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Opinión | Tribuna

Por los cantes de El Cabrero

Este hombre del campo, que cantó al fandango y a la tierra, se negó a venderse y luchó contra la injusticia, incluso desde la cárcel

El Cabrero.

El Cabrero. / l.o.

En su cante había un lamento, una letanía del sembrador ausente. Hasta las piedras sentían sus fatigas, su pena grande. Como todo mortal, se preguntaba quién era, y no acertaba a dar con la verdad. Vivía, vivió, sin prisa ninguna. Era un buen republicano, con las ideas muy claras. Ingenuo o romántico, pensó que la unión hacía la fuerza. No era gallo de corral, pero odiaba que le vinieran con cuentos. Se quejó de los sindicatos y de la patronal. En los hombres no encontró paciencia. Demasiados se las daban de inteligentes. A los perros embusteros los conocía en cuanto ladraban. No se callaba ni aunque le cortaran la lengua. En contra del viento y la marea, luchando iba por el mundo. Nunca, la más rotunda verdad, se vendió. Lo llamaban cabrero.

De niño no le gustaban ni los libros ni las sotanas ni salir en procesión. Nunca siguió al rebaño. Siempre fue una oveja negra (o de color). Los vecinos decían que llevaba mal camino: la ignorancia es sorda. En su mismo pueblo lo trataron como a una fiera, por no querer venderse. Los rencores y las envidias... Unos cuantos se habían empeñado en dejarlo mudo. Se sentía rebelde, rebelde, rebelde y rebelde. Tenía comprobado que este mundo va de guerra. Se quejaba y rabiaba. Nadie mejor vestía el negro sobre el escenario. Se le murió para siempre Miguel Hernández. Cursi o Alberti, le cantó a la paloma de la paz. Pensaba, o ingenuo o anarquista, que la razón no miente.

Del campo

Era del campo y no lo negaba: lo que le enseñaba nadie más lo podía enseñar. A la hora de la siembra, la hondura la da el arado. Lento en su caminar. El silencio, su horizonte. Gustaba de la soledad, el perfume de la sierra y el canto de la perdiz. Se levantaba con las claritas del día. La aurora lloraba en una serrana soberbia. El alba traía los cantares de los jilgueros en los pinares. Sabía la hora por el sol, mirando a las alturas. Si estaba nublado, por el viento, al que tenía envidia porque nadie lo podía parar. Era hombre de tierras duras, del Atlántico y de pinares, y como la tierra en verano, tenía la voz resquebrajá. También le cantó al agua y a los arroyos, que se secan en verano y regresan en otoño. Bebía en sus manos agua de los manantiales. La noche era un refugio de estrellas. La luna bailaba entre las encinas.

el cabrero

Era del campo y no lo negaba: lo que le enseñaba nadie más lo podía enseñar. / l.o.

El fandango

Como nadie, sembró y cultivó la frondosa, infinita rama del fandango, lastimero y bravío. Decía de corazón sus letras. Se reía de los embusteros. En la cárcel del dinero estaba presa la libertad. Era una humillación el hincarse de rodillas cuando se llevaba la razón. ¡Cuántos nos han prometido la luna hasta que llegan al poder! No entraba en su cabeza que tuviera que alabar la riqueza. Tenía una jaca castaña que había que verla correr. Pensaba en sus cosas caminito de Aracena. Que le preguntaran de la vida y de la muerte... Avisó de que la Tierra se iba a convertir en un basurero de escombros. Un guardia jurado le quiso quitar la vida. Lo metieron en la cárcel, sin matar ni haber robado. Era un metal de primera.

Era tiempo de duda permanente, vía Cortez: amor mío, sueño mío, canto mío, verbo mío... Él puso el esfuerzo, el hondo silencio, la senda y el camino; ella, la desgana, la palabra, la distancia. Borgiano, la lluvia siempre sucedía en el pasado, cegaba los cristales. La mojada tarde traía la voz deseada del padre, que nunca murió. Había un curioso color del colorado. Bonaerense cantó el tango dulzón, malevo, nacido en el suburbio y que llevaba clavado en el criollo corazón. Porque no engrasaba atahualpo los ejes de su carreta, lo llamaban abandonao. Hopa, hopa. Si se calla el cantaor, calla la vida...

Tierras secas

Cantó a la Andalucía honda y noble, a su campiña, a las tierras secas. ¡Que le dieran alas, para que volara! La quería como a un hijo, aunque su patria era el mundo entero. Pedían tierra, sólo para trabajar. Un padre y un hijo se ganaban la vida por campiñas y olivares, trabajando noche y día: donde los mataron crece más verde la hierba. Diez surcos dejaron sus manos en el suelo. ¡Ay!

Ella del campo era la flor, la espiga del trigo, la salada agua del mar. Su pastora le salía al encuentro por el matorral. Sentía sus amarras como lazos, como garras que lo ahogaban en la playa. De la sierra le traía jara y romero, ¡no le podía traer la sierra entera! No le echó el postigo a su ventana, ni al constante murmullo de la gente. ¡¡Calaña, que siempre viva Calaña!! (y sus mujeres también).

Seguidores

Cabreristas con orgullo nos llaman, a la legión o hato de sus seguidores. Comprábamos sus cintas con las migajas de la paga semanal y canturreábamos sus letras casi con vergüenza, atropellados de tanta verdad, revolucionarios de mesa camilla. Tres veces memorables lo vimos, tres. Una logramos hasta colarnos en el camerino, para sentarnos a su vera y contemplarlo con temple, absortos, recogidos, ceremoniales. Un cartel mítico de una actuación suya en la Sala San Juan Evangelista cuelga en nuestra habitación con vistas, desde donde se otean o adivinan los rebaños rumorosos que bajan por el río Vélez. Nos costó un riñón, pero entonces hacíamos sacrificios en aras, por las alas de la cultura.

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