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Opinión | La vida moderna merma

La ciudad que protesta lo que no consume

La secuencia es ya un clásico. Alguien lanza una queja. Otro la amplifica. Un tercero la convierte en símbolo. Y en cuestión de horas tenemos un diagnóstico completo de la ciudad

Confitería Aparicio echa el cierre a uno de sus establecimientos en el centro de Málaga.

Confitería Aparicio echa el cierre a uno de sus establecimientos en el centro de Málaga. / l.o.

Hay ciudades que no necesitan enemigos. Se bastan solas, con una admirable eficacia, para generar sus propias batallas, sus propios agravios y, por supuesto, sus propios culpables. Málaga, que en esto también ha decidido ser moderna, ha perfeccionado un deporte local de alto rendimiento: la indignación selectiva. Y como todo deporte contemporáneo, se practica en redes sociales, que es donde hoy se corre sin moverse y se opina sin saber.

El último episodio de esta disciplina olímpica ha tenido como escenario una confitería de toda la vida. Aparicio. Un clásico del centro histórico, con ese aire de establecimiento que no necesita explicarse porque forma parte del paisaje sentimental de varias generaciones. Pastelería con sus carteles de torrijas pintados a mano, su repisa con cajas de bombones y muñecos para los chiquillos y unas bandejas de pastelitos la mar de buenos. Durante un tiempo, incluso, convivieron dos locales a escasos metros, como si la abundancia fuese un capricho posible. Una anomalía extraña. Ahora, uno de esos dos ha cerrado. Y con ese cierre -de un local, no de la marca- se ha desatado una tormenta de proporciones bíblicas.

Porque claro, en el relato oficial de la indignación, lo que ha sucedido no es que un negocio haya ajustado su estructura a la realidad del mercado. No. Lo que ha sucedido, según se ha dictaminado con rapidez quirúrgica en tuiter es que Málaga ha perdido otra de sus esencias, devorada sin piedad por el turismo, los apartamentos turísticos, los brunch de aguacate y las tartas de queso descongeladas.

La secuencia es ya un clásico. Alguien lanza una queja. Otro la amplifica. Un tercero la convierte en símbolo. Y en cuestión de horas tenemos un diagnóstico completo de la ciudad, con culpables perfectamente señalados y una sensación de catástrofe irreversible. Es un mecanismo fascinante. Sobre todo porque rara vez resiste el más mínimo contraste con la realidad.

En este caso, por ejemplo, convendría recordar un detalle incómodo: Aparicio no ha cerrado. Ha cerrado uno de sus dos puntos de venta en el centro en un local que, por cierto, nunca destacó precisamente por su bullicio. El otro sigue abierto. Y además la casa mantiene presencia en otras zonas de la ciudad. Pero eso, claro, es un matiz. Y los matices, en la economía de la indignación, son un lujo innecesario.

Los medios, por su parte, han demostrado una vez más su envidiable capacidad para detectar dónde está el ruido. Titulares diseñados con la precisión de un reloj suizo han sugerido, sin decirlo del todo, que asistíamos a otro funeral del comercio tradicional. Porque el click es hoy una moneda más valiosa que la exactitud, y la media verdad -esa forma elegante de la mentira- resulta extraordinariamente rentable. Nadie se resiste a una buena historia de decadencia, aunque sea, en el fondo, una historia mal contada.

Pero más allá del ruido, hay una cuestión de fondo que merece algo más que un tuit airado. Los negocios no son piezas de museo. No sobreviven por decreto sentimental ni por el recuerdo de tiempos mejores. Sobreviven -y aquí viene la parte menos épica del asunto- porque alguien compra. Porque hay clientes. Porque existe una demanda real y sostenida.

Y en ese punto la conversación se vuelve incómoda, porque introduce un elemento que no suele gustar: la responsabilidad individual. Es mucho más sencillo culpar a “los turistas”, a “los fondos buitre”, a «la ciudad que hemos perdido», que preguntarse cuántas veces hemos cruzado la puerta de ese establecimiento cuya desaparición ahora nos parece una tragedia colectiva.

¿Cuántos de los que hoy se rasgan las vestiduras han comprado una bandeja de pasteles en Aparicio en el último año? ¿Cuántos lo han hecho alguna vez? La respuesta, me temo, no sería especialmente alentadora. Porque la nostalgia, como el buen vino, se consume mejor en la distancia. Y porque resulta infinitamente más cómodo reivindicar la tradición en abstracto que sostenerla con actos concretos.

Mientras tanto, la realidad sigue su curso con una indiferencia casi británica. Los hábitos de consumo cambian. Las preferencias evolucionan. Y sí, es perfectamente posible que muchos de los que hoy lamentan la pérdida de una confitería tradicional lleven años comprando otras cosas como palmeras gigantes con apariencia artesanal, cafés de especialidad con un dibujito hecho con espuma, bebidas que hace una década ni siquiera sabíamos pronunciar, pasteles de nata portugueses o sencillamente una tarta ultracongelada de supermercado que está baratita, a la mano y no tienes que parar en la pastelería de toda la vida. Nada de esto es necesariamente malo. Es, simplemente, lo que es. Pero convendría al menos tener la honestidad de reconocerlo antes de señalar con el dedo.

Porque aquí aparece otra de las grandes incoherencias de nuestro tiempo. La turismofobia de salón. Esa que denuncia con fervor la proliferación de apartamentos turísticos en Málaga pero que, llegado el fin de semana, se instala con toda naturalidad en uno en cualquier ciudad europea. Esa que critica la transformación de los centros históricos mientras participa activamente en ella cada vez que viaja. Es una forma de pensamiento extraordinariamente cómoda. El problema siempre está fuera, nunca dentro.

La ciudad, por supuesto, no es perfecta. Tiene desafíos reales, tensiones evidentes y debates necesarios. Pero convertir cada ajuste comercial en una prueba irrefutable de decadencia es, además de inexacto, profundamente infantil. Málaga no se está muriendo porque cierre un local que no funcionaba. Málaga cambia. Como han cambiado todas las ciudades que alguna vez estuvieron vivas.

Quizá el verdadero problema no sea el turismo, ni los nuevos negocios, ni siquiera los medios que juegan a inflamar la conversación. Quizá el problema sea esa necesidad casi compulsiva de construir relatos simplistas, de encontrar culpables externos, de evitar cualquier atisbo de autocrítica. Porque la autocrítica, como se sabe, no genera likes.

Al final, lo que queda es una pregunta incómoda que nadie parece querer formular en voz alta: ¿queremos de verdad conservar lo que decimos que nos importa, o solo nos gusta la idea de que exista? Porque entre ambas cosas hay una distancia considerable. Y en esa distancia, silenciosa y poco épica, es donde se deciden estas historias.

Aparicio seguirá ahí, haciendo lo que lleva haciendo toda la vida. La ciudad también seguirá ahí, con sus contradicciones, sus aciertos y sus excesos. Y nosotros, mientras tanto, tendremos que decidir si queremos seguir indignándonos en bucle o si, de vez en cuando, preferimos algo tan revolucionario como entrar en una pastelería y comprar un pastel.

No es una solución especialmente heroica. Pero, a diferencia de muchas otras, tiene la incómoda virtud de funcionar. Viva Málaga.

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