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Opinión | La pértiga

La dictadura de la "modernidad cosmética" contra el alma de Andalucía

La crítica a las celebraciones religiosas en redes sociales se disfraza de progresía, pero esconde un prejuicio autoritario hacia lo andaluz y lo sagrado

La peregrinación del Rocío moviliza a cientos de miles de personas para ir a rezarle a la Virgen.

La peregrinación del Rocío moviliza a cientos de miles de personas para ir a rezarle a la Virgen. / L. O.

Hace una semana desde que la Virgen del Rocío cruzara a hombros de su pueblo el umbral de su santuario y creo que se ha creado el poso suficiente para poder reflexionar todo lo que la romería y su procesión dio de sí en redes sociales. Con el regreso de las hermandades, los campos han vuelto al silencio y las emociones han dado paso a la calma de la memoria. Sin embargo, en el tablero digital, la música que se repite en cada evento religioso de masas y no ha dejado de sintonizar la vieja sinfonía de la intolerancia. Es el peaje habitual de cada acontecimiento: una corriente que, envuelta en una bandera de supuesta "progresía, laicismo y modernidad", esconde un profundo complejo de inferioridad y un preocupante tic autoritario hacia lo andaluz y lo sagrado.

Hemos asistido estos días a debates donde se equipara, sin el menor pudor intelectual, la explosión comunitaria, mariana y festiva de nuestra tierra con el fundamentalismo teocrático de países en conflicto. Se llega a escupir el desprecio hacia nuestras devociones más arraigadas tildándolas de "matarse por una muñeca de escayola". Pero el verdadero peligro no es el insulto chabacano ni la zafiedad; lo verdaderamente preocupante es la propuesta política de ciertos sectores, curiosamente cada vez más en decadencia, que subyace detrás de estas opiniones: "No lo vamos a suspender todo, solo los actos religiosos públicos".

Bajo la falsa premisa de que el Rocío o cualquier otra celebración religiosa "colapsa las ciudades" o "monopoliza los telediarios", esta modernidad cosmética pretende encerrar la fe en las iglesias, despojando al pueblo de un derecho fundamental. Conviene recordar a estos adalides de la prohibición que el artículo 16 de la Constitución Española no solo garantiza la libertad religiosa, sino que ampara explícitamente su manifestación pública. La calle no es propiedad de ninguna ideología; es el espacio común donde los creyentes tienen exactamente el mismo derecho a ejercer su libertad constitucional que cualquier otro colectivo en una manifestación civil, deportiva o folclórica.

El espacio público es, por definición, el lugar del encuentro, de la pluralidad y de la expresión colectiva. Nadie exige suspender una carrera urbana porque corte el tráfico de cualquier gran ciudad durante una mañana entera, ni se prohíben los carnavales o las grandes concentraciones deportivas porque impidan andar con fluidez a quien prefiere no participar. El ciudadano maduro y democrático entiende que vivir en sociedad implica tolerancia y asunción de la diversidad. Sin embargo, cuando el evento es de raíz religiosa, la tolerancia se evapora por completo. Se activa entonces una curiosa fobia que solo busca la asimilación cultural: pretenden una Andalucía homogénea, gris, descafeinada y sumisa.

Frente a este espectador moderno —higiénico, individualista y alérgico al contacto de la masa— que lee como "barbarie" lo que no entiende, o no quiere entender, la antropología y la historia nos dictan una lección bien distinta. Lo que desde fuera se juzga con desdén como caos o descontrol en, por ejemplo, el “salto de la reja”, pretende hacer invisible lo que es en realidad: un mecanismo altísimamente estructurado para producir solidaridad social a través del cuerpo y la emoción. No es una corrupción del rito: es su gramática. Es la reducción de lo universal a lo puramente local; el misterio cósmico, barro hecho de arena, sudor y marisma.

Es curioso observar cómo estos mismos apóstoles de la amnesia cultural suelen aplaudir con entusiasmo la defensa de las identidades locales cuando ocurre en otras latitudes de la península. Admiran el peso histórico de otras regiones, pero para Andalucía solo reservan el cliché y el menosprecio a su idiosincrasia. Reciclan, sin saberlo, un viejo prejuicio: el de la supuesta metrópoli "culta" mirando por encima del hombro a la Andalucía profunda como si fuera un folclore vergonzante. Un clasismo territorial y estético que nada tiene de progresista.

A quienes pretenden que pidamos perdón por caminar hacia donde libremente queremos, a quienes sueñan con una Andalucía laica por decreto y de espaldas a su propia historia, conviene recordarles que las tradiciones de este pueblo no nacieron ayer en un despacho, sino en los albores de la historia. Quien se mofa de la romería ignora que el impulso de sacralizar ese umbral exacto entre la arena y la marisma viene de lo tartésico y de la prehistoria; es un hilo invisible que nos une con los rituales más antiguos de la humanidad.

Las imágenes, los caminos y la fe pública jamás han sido el problema de Andalucía. El problema real son aquellos que, habitando en ella o mirándola desde la barrera de sus prejuicios, son profundamente incapaces de entenderla.

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