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Opinión | Tribuna

Todas las maneras de no matar a Trump

El presidente estadounidense posa empuñando un rifle de asalto, para celebrar dos años de espectáculo ininterrumpido desde su primer atentado

Donald Trump.

Donald Trump. / Aaron Schwartz

Donald Trump también será el primer presidente global en ejercicio que posa empuñando un fusil de asalto AR-15, con su aire amenazador de costumbre. Es cierto que George Dukakis se subió a un blindado en la campaña contra George Bush padre, pero su aire de sabueso orejón arruinó las expectativas del candidato demócrata. El actual inquilino de la Casa Blanca celebra armado los dos años de espectáculo ininterrumpido, desde su primer atentado en 2024.

La imagen difundida por el propio Trump nuclea además una crítica implícita al Servicio Secreto. El tercero y hasta ahora último lobo solitario con ínfulas de magnicida remataba su manifiesto resaltando que «el nivel de incompetencia de la seguridad de este evento es una locura», en relación a la cena del hotel Hilton que Cole Allen quiso asaltar a la carrera. No se puede criticar el rifle excesivo del presidente sin reseñar que sus guardaespaldas tienen la mala costumbre de tirotearse entre ellos.

Nada sorprende ya en Trump, sino que mantenga los índices de audiencia sin descuidar ni un día de los setecientos transcurridos desde su atentado iniciático. Y conviene medir el impacto del artista antes de censurar sus trucos. Si no existiera el actual inquilino de la Casa Blanca, los socialistas de Euskadi jamás se hubieran atrevido a mofarse acuáticamente de Aitor Esteban. Ni Pedro Sánchez se hubiera puesto una camiseta de la selección nacional con el dorsal ‘22’, el récord de afiliados a la Seguridad Social.

Desde julio del 24, ni un día sin noticias de Trump, versión paródica del Sin noticias de Gurb escrito por Eduardo Mendoza como una novela de anticipación. Así que habrá nuevos atentados, pero serán oportunamente desarticulados. Escribir sobre el presidente estadounidense es relajado, porque ninguna afirmación suena desorbitada. Se habla aquí de un jefe de Estado que justifica el pánico que inspira a sus colegas «en que saben que estoy jodidamente loco». Intente satirizar a alguien así.

El segundo atentado contra un presidente estadounidense en el Hilton de Washington equivalió a un 23F de gala, porque las personas que se escondieron debajo del mobiliario al escuchar disparos vestían smoking y trajes de noche. Lo primero que piensa una persona cuando un tirador asalta un acto público es que pueden matarle. Lo primero que piensa Trump es que le están mirando, y que se sigue debiendo a su público, que el espectáculo debe continuar.

Salvo que el atentado de la desdichada Cena de Corresponsales fuera un montaje, y en esta hipótesis Cole Allen no hubiera sobrevivido, basta comparar las reacciones de la mesa presidencial al anunciarles que había tiros. La mueca de pavor de la líder periodística Weijia Jiang, el semblante desencajado de Melania Trump, y sobre todo el gesto de indiferencia de su marido. Manuel Vicent habló en artículo memorable de «morir fusilado bostezando», al Donald solo le faltó sacar una libreta para anotar una rayita adicional en la lista de «atentados recibidos». O pedir un fusil de asalto para enfrentarse cara a cara a los atacantes, como el Tony Montana interpretado por Al Pacino en Scarface.

A veces compensa ver una mala película, y todas deben serlo para analizar el trumpismo con un mínimo de solvencia. La odiosa casualidad programó Melania para la velada anterior al atentado, sin duda un visionado premonitorio. Amazon pagó más de cuarenta millones a la primera dama por el engendro, a cambio de la rehabilitación de Jeff Bezos. En bruto, solo sirve para cerrar la contabilidad de los stilettos que calza la primera dama. Tras el atentado de Allen Cole, el documental adquiere una relevancia singular.

Sorprende por ejemplo el protagonismo inusitado que adquieren los fornidos guardaespaldas en Melania. Los realizadores no se toman la mínima molestia para ensombrecer sus identidades, sino que exhiben a los protectores. Parece que van maquillados, y que solo se puso el freno en mostrarlos a pecho descubierto como el reparto de Gladiator. Esta exhibición de fuerza bruta, con el objeto de disuadir a quienes quieran importunar a la primera dama, choca con la fragilidad de Begoña Gómez a la hora de encarar a sus agresores. Y la protección se torna decisiva en la escena decisiva del documental , que adquiere carácter definitivo tras un tercer atentado que apuntala todas las maneras de no matar a Trump.

La pareja presidencial repasa el programa de su segunda Inauguración, el 20 de enero de 2025. El presidente acata disciplinado, y es Melania Trump quien alza la voz entre indignada y atemorizada:

-¿Vamos a bajar de los coches?

Su marido está dispuesto a encarar a la multitud, aunque sea a su distancia de seguridad como germófobo. En cambio, Melania reprocha al aparato policial que no están en condiciones de garantizar la seguridad familiar, aludiendo sin nombrarlo al primer atentado contra su esposo. De hecho, plantea un ultimátum:

-Barron no bajará del coche. Es su decisión y hay que respetarla.

Protege al hijo, la relación con su marido es contractual. Melania solo temió por su propia vida en el Hilton de Washington.

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