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Opinión

Enrique Bravo

Arquitecto y profesor

Un jardín (en el mar) para Fernando Prini

Vista de dónde están los jardines que se van a dedicar a Fernando Prini.

Vista de dónde están los jardines que se van a dedicar a Fernando Prini. / L. O.

Ha sido una amistad demasiado corta. Pero también, a lo largo de una década, ha dado tiempo para muchas cosas, para tener innumerables conversaciones, para realizar algún que otro viaje, para salidas, risas y tertulias y, cómo no, para más de una procesión. Pero, sobre todo, para departir mucho sobre arte, arquitectura y diseño, y para compartir mil y una imágenes: desde trazas de retablos y de cacharros de platería, pasando por estampas románticas y diseños textiles de William Morris —que tanto le gustaban—, y hasta para algún que otro estreno cofrade: estos escogidos y siempre diseccionados por su exquisito gusto.

En los últimos meses intercambiamos muchas palabras sobre lo que ambos teníamos entre manos. Él, por su parte, estaba dibujando algunos encargos nuevos —mantendré un estricto secreto sobre esos diseños— y yo, por la mía, recién metido en el encargo de preparar una exposición sobre el arquitecto Fernando Guerrero Strachan, promovida por el Colegio de Arquitectos de Málaga. Fueron muchas las charlas sobre este último tema, en las que aprovechamos para diseccionar algunos de los proyectos más sugestivos: viendo planos, comentando sus recursos ornamentales y lo prolijo de referencias que empleaba el arquitecto en buena parte de sus edificios, que acabarían por convertirse en algunos de los más representativos de la ciudad del primer tercio del siglo XX.

Fernando se fue la primavera pasada. Por ese tiempo gélido los comisarios de la muestra sobre Strachan teníamos la abacería manga por hombro, todo lleno de tiestos y sin ni siquiera un sólido hilo argumental que defendiera la exposición. Pasaron unos intensos meses. En los primeros días de noviembre se abrieron las puertas de la sala Chicano del Museo de Málaga para que entrase la procesión de insignias: buenos cuadros y valiosos planos, grabados y postales de la ciudad, fotografías familiares, memorias de proyecto y dibujos y más dibujos. Cuánto eché de menos a Fernando en esos días para contarle todos esos hallazgos.

Con la exposición Más que un grano de arena. Málaga y el arquitecto Guerrero Strachan (18801930) ya en la calle, se presentó un desfile de piezas que trazaban concienzudamente una semblanza ajustada a la trayectoria del arquitecto, esbozando su vida y presentando sus obras, así como las notables responsabilidades públicas que ostentó. No obstante, el mayor aprendizaje sobre Guerrero Strachan llegó cuando comprendimos que su preocupación residía en una constante “búsqueda de la armonía”. Su empleo de los estilos, ligados a un profundo conocimiento de la historia de la arquitectura, se revelaba como un ejercicio de efectivo eclecticismo, en el que asumió “la pluralidad de las visiones parciales del repertorio histórico y las relacionó entre sí por medio de la razón”. Sin preferir un estilo sobre otro, su genuina aportación residía en dar con el “tono” exacto para cada proyecto. Y es por esa razón por la que proyectó edificios tan rotundos como elegantes.

Lo mismo planteaba un palacio neorrenacentista —con buenos aderezos barrocos— para un 1 ayuntamiento, o una ciudad palatina neomudéjar para albergar un seminario, o una iglesia con su convento de aires románicos y goticistas, que diseñaba edificios burgueses evocadores de los más novedosos bulevares parisinos. En todas y cada una de sus múltiples realizaciones se consigna un compromiso para dar la mejor respuesta, atendiendo tanto a la ubicación como al cliente. Guerrero Strachan proyectó un amplísimo catálogo de obras que resultan tan diferentes entre sí como, al mismo tiempo, se observa en ellas un aura reconocible que acaba por configurar un sello inconfundible.

La abrupta muerte de Fernando me dejó tocado. Yo perdía a un amigo; la Málaga cofrade perdía a una de sus figuras capitales —una brújula siempre atenta y marcando el “tono” apropiado—. Ha tenido que pasar un tiempo para coger algo de perspectiva y poder sentarme a escribir estas líneas. Quizá, en este doloroso viaje se han cruzado en paralelo dos Fernandos por una puerta del tiempo. Quizá, aquí está la clave que estaba buscando para definir al personaje: “la armonía de un ecléctico”. La obra de Prini es tan amplia, diversa y sugestiva que no seré yo quien ponga sobre la mesa palabras sobre la calidad de su dibujo o sobre el valor de sus diseños, pero sí que apuntaré que en su obra reside una cualidad tan extraña como valiosa: reconocer un sello propio sobre la paradoja de renunciar al compromiso con el estilo.

Fernando practicó el diseño como un ejercicio heterodoxo, lleno de múltiples referencias — algunas visibles, otras invisibles— y siempre dispuesto a recolectar ideas, que se colaban en su cabeza en uno y mil viajes, nutriendo un fortísimo imaginario visual. Ya me dirán qué diferentes resultan sus idearios estéticos para la Pasión y para los Dolores de San Juan. O cómo fue capaz de revisitar el mejor plateresco español en el trono de la Redención, la sofisticada raigambre manierista en el Resucitado o un expresivo y orgánico barroco italiano en el recentísimo trono del Amor —¡qué contento estaría Fernando con esta trilogía fundamentada en la revisión estética de la Edad Moderna!—. A Fernando Guerrero Strachan, quizá, ya lo conocemos mejor y lo tenemos en justo valor.

