Opinión | Marcaje en corto
Motores menos eléctricos

Imagen de archivo del GP de Japón de Fórmula 1. / FRANCK ROBICHON / EFE
El GP de Miami que ha puesto punto y seguido a un campeonato mundial de Fórmula 1, interrumpido en las últimas semanas, precisamente por el estallido de la guerra en Oriente Medio y los grandes premios previstos en sus inmediaciones, justo ha marcado un interesante giro de timón en el debate sobre los motores híbridos cada vez más eléctricos y una creciente falta de competitividad.
La tensión que se vive en este momento en el gran espectáculo global del motor resulta muy interesante. El equilibrio entre espectacularidad, seguridad de los pilotos, innovación tecnológica e intereses del mercado nunca es fácil de encontrar. Recordemos que en el último lustro, después de la pandemia y siempre con la intención de reforzar la eficiencia energética y la sostenibilidad en general, la Fórmula 1 ha aspirado a optimizar la potencia de los vehículos híbridos.
Con la introducción de sistemas ERS, capaces de recuperar la energía cinética y calórica del propio vehículo, los monoplazas cada vez han dependido menos de otras fuentes energéticas. Complejas baterías también han permitido generar impulsos adicionales a la hora de adelantar o de mejorar los tiempos de clasificación o de vuelta rápida. Pero la actual temporada parece que ha terminado por agotar esta evolución.
Muchos de los máximos protagonistas del Mundial alegan que los prototipos, al aumentar tanto de peso, dejan en un muy segundo plano la espontaneidad en carrera. Ni se ha mejorado el rendimiento como se esperaba, ni la espectacularidad ha recuperado las grandes batallas de antaño. Justo en estos últimos días la Federación Internacional del Automóvil (FIA) ha tenido que salir al paso y hacer públicas nuevas normativas que implicarán «menor dependencia eléctrica y motores más simples».
Es decir, viene un paso atrás, a la caza del equilibrio perdido y en consonancia a denuncias públicas de pilotos veteranos como es el caso del español Fernando Alonso. Resulta tremendamente paradójico que el cambio de estrategia llegue cuando fuera de los circuitos el planeta vive otra carrera bien distinta. En Estrasburgo, por ejemplo, hace menos de una semana se pusieron los pilares para que la Unión Europea sea cada vez más autosuficiente en términos energéticos.
El conflicto bélico en Iraq, como en su día el generado por la invasión en Ucrania, vuelve a poner en máximos tanto el petróleo como el gas. Y se aboga por una Europa menos dependiente de los combustibles fósiles y capaz de propiciar un modelo turístico más sostenible en territorios como la Costa del Sol. De manera paralela a ese debate presupuestario con Bruselas como eje continental los propios consumidores han intensificado en estos dos últimos meses su interés por la compra de vehículos 100% eléctricos.
Con el gasóleo por las nubes y aún con medidas estatales como la rebaja de impuestos, está claro que gobiernos, fabricantes y consumidores convergen, a ritmos muy distintos de unos países o territorios a otros, que ahí radica otro debate muy interesante, hacia un movilidad con emisiones limitadas. Enfrente figura la elite del automovilismo, que pareciera negacionista cuando pone en duda ese mismo camino.
El espectador debe entender, no obstante, que los objetivos no son los mismos. El circo mediático del motor dista, y mucho, de los intereses de la calle. Los coches que nos trasladan al trabajo o al destino vacacional deben aspirar a una eficiencia y coste de la energía, lejos de esa narrativa competitiva que deben ofrecernos los motores de la Fórmula 1. Emoción, ruido y adelantamientos son fundamentales en el éxito de este espectáculo global.
Por lo tanto, bajo las ruedas de los circuitos, no sólo arde a altísimas temperaturas el asfalto. También generan sofocos las preguntas de los propios pilotos. Muchos echan de menos en el presente curso ese rugido permanente y esa sensación mecánica, capaz de generar una unión visceral entre cuerpo y máquina.
Las carreras nunca han estado diseñadas para replicar el mercado del automóvil. Los monoplazas son simplemente inspiración y claro que cabe resistirse a lo que se pilota en la calle. La Fórmula 1 tiene tanto de laboratorio como de teatro. Y parece que sus gestores han entrado en razón. Si por el espectáculo hay que retroceder pasos ya andados, pues se dan.
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