos acuerdos vayan haciéndose dominantes en nuestro país. El PP trata de explicarlo diciendo que una cosa es la nacionalidad y otra el arraigo. Pero ahí no está la clave. Lo que han firmado (y así lo explica Vox de forma taxativa por si alguien tuviera dudas) es que primero son los españoles y después están quienes no lo son. No hay duda alguna. Está muy clarito. Y después de estar tan claro en Extremadura, se volvió a firmar un acuerdo similar en Aragón. Y es probable que se vuelva a repetir el acuerdo en Castilla y León. Da otra explicación el PP: el convenio dice que todo se hará respetando la legalidad vigente. Ese era un argumento para no firmar, no para explicar por qué han firmado.
El problema es el desprecio, el gran problema es el odio. El rechazo a quien es distinto, a quien no piensa igual, al que no nació dentro de las mismas fronteras. Hace unos días, en un mitin, el señor Abascal comenzó diciendo: «el mierda del presidente del gobierno, la rata del ministro del Interior…» No pudo seguir porque los aplausos suscitados por los insultos no se lo permitieron. Un niño al que se ve detrás de Abascal aplaude con entusiasmo los insultos. Y los asistentes se ponen a corear con fuerza un lema que la derecha tiene a gala repetir: Pedro Sánchez, hijo de puta... Y ahí tenemos al niño gritando como el que más. Y a continuación sigue Abascal con su diatriba: el cobarde del delegado del gobierno, el lacayo que actúa como jefe del dispositivo de seguridad… ¿A dónde vamos por este camino? ¿Qué es lo que está aprendiendo ese niño de su líder? ¿Para qué le sirve después que en la escuela se le explique por qué se debe respetar a todos los seres humanos…? No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Y luego sigue la bravuconería desafiante de Abascal: «No ha nacido el español que nos intimide». Y la mentira de acusar al gobierno de colocar en el mitin a los violentos y luego la falsa aseveración de que en un país democrático esos violentos estarían en la cárcel y también estarían en la cárcel el presidente del gobierno y el ministro del Interior… No puedo borrar de mi cabeza la cara de este niño que aparece en la imagen detrás de Santiago Abascal. Me desvela esa tarea de inoculación del odio que encierran los insultos que tanto y tan bien usa la derecha. Me desasosiega el clima que se crea cuando una masa corea un grave insulto y lo convierte en una banalidad.
En un estupendo artículo, el economista Juan Torres comentaba hace unos días lo sucedido en ese mitin con estas palabras: «Si algo nos enseñó el siglo XX es que no hay que hacer explotar bombas nucleares para que la convivencia se destruya y las sociedades se destrocen a sí mismas. La historia nos mostró que las grandes catástrofes no empiezan con hornos ni con fosas comunes, sino mucho antes, en el terreno aparentemente inofensivo del lenguaje. Antes de la máquina de exterminio nazi hubo algo más sencillo y peligroso. Discursos transformando al adversario en amenaza, al diferente en plaga y a los seres humanos en problema. La maquinaria de muerte solo se puso en marchas cuando antes de habían hecho cotidianas y banales las palabras que deshumanizan sistemáticamente al otro».
En estos días hemos sido testigos de otros hechos que completan este panorama tan hostil contra el prójimo. La señora María Corina Machado ha visitado España y se ha abrazado a la derecha y a la ultraderecha más xenófoba. Se ha abrazado a quienes firman un pacto diciendo que los españoles van primero y que los venezolanos, entre otros inmigrantes, van después. Y rechaza entrevistarse con el presidente del Gobierno que es quien está impulsando en España la política de acogida y de regularización de los inmigrantes. Hace días, en el Congreso, el presidente le dirigió al líder de Vox la siguiente pregunta…
Señor Abascal, ¿por qué odia usted tanto a los inmigrantes?
Pues bien, la señora Corina se rinde a quien odia a sus compatriotas y desprecia a quien los acoge, protege y ayuda. ¿Por qué no acepta la señora Corina entrevistarse con el presidente del Gobierno? No es muy difícil de explicar. Esa foto en la Moncloa podría provocar la irritación de su amo americano, a quien fue a entregar, en un gesto de servilismo inconcebible, su premio Nobel de la Paz: se lo entrega a un presidente belicista, a un presidente que ha matado a más de cien venezolanos en una invasión a su país, a un presidente que bombardea a Irán y que anuncia intervenciones en Cuba, en México, en Colombia, en Groenlandia… A un hombre de la guerra.
Desde el balcón de la Real Casa de Correos, sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid, bajo la batuta del cantante Carlos Baute, en presencia de la señora Corina y de la señora Ayuso y del señor alcalde de Madrid (que la habían entregado la medalla de la Comunidad y la llave de la Villa), la multitud de inmigrantes venezolanos que se había congregado para saludar a la señora Machado, haciendo referencia a la presidenta interina de Venezuela gritaba:
¡Fuera la mona!, ¡fuera la mona!
Unos llaman delincuentes a los inmigrantes, otros llaman a Sánchez hijo de puta y otros llaman mona a la presidenta de su país. Es decir, que todo vale, que es rentable insultar al adversario político, que es bueno unirse para hacerlo, que lo que nos une de verdad es el odio al diferente. Es el camino de la barbarie, el atajo hacia la selva, el avance acelerado hacia el fascismo. Tenemos que preguntarnos hacia dónde vamos. No hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada.
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