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Opinión | Málaga de un vistazo

El regreso de un peregrino singular

El terral, esa brisa de tierra que llega con el inicio de junio, se convierte en un símbolo de cambio y nostalgia en la ciudad

El terral se ha dejado ver este año.

El terral se ha dejado ver este año. / Álex Zea

Es nuestra cita anual. El viento del norte y noroeste nos envuelve ardorosamente como si se tratara del primer amor de verano de aquel alejado estío cuando éramos jóvenes, joviales y apasionados que hoy recordamos desde esas primerizas carantoñas alojadas en nuestra memoria sigilosa y desmelenada. El viento simboliza el cambio, la libertad; encarna la nostalgia y el carácter, asociándose con la dificultad de gobernar nuestro destino. Desde la poética provenzal, el aire toma cuerpo como emisario para trasladar deseos y recuerdos hacia nuestros afines más queridos. El viento se transforma en un empuje perceptible que supedita el horizonte, la existencia cotidiana y la idiosincrasia de los habitantes. El terral, esa brisa de tierra la cual se auto invita en estas incipientes jornadas de junio, nos invoca su incondicional presencia en la esencia de esta ciudad y se adueña de todo y de todos. Este viajero que siempre regresa, nos visita con el designio de hacernos meditar sobre quiénes somos y hacia dónde nos encaminamos en este rincón de sol saciado de resplandores e inacabables sombras. Este peregrino singular nos anuncia su cita: días donde la penumbra queda convertida en estancias cerradas; en evocaciones de un pretérito atemporal de este incontrovertible invitado que ya forma parte del espíritu local de esta capital.

Junio y el terral son dos vetustos conocidos quienes como en todo vínculo inmemorial confluyen y lo festejan en esta urbe en continua metamorfosis disonante; donde volvemos la mirada hacia la memoria y sentimos el crepúsculo mecido por el terral de manera inherente al alma de un lugar que este viento la hace peculiar en el sur del sur.

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