Con Fernando Prini Betés faltarán algunas primaveras más, pero estoy más que convencido de que las generaciones siguientes comprenderán su capital papel para la definición de la Semana Santa del cambio de siglo.

El profesor Carlos Martí Arís escribió un precioso ensayo que ahondaba en el concepto del zeitgeist (un término alemán traducido como “espíritu de la época”). Esta dimensión de corte hegeliano ponía de manifiesto que durante el siglo XIX “la obra artística no puede ser otra cosa que la expresión o el reflejo de la estructura general de la época histórica en que está inserta”, por lo que tomaban relevancia aquellos artistas que buscaban cómo responder específicamente a su tiempo, quedando relegados aquellos que discurrían por otros senderos.

En su disertación, y a modo de ejemplificación de su tesis, presenta a una notable pareja de rivales decimonónicos: Richard Wagner y Johannes Brahms. El primero, un fiel ejecutor del espíritu de la época; el segundo, un tipo con fama de antiguo, alguien que —aparentemente— seguía modas pasadas y no consentía subirse al carro triunfal de su tiempo. Las críticas de los contemporáneos de Brahms fueron furibundas debido a su acusada mirada al pasado. Tuvieron que pasar algunas décadas para que, como afirma Martí: “se comprendiera plenamente el significado de la mirada retrospectiva de Brahms”, y se entendiera, por tanto, que su trabajo servía de puente entre generaciones. Al cierre de su tesis Martí se pregunta si eso del “espíritu 2 de la época” no resulta un mantra tan coercitivo como excluyente, ya que deja atrás tantas otras vías artísticas que son imprescindibles para explicar en profundidad cada época. ¿No será la relación entre estos dos personajes, Wagner y Brahms, donde se consigue explicar la música de su tiempo?

Esta reflexión seguirá cayendo en saco roto cada vez que se viva un nuevo presente. Así, en el marco del diseño suntuario nos dejamos fácilmente llevar por los modismos y los relatos innovadores catapultados por el martilleante “espíritu de la época”. Quizá traer a Brahms a la palestra nos ayude a entender cuál es la contribución mayúscula de Fernando Prini: una obra equilibrada y atemporal que atesora un magma de referencias generosas. Una obra que resulta altamente coherente en su conjunto y que, a su vez, está despojada de un “estilo propio”. Fernando Prini lega un crisol de diseños capaces de revisitar la historia del arte allí donde resulte preciso, para recoger los frutos apropiados que maduran en nuestras hermandades. — iv — Cuando leí la noticia, la recibí con gran júbilo.

El Ayuntamiento de Málaga aprobaba el nombramiento de un espacio urbano en reconocimiento a la contribución al arte local del diseñador Fernando Prini Betés. Cuestión promovida por sus hermandades de cabecera: la Archicofradía de los Dolores de San Juan, la Archicofradía de Pasión y la Hermandad del Rocío de Málaga, petición que fue refrendada por la Agrupación de Cofradías de Málaga, colectivos, cofrades, malagueñas y malagueños. El espacio escogido es un recolecto jardín ubicado en primera línea del paseo marítimo de Guadalmar, justo debajo de las ventanas de su casa, lugar en el que dibujó buena parte de la historia de la Semana Santa.

En este día, la Málaga cofrade debe de estar de feliz enhorabuena —la ciudad debe estarlo aún más— al homenajear a una figura que contribuye de forma expresa a la valoración de su época, y quien modeló, paso a paso y casi sin ser consciente, buena parte de los elementos que habitan los escenarios cofrades, aquellos que son y serán por muchos años parte indisoluble del imaginario colectivo de la celebración pasionista.

Fernando, ya ha pasado un año desde que no estás y la ciudad quiere ofrendarte con un jardín. Un jardín para Fernando Prini. Un jardín para mi amigo Fernando. No encuentro nada más idóneo para honrar tu persona que un jardín. El jardín es el último “lugar de los dioses” como afirmaba el jardinero islandés Jorn de Précy. En él es donde habitan las musas y donde se halla el último bastión del culto a la naturaleza. El jardín de Fernando será un jardín donde resuenen las albercas y pilones del Retiro, donde se inserte el templo dórico de la Concepción, donde se aparezca la fuente octogonal rebosante de boquerones de colores del jardín privado del Palacio Episcopal y donde los recuerdos de los arabescos alhambrinos se entremezclen con las coloridas jacarandas y los soberbios palos borrachos que dan sombra fresca en los parques de Málaga.

Fernando se ha convertido por derecho en jardinero de la ciudad y tiene a su cargo un cachito de paraíso frente al Mediterráneo. Aquel lugar por el que paseó sus últimos días —por el que paseábamos algunos de esos días— con el fiel y dicharachero Pancho, junto al mar, junto a ese “que no se puede morir”, como recitaba Alcántara. Fernando fue un buen jardinero. Aquel que cuidaba de sus plantas: sus hermanos, sus sobrinos y sus amigos. Aquel que cuidaba a su gente y que se preocupaba por su bienestar. Aquel que me consoló y que también me sacó a mí a pasear más de una vez. 3 Si en algo se parece Fernando a un jardín es en que en los vergeles los frutos maduran con los años y su hacedor —el jardinero— no suele verlos crecidos en vida. Hoy, no puedo estar más feliz escribiendo estas líneas al filo del mar, recordando intensamente aquello que decía el jardinero inglés: “no quiero ser otra cosa en la vida que jardinero, todo lo demás me sobra”.

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