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Opinión

Reclusión perpetua

Penal de Burgos en la época franquista.

Penal de Burgos en la época franquista. / L. O.

Mis dos bisabuelas eran analfabetas. Sus maridos no. Desde entonces ha pasado más de un siglo y admito que ha habido cierto progreso en mi línea familiar. Yo soy una de las pocas licenciadas de mi árbol, si no la primera mujer con título. Antes de mí, todas dependientes, al menos, en apariencia. Porque lo que se dice en rebelión, todas lo estaban. Pero qué cosas tiene la vida, hace nada he estado en Nerja presentando mi libro y se me activó un resorte. De esa zona viene una parte de mi familia, aunque no queda ninguno de los nuestros por allí. Sí me urge declarar que a mis dos bisabuelas analfabetas (que en gloria estén) las pongo por delante hoy, porque yo, descendiente de ambas y mujer, soy escritora. Y lo pongo por escrito en nombre de la resistencia.

Es un sobre del Ministerio del Interior a nombre de mi madre, franqueo pagado oficial desde la calle Alcalá de Madrid. Doce folios que cuentan cómo mi bisabuelo Narciso fue acusado, detenido y encarcelado: sentenciado por Consejo de Guerra en Ceuta en 1937 a la pena de reclusión perpetua. Aparece su nombre completo y el de otras veinte personas o más, con su descripción física y otros detalles, además de la circunstancia de su apresamiento y los penales en los que vivió. El crimen: delito de auxilio y adhesión a la rebelión.

Estos doce folios cuentan los hechos, y menos mal que lo hacen. Faltaba muchísimo más de un siglo para el nacimiento de la digitalización sistemática. Compruebo la suerte de que ahora pueda tener esto en mis manos y conocer el rastro que la prisión central del Puerto de Santa María inició en esos momentos. Hay miles de familias que jamás encontrarán ni un solo dato acerca de sus familiares desaparecidos. Y, aunque entiendo la relevancia de estos documentos, me sobrecoge una pena grande. Yo todo lo que quiero saber es qué sintió él cuando le dijeron «te vas a quedar para siempre encerrado por haber fiado y ayudado a las mujeres y a los hijos abandonados por otros hombres encarcelados, siendo estos, como tú, contrarios al régimen». Todo lo que quiero saber es qué pasa por la mente de un hombre cuando pierde la libertad de verdad. Hasta el último de los días. Nada de esto se escribe en los informes, pero este hombre que aquí describen como comerciante casado de ojos con iris color pardo, cabello canoso y piel morena, cara ancha, boca grande y barba poblada, es mi antepasado. De su sufrimiento también vengo yo, de su dolor derramado como un hombre de pie entre barrotes. Se convierte en primordial entender sus motivos, su necesidad de emprendimiento, su negocio Las tres Columnas, bodega de éxito en Tetuán, y el trayecto recorrido por sus pies y su corazón que terminó enfermo de muerte.

Quisiera saber de dónde le vino querer ayudar, cómo sintió la necesidad de arrimarle un kilo de arroz y unas patatas a una mujer con unos hijos totalmente desamparados, y cómo vinieron muchas más desesperadas por sobrevivir. Si él se sintió en paz fiándoles los víveres y si alguna vez los cobró. Si albergó ideales de libertad, de comunidad y de bien común. Lo practicaba a riesgo de su propia vida, qué hay más humanitario que esto. Si se enamoró de verdad y, aunque era mi bisabuela una mujer analfabeta, si la llegó a querer con conciencia de ello, que sería el amor más verdadero: hacerse consciente de las limitaciones de los nuestros y, aun así, amarlos en presente.

Reclusión perpetua. Y lo cambiaron de pronto al penal de Burgos a más de 800 kilómetros de su familia, en unos tiempos en los que los viajes estaban reservados a los pudientes, los artistas o los políticos. Le habían perdonado la pena conmutada a 29 años, 10 meses y 2 días. Nadie se lo dijo. Todo el tiempo esperó pacientemente su muerte, cada nuevo día en prisión podría haber sido el día de su fusilamiento. Solo y aislado, sin esperanza de liberación, mi bisabuelo enfermó del corazón. De vuelta a Ceuta, el primero de febrero de 1949, habiendo cumplido más de doce años de reclusión, «se autoriza la liberación definitiva del rematado» por telegrama postal de la Secretaría de Justicia del Ejército de Marruecos.

Mis dos bisabuelas eran analfabetas, mis dos bisabuelos estuvieron presos. Narciso salió enfermo y murió poco tiempo después tras volver a levantar su bodega, construir una casa nueva para su familia y dejar algo de dinero a sus hijos y viuda. Estoy segura de que mis bisabuelas quisieron tener otras oportunidades y estoy segura de que corre sangre libertaria por mis venas con una fuerza que es marítima. Y también sé que luchar por el bien común siempre será lo más peligroso de todo. Creer que todos podemos estar mejor es revolucionario, hay que compartir, ceder el paso. Todo el tiempo creyendo que he elegido libremente y pareciera que soy el reducto de la ignorancia, la opresión y el hambre por saber. Entro en el Museo de Nerja, me siento a hablar de mi libro y resulta que yo sí puedo decir cosas en libertad. Y si para algo sirvieron el Puerto de Santa María, Burgos y Ceuta, que sea para que hoy quede escrito que de allí también vengo yo y todas las tormentas que se libran adentro.

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