Opinión | Tribuna

Psicóloga experta en relaciones afectivas y directora de Nuevamente Psicólogas Málaga
El amor en los tiempos de Tinder
El miedo a perderse algo mejor y la abundancia de opciones dificultan la elección y el compromiso en las relaciones actuales

Las plataformas digitales han democratizado el acceso al encuentro. / JORDI OTIX
Hay algo paradójico en la forma en la que hoy nos relacionamos: nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conocer a otras personas y, sin embargo, cada vez parece más difícil construir vínculos que perduren. En la era de las aplicaciones de citas, donde un gesto tan sencillo como deslizar el dedo decide el destino de una interacción, el amor se ha vuelto, en muchos casos, una experiencia rápida, fragmentada y, a veces, superficial.
No se trata de demonizar la tecnología. Las plataformas digitales han democratizado el acceso al encuentro: han ampliado los círculos sociales, han permitido explorar la identidad afectiva y sexual con mayor libertad y han facilitado conexiones que, de otro modo, nunca habrían ocurrido. Para muchas personas, han supuesto incluso una vía de salida a la soledad o al aislamiento. En este sentido, sería injusto negar su valor.
Sin embargo, junto a estas ventajas, emerge un cambio silencioso en la forma en la que entendemos el vínculo. La lógica de las aplicaciones -basada en la inmediatez, la abundancia de opciones y la constante novedad- puede terminar infiltrándose en nuestras expectativas emocionales. Si todo está a un clic de distancia, ¿qué lugar ocupa la paciencia? Si siempre hay alguien más disponible, ¿qué sentido tiene sostener la incomodidad que implica conocer realmente a otra persona?
A esto se suma otro fenómeno menos visible, pero igualmente influyente: la transformación de nuestros espacios cotidianos. Llegar a la vida adulta ya implica, de por sí, una reducción natural de oportunidades para conocer gente nueva. Las rutinas se vuelven más estables, los círculos sociales más cerrados y el tiempo más limitado. Pero en los últimos años, el auge del teletrabajo ha intensificado aún más este proceso. Muchos vínculos que antes podían surgir de manera espontánea -en la oficina, en un café antes de entrar a trabajar, en conversaciones informales- han desaparecido o se han trasladado a entornos virtuales donde lo relacional queda en un segundo plano.
Así, mientras las aplicaciones nos ofrecen una aparente abundancia de opciones, la vida cotidiana reduce cada vez más los espacios de encuentro real. Y en medio de esa paradoja, el contacto humano se vuelve algo que hay que buscar activamente, casi programar, en lugar de algo que sucede de forma orgánica.
Cada vez es más frecuente escuchar relatos de encuentros que no llegan a consolidarse, de conversaciones que se diluyen sin explicación, de vínculos que no terminan de tomar forma. Aparece entonces un fenómeno que va más allá del ‘no querer compromiso’: una dificultad creciente para asumir la responsabilidad afectiva que implica relacionarse con otro. Porque comprometerse no es solo elegir a alguien, sino también sostener esa elección en el tiempo, atravesar la incertidumbre, tolerar la frustración y renunciar, en parte, a la ilusión de que siempre hay algo mejor esperando.
En este punto aparece otro elemento clave de nuestra época: el FOMO (fear of missing out), ese miedo constante a perdernos algo mejor. En el terreno afectivo, el FOMO se traduce en una inquietud silenciosa: ¿y si hay alguien más compatible?, ¿y si me estoy conformando?, ¿y si al comprometerme estoy renunciando a otras posibilidades que podrían hacerme más feliz? Esta lógica, alimentada por la sobreexposición a opciones y la sensación de infinitud que generan las aplicaciones, dificulta la capacidad de elegir con tranquilidad.
Porque elegir implica renunciar. Y en una cultura que nos empuja a quererlo todo, a no perdernos nada, la renuncia se vive casi como un fracaso. Sin embargo, sin esa renuncia no hay compromiso posible. Sin esa decisión de apostar por alguien concreto, el vínculo queda siempre en suspensión, condicionado por la fantasía de que lo mejor está todavía por llegar.
Comprender estas dinámicas resulta clave para poder relacionarnos de una forma más consciente. No se trata de rechazar las herramientas actuales, sino de desarrollar una mirada crítica sobre cómo influyen en nuestras decisiones y en nuestras expectativas emocionales.
En este contexto, muchas personas quedan atrapadas en una contradicción: participan de una dinámica que favorece lo inmediato, lo ligero, lo intercambiable, mientras en el fondo anhelan algo más profundo. Se adaptan a una forma de vincularse que no siempre coincide con sus necesidades reales. Y así, sin darse cuenta, pueden terminar alejándose de aquello que verdaderamente buscan.
Tal vez la pregunta no sea si las aplicaciones son buenas o malas, sino qué hacemos nosotros con ellas. Qué lugar les damos en nuestra forma de relacionarnos. Si las utilizamos como una herramienta o si terminan moldeando nuestras expectativas hasta el punto de condicionar nuestra manera de amar.
Recuperar el valor del vínculo no implica rechazar la modernidad, sino integrar la tecnología sin renunciar a la profundidad. Implica también revisar nuestros hábitos cotidianos y generar espacios donde lo relacional pueda volver a tener lugar: salir, compartir actividades, exponerse al encuentro más allá de la pantalla. Pero, sobre todo, implica revisar nuestra relación con la elección: aceptar que comprometerse no es perder oportunidades, sino construir una.
En tiempos de Tinder, quizás el acto más contracultural sea precisamente ese: apostar por la lentitud, por la coherencia emocional y por la valentía de elegir -y sostener- a alguien, incluso cuando el mundo sigue invitándonos a deslizar.
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