Opinión
Frágil

El pregonero de la Semana Santa de Málaga 2026, Ignacio Castillo en el Teatro Cervantes. / Álex Zea / LMA
Muchas veces habré contado que todo lo que soy acaso se lo deba a mi fascinación por las palabras, por su sonido, su significado, su aliento y su manera de construir el universo. En esas, en estos días que de pronto se han vuelto tan grises, me he visto a mí mismo pensando en la palabra frágil, diciéndola, haciéndola vivir en mi aliento. Siempre me gustó el sonido de esa palabra. Igualmente me gusta, a pesar de que me causa una inmensa perplejidad, su definición (quebradizo y que con facilidad se hace pedazos) y su contraposición con fuerte y duro, porque viene a determinar que todo lo que existe vivo es frágil y solo es fuerte y duro aquello que existe pero no vive (y una pregunta que surge siempre: ¿sólo somos fuertes en la muerte? y una terrible certeza, nada hay más fuerte que la muerte, nada más duro. Ante ella todo se rinde, todo se fractura).
Determinemos, pues, que somos frágiles, que todo en nosotros tiende a la debilidad, a, en cualquier momento, quebrarnos con facilidad y hacernos pedazos, cuestión que tendemos a olvidar entre otras cosas porque sería muy difícil vivir sin poner a un lado a esa certeza.
En este sur que habito y que me habita de niño oía a los viejos decir: “un hombre es un cristal”. Acaso eso mismo oyó Cervantes en sus andanzas por estas tierras (donde acaso dio algún que otro mal paso aunque no fuese cojo sino manco, lo que le trajo más de un disgusto) y de ahí sacó la idea para su célebre “Licenciado Vidriera”, que tanto temía resquebrajarse en cualquier momento y por cualquier causa.
Pero de tanto en vez se ocupa la vida de recordarnos que somos extremadamente frágiles. De pronto viene y se lleva por delante a alguien cercano y todo se hace gris y absurdo. Nos ha pasado en estos días. Así, como del rayo, del modo en que se quiebran los objetos más valiosos, se nos fue Ignacio Castillo, compañero, joven, querido, y de pronto la grieta se hace visible, nos desarma, nos aplasta, nos obliga a mirar hacia donde tememos. Porque todo se apaga de pronto, inmisericorde, absurdo, terrible, fatal, y la vida se hace oscura, extraña, intransitable ante la dureza, la fortaleza de la muerte, su inexorable forma de romper todo lo que es frágil y, por tanto, hermoso.
Tantas veces me habré preguntado por qué y tantas mismas veces no hallé respuesta. Acaso no exista. Simplemente son así las cosas. Somos una fragilidad que piensa en su propia fragilidad, un espejo que se mira a sí mismo y se sabe quebradizo, una levedad que, durante una levedad, tiene consciencia de sí misma y brilla, efímera, lúcida, fugaz, antes de quebrarse.
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