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Opinión | Arte-fastos

Nuestro maravilloso (y excluyente) mundo

Artistas y académicos debaten en Málaga sobre la brecha entre el arte contemporáneo y el espectador, y la función de los catálogos como transmisores de conocimiento

Nuestro maravilloso (y excluyente) mundo.

Nuestro maravilloso (y excluyente) mundo. / l.o.

El pasado 4 de mayo asistí al seminario Catálogos especulativos. Curaduría, diseño y experimentación como ecosistema cultural, celebrado en el Contenedor Cultural de la UMA (Teatinos) y organizado por la Cátedra Telefónica-UMA y el Vicerrectorado de Cultura de la Universidad de Málaga. Con presencia de docentes de historia del arte, investigadores, responsables de edición, diseñadores gráficos y artistas (eché en falta algún galerista), se debatía la importancia del catálogo en el arte contemporáneo y su posible función, entre otras, como vehículo de transmisión de saberes, prueba irrefutable (o no) de un evento expositivo, o resultado final de una «mesa de negociación» (acertada expresión de Antoni Muntadas que un ponente tuvo a bien recordar) donde todo queda bien atado por las partes interesadas (artistas, comisarios, galeristas, patrocinadores, etc.).

Mientras las diversas intervenciones se mantenían en un tono académico, con repetidas alusiones al catálogo como artefacto «ensimismado» y autorreferencial, la profesora Modesta di Paola, con cierto reparo, hizo la pregunta que nadie quería formular pero que flotaba en el ambiente: «¿Para quién escribimos? ¿Quién lee nuestros escritos?». Y acto seguido planteó dos cuestiones fundamentales: la eficacia del catálogo como instrumento para la democratización de la cultura (efectividad que habría que poner en cuarentena), y una crítica velada sobre la legibilidad de los textos, en ocasiones trufados de neologismos y pedantería que impiden la comprensión del espectador, al que, sin embargo, continuamente se le invita a participar de las maravillas de la creación contemporánea. Quizá esta flagrante paradoja motivó, en un rapto de sinceridad, la respuesta de Marc Montijano, artista conceptual: «Nuestro mundo no es para todo el mundo».

Recordé esta frase mientras visitaba la exposición 3MIL Bigger than Paradise,de Karina Zothner, en el Centro Cultural Cortijo Miraflores de Marbella: una veintena de lienzos de mediano y gran tamaño, sin título, donde toda concreción figurativa queda eludida por una sinfonía de vacíos, manchas, chorreones y salpicaduras; sintaxis que elimina cualquier anclaje con la realidad empírica y anula todas las conexiones a una belleza que responda a un patrón clásico-apolíneo. A la vista de estas obras, en la soledad de la sala, comprendí que la afirmación de Marc Montijano contenía un poso de amargura o, peor aún, de resignación, y la certeza de que la relación público/arte contemporáneo seguiría varada en un mar de incomprensión cuando no de indiferencia. Y ello a pesar del noble (y ambicioso) propósito de otro Mark, con k, también artista y de apellido Rothko, que en 1943 proclamaba: «Nosotros, como artistas, tenemos que hacer que el espectador vea el mundo desde nuestro punto de vista, no desde el suyo». Ochenta años después, el puente sigue roto.

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