Opinión | Tribuna
Bodas, bautizos y comuniones
Las BBC no son sólo un acontecimiento religioso, pues a veces esta dimensión pareciera eclipsarse a cuenta del envoltorio social, sino también un observatorio

Libro de Comunión. / D.R.
Arranca el mes de mayo y con él la nueva temporada de bodas, bautizos y comuniones, la llamada BBC, que no es la cadena de televisión, sino también y en no pocas ocasiones uno de los fenómenos sociales más notables en cuanto a coherencias, incoherencias, fe, descreimiento, cuñados, photocalls y fiestas de guardar.
El tema de las primeras comuniones da muchísimo de sí. Que algo podamos estar haciendo mal los que nos dedicamos a sostener la fe de estos acontecimientos también será cuestión de analizar, pero bien es cierto que cuando uno vislumbra que los acentos celebrativos del entorno familiar interesado los marca el convite, el vestido y el fotógrafo, no hay que ir precisamente de profeta para atreverse a vaticinar que la primera comunión del chaval o la chavala pueda ser también la última. Y sepa Dios, dicho sea de paso y dejando claro que sobre gustos no hay nada escrito, en qué extraño giro de las modas se estableció que el outfit infantil de la comunión fuera el uniforme de marinero o de almirante, con todas sus forrajeras y sus arreos. Que me lo expliquen.
De la necesidad social de confirmarse, a ser posible de manera exprés, porque de repente un día se tiene la imperiosa necesidad de apadrinar o amadrinar la fe que no se profesa, ya hablaremos otro día, porque la temática da para monográfico. Por su parte, la trama de las bodas, como diría Rajoy, «no es cosa menor, dicho de otra manera, es cosa mayor». Que un ateo de carnet decida con legítima contundencia casarse por la Iglesia no es algo que yo vaya a cuestionar; al fin y al cabo, todos nos podemos caer camino de Damasco. Pero si al insólito capricho de la boda eclesial le sumamos que el templo de lo celebrativo tiene que ser, sí o sí, la joyita arquitectónica que desprenda más glamour de cara al reportaje fotográfico de marras…, pues poco más queda por decir.
En cuanto a la asistencia que acompaña, o desacompaña, de todo hay. Muchos párrocos no se cansan de insinuar al respetable público que comparece que, de verdad, no es necesario estar presente en la celebración si a uno le perece que aquello carece de sentido o se aburre o se tienen ganas de comentar las mejores jugadas. Y el problema, ojo, no es que el personal quiera sostener con su presencia el momento desde las primeras filas, el problema es que ello se pretende a lo Pedro por su casa y no con la actitud propia de lo que allí se celebra, sino a lo Siempre así, es decir, a su manera.
Así, las BBC son, en muchas ocasiones, no sólo un acontecimiento religioso, pues a veces esta dimensión pareciera eclipsarse a cuenta del envoltorio social, sino también un observatorio, un estudio de campo y un coste por cubierto. Y éste es, en la mayoría de ocasiones, el marco religioso del creyente ocasional: aquel que, únicamente, pisa la Iglesia en las BBC y que repite los gestos de la liturgia sin más sentido que el de la musiquilla que cantaban los payasos de la tele: «Me pongo de pie, me vuelvo a sentar».
No obstante, también hay que decirlo, las BBC no dejan de ser una oportunidad para lo que la Iglesia llama primer anuncio, y ello porque, a fin de cuentas, repito una vez más, tampoco Saulo había previsto su caída en Damasco. Y qué sabemos nosotros, los que procuramos acompañar con coherencia el evento, la manera o el momento en el que Dios tenga a bien dar una colleja a quien considere, incluso en el marco de las BBC.
Por eso mismo, el mes de mayo, no debe de ser un aguante de lo religioso frente a la inmensa asistencia descreída que abarrotará los templos, sino una oportunidad eclesial para que los que hacemos por vivir en profundidad lo que verdaderamente se celebra en las bodas, bautizos y comuniones nos entreguemos a ello con esmero, paciencia y buen tono. No vaya a ser que Dios diga de hacerse notar en las BBC y nos pille a los que nos decimos en su equipo con el paso cambiado, con la desgana a flor de piel y la desesperanza por bandera, siendo más un contratestimonio que una pequeña luz en mitad de las sombras.
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