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Opinión | El ruido y la furia

Los ídolos

La imputación de Zapatero por supuestos delitos genera decepción y reflexiones sobre la fragilidad de los ídolos creados por la sociedad

José Luis Rodríguez Zapatero mira el reloj.

José Luis Rodríguez Zapatero mira el reloj. / José Luis Roca

Alguna vez, claro que sí, como todos, he puesto en alguien mis esperanzas. Alguna vez, por supuesto, como cualquiera, pensé que tal o cual era el paradigma de la honradez, la bondad, la ética, aquella persona en quien mirarme para tratar, algún día, de ser su reflejo. Pero tantas veces lo hice, tantas erré.

Una de las condiciones esenciales del ídolo es que no puede autogenerarse, siempre es creado por los otros, por quienes, en un determinado momento, por una serie de circunstancias, acciones o discursos, dan en otorgarle un valor supremo, elevado sobre la mediocridad de la mayoría, estos pobres mortales que acarreamos, como podemos, nuestras vidas y miserias. Olvidamos, con frecuencia, que todos somos humanos, y que, por lo tanto, como en aquella tan repetida frase de Publio Terencio Africano, nada humano nos es ajeno.

Otra de las condiciones habituales del ídolo es que siempre decepciona. Pero aquí deberíamos hacer un alto y reflexionar, porque si nosotros lo hemos creado (aunque él se dejase, gustoso, alzar a los altares) somos nosotros quienes, finalmente, debemos cargar con la responsabilidad de la decepción por, ya ha quedado dicho, no tener en cuenta que estamos entre humanos y etcétera.

Me vienen estas reflexiones a la mente estos días en que, tras el estupor primero, alguno ha dicho, refiriéndose a la imputación de Zapatero por una serie de supuestos delitos que no es preciso referir, ya se saben de sobra, «si esto es verdad, es una mierda», mostrando con claridad la decepción ante la posible fragilidad del ídolo y su imparable caída. Y tanto que lo es, pero el error empezó en quienes lo hicieron ídolo, en quienes le otorgaron algo que no tenía porque nadie lo tiene, porque, en lúcida frase de Juan José Millás, «bien investigados todos tenemos diez años de cárcel».

Somos muy dados a precipitarnos, también, en la iconoclastia. Hay algo quizás morboso, pero por lo visto sumamente placentero, que nos impulsa a subir a la gente a un pedestal acaso con la única intención de poder derribarlo luego con el mayor estrépito posible. No sé si es un rasgo universal o únicamente está en los genes de los españoles, tan caracterizados siempre por la marca de Caín, pero es algo a lo que nos entregamos con fruición.

Estoy sólidamente convencido de la presunción de inocencia como base esencial del derecho, e igualmente convencido de que debe ser aplicada por igual a Zapatero y al juez Calama. Con el tiempo, que todo lo desata, se resolverá el caso y acabaremos sabiendo qué hay de verdad y de falso en todo este embrollo. Entre tanto, quizás convendría que aprendiésemos alguna cosa, que nos percatásemos de que, desde nuestra imperfección humana y por más que no queramos verlo, todos tenemos los pies de barro.

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