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Opinión | La pértiga

Más allá del trámite: la abstracción del Cuerpo de Cristo frente al hiperbarroquismo

La falta de identificación con el Corpus Christi radica en una carencia formativa y la pérdida del jueves festivo, provocando su declive

Procesión del Corpus Christi en Málaga 2025

Procesión del Corpus Christi en Málaga 2025 / GREGORIO MARRERO

Vivimos en una cultura cofrade que necesita de la vista y del tacto; un universo hiperbarroquizado donde la fe se explica a través del roce, aunque sea solo con los labios, de la madera policromada, de la mirada con fe a la imagen milagrosa, de la mecida cadenciosa de un trono que nos haga saltar las lágrimas. Sin embargo, una vez al año, el calendario litúrgico nos ofrece una gran solemnidad que nos despoja de todo lo accesorio y nos coloca ante la verdad absoluta de nuestra religión: un pedacito de pan sin levadura, casi una galleta, que, por la Transustanciación, es el Cuerpo Verdadero de Cristo. Es ahí, en la pureza de esa abstracción mística, donde paradójicamente la devoción parece perder solidez para muchos y el “sí, creo” se desinfla. Al retirar la opulencia de la Semana Santa de nuestra mente, el Corpus Christi se lleva enfrentando años al peligro de la falta de identificación. Para el Día del Señor se rodea la Custodia de altares callejeros y alguna que otra procesión secundaria, pero, ¿estamos convirtiendo la solemnidad en un mero trámite organizativo de otras celebraciones? ¿Olvidamos que todo montaje efímero carece de sentido si no nace de la auténtica necesidad de adorar la presencia real de la Eucaristía que pasa ante nosotros?

Nos hemos convertido, en gran medida, en cofrades de lo tangible. Estamos educados visualmente para la Semana Santa, para los tronos de madera o plata, la profusión de cera, la exuberancia floral a lo que se suma el acompañamiento musical buscando cada vez más la exquisitez. Necesitamos la cercanía física: el Rosario de la Aurora, que parece hoy inconcebible sin la presencia corpórea de la imagen de la Virgen en la calle, y los triduos y besamanos corren el riesgo de transformarse en escaparates de rivalidad estética entre albacerías, floristas y vestidores. Total, que siendo honestos, el cofrade acude con más naturalidad allí donde reconoce el lenguaje del trono, del andar y de la estética pasionista (o de gloria), evidenciando que, para acercarnos a la Custodia, seguimos necesitando el ropaje de lo accesorio.

Ante el despliegue de espectáculo sagrado, el Corpus Christi se presenta como desnudo ante unos ojos ya acostumbrados a lo anterior. Pero, ¿y el espíritu, nuestra conciencia y consciencia religiosa, dónde están? La Eucaristía, oculta en la custodia bajo el templete, exige una mirada interior, hacia nuestros adentros, para la que ya no estamos entrenados.

Esta falta de identificación hunde sus raíces en una profunda carencia formativa. Es nuestra obligación como cristianos (y cofrades) instruirnos, pero también es una tarea ineludible de los sacerdotes educar en la centralidad absoluta de la Eucaristía. Solo así se puede redescubrir la trascendencia de la figura real de Cristo, impulsando al fiel a buscar la intimidad del sagrario, a postrarse al menos diez minutos a la semana ante el Señor Sacramentado. Falta comprender que, tras comulgar en cada misa, nos convertimos en custodias vivas que portan su presencia más allá de los muros del templo. Sin embargo, en la era de la inmediatez de las redes sociales y del turismo de masas que hoy abarrota el centro de Málaga, la abstracción y el silencio no cotizan al alza. A esto se suma el cambio sociológico: la pérdida del histórico jueves festivo, que relegó la celebración al domingo, y, sobre todo, el abandono (o expulsión) de los malagueños que habitaban el centro, ha facilitado que la gente prefiera marchar hacia las playas antes que acompañar al Santísimo. La solemnidad queda así herida, desprovista del calor de un pueblo que prefiere el descanso estival (o una procesión extraordinaria con trono grande) a la adoración de la Eucaristía en la calle.

Frente a esto, el Corpus de Málaga tiene ante sí la oportunidad de profundizar en su verdadera esencia a través de una cuidada pedagogía teológica y urbana. En el gran cortejo catedralicio, la presencia de nuevo este año de la Virgen de los Reyes junto a la Custodia es un acierto que sitúa la devoción mariana en un acto de reverencia mariana e intercesión ante el Rey de Reyes. En esta misma línea pedagógica, debemos calibrar si sería oportuna la participación del misterio completo de la Sagrada Cena. Su imponente catequesis plástica serviría como el preámbulo catequético perfecto. El espectador comprendería, a través de la imagen, la institución del sacramento en el cenáculo, preparándose para la llegada de lo principal: la custodia. Del mismo modo, la incorporación de otras devociones históricas, y hoy casi olvidadas, como el Santo Cristo de la Salud o los Santos Mártires Ciriaco y Paula, vendría a redondear este mensaje.

Así mismo, en una Málaga gentrificada y turística y en un contexto de desconocimiento generalizado, se debería organizar, en la víspera, la celebración de un Auto Sacramental en la plaza del Obispo. Sería una propuesta idónea para detener el centro neurálgico de la ciudad y centrar las miradas en la Verdad desnudada.

Complementariamente a todo esto se hace urgente potenciar los "Corpus chiquitos" en los barrios. En esas barriadas hacia las que el pueblo llano se tuvo que marchar, cada parroquia debería revivir su propia festividad. El Señor no necesita recorridos inmensos ni grandes opulencias para dejarse querer; una procesión de apenas una hora por las calles principales del barrio basta para que todo el vecindario comprenda, de manera directa y sin artificios, que lo verdaderamente trascendental también merece su procesión para llegar a todos. Solo cuando la formación y la autenticidad devocional vuelvan a guiar nuestros pasos, el Corpus dejará de ser un trámite para volver a ser el corazón palpitante de nuestra fe.

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