Opinión | En corto
Homilía civil para el día después
La gran quimera final del marxismo, su paraíso en la tierra, era trabajar sin esfuerzo; o, más bien, trabajar gozando, cambiando de tarea al gusto. Un imposible antropológico y una impugnación en toda regla del «ganarás el pan con el sudor de tu frente», mandato primordial después de la caída. A partir de esta, muchos de los esfuerzos se aplicarían a burlar el mandato de mil modos: quedarse con las tareas menos penosas, que trabajen otros por uno, vivir del cuento, etcétera. En la antigua Judea los propios predicadores del mandato idearon el de dedicarse full time a eso, librando hasta del servicio militar. Moraleja: cuantos nos libramos de los trabajos más ingratos tengamos la decencia de respetar y bendecir a los que los desempeñan (hoy llegados sobre todo de otros países y etnias). Aquellos que encima los persiguen tienen infierno asegurado; y si no lo hay habrá que inventarlo.
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