Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El ruido y la furia

Voz de la tierra

04/09/2019 José Domínguez Muñoz,'El Cabrero'. En imagen de archivo. SOCIEDAD AYUNTAMIENTO DE BEDMAR

04/09/2019 José Domínguez Muñoz,'El Cabrero'. En imagen de archivo. SOCIEDAD AYUNTAMIENTO DE BEDMAR / AYUNTAMIENTO DE BEDMAR / Europa Press

Si la tierra tuviera voz, si alguna vez la tuvo y la necesitó para hacerse oír, para desencadenar el terremoto de la conciencia, de la libertad que busca aire, solo aire, caminos celestes para hacerse un hueco en el alma de la gente, esa gente que sale cada día de su casa para pisar la tierra y hacer de ella la subsistencia y la paz, y a ratos la alegría, esa fue la voz de José Domínguez Muñoz, ‘El Cabrero’, hombre cabal y libre, cantaor por derecho, voz de la tierra.

Se nos ha muerto El Cabrero y a ver quién dará voz ahora a la tierra, quién dejará verdades anudadas a los vientos, pasando de boca en boca, haciendo caminos a las conciencias. Se nos ha muerto El Cabrero, el cantaor que vestía de negro, pañuelo rojo al cuello, atento siempre al dolor de los suyos, a sus necesidades y sus penurias.

Corría el verano de 1990. En casa de Juan Cruz, en un barrio humilde de trabajadores de este sur que habito y que me habita, nos juntamos una noche el propio Juan y su mujer, mi hermano Germinal, Carmen y yo, el guitarrista Paco el del Gastor, Alberto Cortez y El Cabrero. En un determinado momento, Paco le tendió la guitarra a Alberto, aquel argentino grandón y bueno, también de riguroso negro, que respondió con media sonrisa: «la guitarra es una señora de la que me divorcié hace tiempo y, de vez en cuando, nos echamos una mirada», y empezó a trastearla y a cantar. Quizás fue la primera vez que escuche la ‘Canción de las simples cosas’, pero el enamoramiento fue inmediato, no he dejado de tararearla nunca, va conmigo donde voy, siempre pegada a mi memoria y a mis labios. Terminó Alberto y devolvió la guitarra, esa amante ocasional, a su dueño, y Paco templó por soleá. «La soleá es un palo que he ido perfeccionando ya con la edad y a fuerza de oír a otros», casi se justificó José antes de estremecernos a todos sacando la voz desde adentro, desde donde duele. Luego hablamos un rato. José hablaba despacio, meditando lo que decía, y haciéndote meditar con lo que decía.

Nos volvimos a ver unas cuantas veces más, en festivales a los que fui a encontrarle y escucharle, a estremecerme con su temple, con su conciencia y con su voz, esa voz que olía a campo. Siempre fue cercano dentro de su sequedad de hombre de la tierra, siempre me tendió la mano, esas manos duras y grandes, campesinas y cabreras. Nunca dejó de ser quien era, el hombre que cantó con voz de hierro las durezas que otros no se arriesgan a cantar.

Y ahora se ha ido. Le será leve la tierra, porque él era la tierra. Su voz, su quejío, su verdad vestida de negro, pañuelo rojo al cuello, valiente y libre.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents