Opinión | El ruido y la furia
Limpiar la casa
La corrupción endémica y la injerencia judicial amenazan la estabilidad democrática del país, obligando a una limpieza pública de las instituciones

El romero purifica. / l.o.
En mi ya remota infancia, en aquellos machadianos días azules y de sol, los sábados se hacía limpieza general. No solo en mi casa, en todas las casas. Eran otros tiempos y otras costumbres, las viejas costumbres. Vivíamos de otra manera. El vecindario era como un pueblo en miniatura, como una tribu grande en la que casi todo lo compartíamos, acaso de una manera no prevista, no estudiada, no decidida. Eran así las cosas todavía, la vida era más comunitaria, menos individualista y creo que más humana. Nos conocíamos.
Pero a lo que iba. Los sábados, desde muy temprano, se abrían las ventanas y los balcones y, a la vista de todos, se limpiaba a fondo la casa, se lavaban y se tendían las sábanas, los manteles, el ajuar… Un auténtico zafarrancho que yo vivía con sorpresa y no entendía muy bien, hasta que años más tarde mi hermano del alma Antonio Manuel me desveló el secreto. Era una forma de demostrar públicamente que no se era judío, que se trabajaba, y mucho, en Shabat, el día sagrado del descanso para el pueblo hebreo. Así se hizo en origen, cuatro siglos atrás, y luego lo continuamos haciendo aunque en algún momento se nos olvidó por qué lo hacíamos.
En estos días, por las cosas que suceden, por los acontecimientos que llenan los informativos, las páginas de los periódicos, he recordado no sé por qué asociación de ideas aquellas limpiezas sabatinas de mi infancia y me he dado cuenta de que acaso tenían un propósito razonable. A veces conviene limpiar la casa y que se vea y que se sepa. Acaso no esté todo tan sucio como parece, pero es innegable que hace falta barrer esa sensación, despejar el hedor que lo impregna todo, que todo lo envuelve, esa impresión, sí, de que está todo muy sucio, todo percudido (percodío en la voz de mi gente, en la voz del sur que habito y que me habita).
No es bueno, no beneficia a nadie, mantener esto por más tiempo. Nos estamos jugando las reglas del juego. Si aceptamos, por una parte, que la corrupción es endémica, total e incurable, la democracia queda herida de muerte porque uno de los tres poderes del Estado, el Ejecutivo, está podrido. Si aceptamos, por otra parte, que otro de los tres poderes, el Judicial, está maniobrando fuera de su marco competencial para destruir al Ejecutivo, hemos de admitir que eso también nos hiere de muerte. Cualquiera de esas dos opciones tendrá, como resultado inevitable, la caída del sistema. Tres columnas pueden sostener un edificio a condición de que las tres sean firmes, lo que obliga a ser muy cuidadosos con cada una de ellas y mantenerlas limpias, públicamente limpias.
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