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Opinión | Tribuna

Día de la madre sin madre

Contemplas la vejez. La rabia de lo que hemos perdido por el camino. La pena de que habrá destinos que ya nunca compartiremos, porque estamos en la cuenta atrás

Una madre con un bebé en brazos.

Una madre con un bebé en brazos. / MSD/EP

Será que me hago mayor, pero cada día me incomodan más fechas como estas. ¿Qué pasa cuando llega el Día de la Madre, pero ya no hay madre? ¿Qué pasa con el Día del Padre, pero ya no hay padre? Por ahora, no tengo herramientas para afrontarlo. Sé que ocurre lo mismo en Navidad, cuando echamos de menos a quienes ya no están; pero lo aceptamos porque fuimos niñas y niños, y existe un relevo de ilusión entre generaciones inevitable.

Será que me hago mayor. Por eso, llevo unos años (este 2026 está siendo brutal) en los que se me acumulan las ausencias de madres y padres de amigas, compañeros, vecinas o conocidos. Asumes que ahora no te ha tocado pero, al segundo, aparece la certeza de que algún día será. Entonces, una se dice: «no seas egoísta. Hay niños y niñas que crecieron sin su padre o su madre». Ahí es donde no se entiende la crueldad de una fecha tan comercial. Ese bombardeo de escaparates, emails, promociones, anuncios o redes sociales llenas de fotos recordando lo que tantas personas intentan olvidar.

Será que me hago mayor y cambia la mirada. Siempre pensé que haberme enfrentado tantas veces a la idea de su muerte durante el cáncer o el infarto me preparaba para lo inevitable, pero ahora veo que no. Asumo que me hago pequeña porque la medicina aportaba una esperanza de la que carece la imposibilidad de detener el tiempo. Al final, solo hace más consciente de todo lo que se pierde. Sé que no puedo quejarme porque él y ella están; pero aparece una cierta ansiedad anticipatoria. Como si la cabeza quisiera ensayar el golpe antes de que llegue. Contemplas la vejez. La rabia de lo que hemos perdido por el camino. La pena de que habrá destinos que ya nunca compartiremos, porque estamos en la cuenta atrás. Al mismo tiempo, recuerdas a las amigas que ya no tienen a sus madres y que se cambiarían por ti. Y entiendes la inmensa suerte de estar con ellos casi la mitad de tu vida.

Nunca se deja de ser hija o hijo. Por eso, cuando llegan estas fechas, me pregunto qué pasará cuando haya un Día de la Madre sin madre o un Día del Padre sin padre. Observas a ellos, que ya lo han sufrido. Te convences de que todo el mundo lo supera porque la vida siempre se abre paso. Desde los primeros seres humanos que afrontaron la ausencia, hasta hoy, debe repetirse este ciclo que nunca se detiene. Sin embargo, hay algo que no encaja en ese discurso de que todo sigue. Porque hay quien confiesa que, desde entonces, no todo sigue igual. Que hay ausencias que cambian para siempre la forma de estar en el mundo.

Supongo que llegará ese día. Y el calendario lo marcará como si nada. Y el mundo seguirá celebrando. Y una tendrá que aprender, como tantas personas, a atravesarlo en silencio. A su manera. Me acordaré de quién inventó ese día.

Y de cuando Eduard Punset sostuvo que «no se sabe lo que se muere cuando uno se muere», porque los átomos que se desprenden de nuestro cuerpo cuando dejamos la vida serán prácticamente eternos. Y esa será, al menos, una frágil forma de consuelo.

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