Opinión | Tribuna
¿Quién fue san Manuel González, el obispo malagueño que ha citado el Papa León XIV en Madrid?
Conocido como “el obispo de los sagrarios abandonados”, estuvo al frente de la diócesis malagueña y dedicó su vida a recordar que Cristo no debe quedarse solo en la Eucaristía

Fotografía del antiguo obispo de Málaga, san Manuel González. / L. O.
El Papa León XIV ha recordado en su homilía a san Manuel González García, una figura clave de la espiritualidad eucarística española y antiguo obispo de Málaga. Aunque su nombre sigue siendo desconocido para muchos malagueños, su vida dejó una profunda huella en la diócesis: impulsó el Seminario, promovió la adoración eucarística y enseñó que la fe no se vive solo en las grandes celebraciones, sino también en la fidelidad silenciosa ante el Sagrario.
En su homilía del pasado domingo, durante la celebración del Corpus Christi en Madrid, el Papa León XIV quiso recordar a san Manuel González, conocido como “el obispo de los sagrarios abandonados”. Lo hizo con unas palabras que resumen toda una vida: “Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día”.
Quizá muchos malagueños hayan escuchado su nombre por primera vez. Y, sin embargo, san Manuel González fue obispo de Málaga y una de las grandes figuras espirituales de la Iglesia española del siglo XX. Nació en Sevilla en 1877, pero una parte esencial de su vida y de su misión quedó unida para siempre a Málaga.
Su historia comienza con una herida profundamente eucarística. Siendo todavía joven sacerdote, fue enviado a predicar a Palomares del Río. Allí encontró una iglesia pobre, descuidada y casi vacía. Ante aquel sagrario abandonado, Manuel González comprendió algo que marcaría toda su vida: Cristo estaba allí, presente, paciente, silencioso, esperando el amor de los hombres.
Desde entonces, su misión fue clara: reparar el abandono de Jesús en la Eucaristía. No desde el ruido ni desde la apariencia, sino desde la fidelidad diaria, la adoración, la catequesis, la caridad y el cuidado de las almas. De esa intuición nacería la Obra para los Sagrarios-Calvarios y, más tarde, la gran familia eucarística formada por las Marías de los Sagrarios, los Discípulos de San Juan, las Misioneras Eucarísticas de Nazaret— religiosas— y grupos juveniles e infantiles.
En 1916 fue nombrado obispo auxiliar de Málaga y, en 1920, obispo residencial de la diócesis. Su llegada a Málaga no fue la de un obispo distante, sino la de un hombre profundamente preocupado por el pueblo y por el Sagrario. Él mismo llegó a expresar que quería ser obispo de dos grandes desconsolados: el Sagrario y el pueblo. El Sagrario, porque se había quedado sin pueblo; y el pueblo, porque se había quedado sin Sagrario conocido, amado y frecuentado.
En Málaga impulsó la vida cristiana, la catequesis, la educación y la formación sacerdotal. Una de sus grandes obras fue el Seminario Diocesano, concebido no solo como un edificio para formar sacerdotes, sino como una verdadera catequesis de formación sacerdotal, marcada por la espiritualidad eucarística. Cada rincón debía recordar al futuro sacerdote que su vida y su misión nacen del Sagrario y vuelven siempre a él.
Además, durante su etapa malagueña, san Manuel González apoyó e impulsó una intensa labor evangelizadora en los pueblos y zonas rurales de la diócesis. Junto al beato padre Tiburcio Arnáiz, promovió las misiones rurales, una forma sencilla y profunda de llevar la fe, la catequesis y la vida sacramental a lugares donde muchas personas vivían alejadas de la formación cristiana y de la presencia habitual de la Iglesia.
Pero su paso por Málaga también estuvo marcado por el sufrimiento. En 1931, durante los ataques contra edificios religiosos, fue incendiado el palacio episcopal. Conviene remarcar que san Manuel González no huyó de Málaga: se vio forzado a salir en un contexto de violencia y falta de garantías, para no poner en peligro a quienes lo acogían. Desde 1932 siguió rigiendo la diócesis desde Madrid, hasta que en 1935 fue nombrado obispo de Palencia, donde vivió sus últimos años. Murió en Madrid en 1940. Fue beatificado por san Juan Pablo II en 2001 y canonizado por el papa Francisco en 2016.
Hoy, al citarlo en una homilía dedicada a la Eucaristía, el Papa no ha hecho solo una referencia histórica. Ha puesto delante de España, y especialmente de Málaga, una pregunta muy actual: ¿conocemos a nuestros santos? ¿Sabemos reconocer a quienes han pasado por nuestra tierra dejando una huella de fe, entrega y amor a Cristo?
San Manuel González no fue simplemente un obispo que estuvo en Málaga. Fue un hombre que quiso llevar a los malagueños al Sagrario y devolver el pueblo a Cristo Eucaristía. Su mensaje sigue siendo incómodo y necesario: no basta con honrar a Dios en los grandes días, en las procesiones solemnes o en los momentos señalados. La fe también se mide en la fidelidad silenciosa, en la visita discreta al Sagrario, en la amistad diaria con Jesús, en no dejarlo solo.
Por eso, tal vez la pregunta no sea solo quién fue san Manuel González. Tal vez la pregunta sea por qué un santo que fue obispo de Málaga sigue siendo tan desconocido para tantos malagueños.
El Papa lo ha recordado. Ahora nos toca a nosotros redescubrirlo.
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