Opinión | El ruido y la furia
Las costumbres
La subida de los alquileres cierra comercios tradicionales como confiterías y heladerías, reemplazados por franquicias y negocios orientados al turista

Turistas en el centro de Málaga. / Álex Zea
Tengo por costumbre hacer costumbres. Será porque acomodan la vida, la estructuran, la hacen confortable. Me incomoda hasta límites enfermizos que me desencajen de mis hábitos porque me descuadran el natural fluir de mis días y tengo la sospecha de que, cuando los altero, las cosas no suelen irme bien del todo. Eso, seguramente, tiene diagnóstico y nombre y quizás tratamiento, pero prefiero dejarlo así, en la inconcreción elegante que los demás, sin paciencia y poco piadosamente, llaman «tus manías».
Por eso me molesta sobremanera esa gente que, venida de otros lugares, con otras culturas, otras lenguas y otros credos, alteren el cotidiano discurrir de mis costumbres. No me gusta que haya gente tan desconsiderada que, instalándose en mi casa, trastoque el tradicional transcurrir de la vida y trate, con desvergonzada grosería, de imponer sus costumbres.
Estoy harto de que mi ciudad ya no sea mi ciudad. La confitería donde, desde que tengo recuerdos todo sabía a memoria, allí donde empezaba la Navidad con la compra de dos docenas de roscos, los mejores roscos de vino del mundo, va a cerrar porque se ha disparado el precio del alquiler y ya no pueden pagarlo. Los viejos bares de toda la vida, donde sabían cómo me gusta el café y cuántos churros componen mi ración exacta, ya no existen. Ahora hay una franquicia internacional que ofrece una carta con ‘tostas’ con aguacate y salmón ahumado, otra con tomate, perlas de mozzarella y rúcula, y también unas prescindibles gachas de avena con fruta fresca.
Mi heladería preferida también ha cerrado, tampoco pudo con el subidón del alquiler. En una de las pocas que aún quedan ya no anuncian en el cartelón el precio de los ‘cucuruchos’. Han sustituido ese nombre por el más internacional ‘cono’, que acaso sea lo mismo, pero tengo la clarísima sensación de que no saben igual. Y así con todo.
Y cuando oigo hablar a esa gente de la extrema derecha de que los inmigrantes son un peligro porque, entre otras cosas, vienen a «destruir nuestras costumbres», miro a mi alrededor y no entiendo nada. Porque, por mi experiencia, ningún inmigrante, haya venido de donde haya venido, ha cambiado mi vida ni ha alterado mis costumbres aunque vivan las suyas, como es natural y razonable. Sin embargo, esa gente tan estimada (especialmente por los mercaderes del templo), esa horda informe que genéricamente llamamos turistas, sí que han alterado mi vida y mis costumbres invadiéndolo todo sin miramientos. Mi ciudad ya no es mi ciudad, transformada en un insufrible parque temático con una ‘carta internacional’ creada al gusto de los turistas, o a lo que creemos que es su gusto. Y ahora voy por calles que ya no reconozco y me cruzo con gente que ya no conozco. Está no es ya mi ciudad, aquella en la que me gustaba vivir apegado a mis, a nuestras costumbres esas que, como las golondrinas de Becquer, por desgracia no volverán.
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