Opinión | Tribuna
Lejos de Dios y cerca de Estados Unidos
La Doctrina Monroe, revitalizada por Trump, busca restaurar la preeminencia estadounidense en el continente americano con tres objetivos claros

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. / Michael Kappeler
Parece que los Estados Unidos han decidido prestar atención hacia América Latina que fue desdeñada durante muchos años con una condescendencia benigna y trufada de prepotencia. No es que faltaran injerencias en Haití, Chile, Nicaragua, Granada y la muy reciente de Venezuela entre muchas otras, sino que, sin excluirlas, el resto del tiempo venía marcado por una displicente indiferencia. Hasta que llegó Donald Trump dispuesto a resucitar la Doctrina Monroe que ahora cumple doscientos años y que algunos creían olvidada. El narcisista de la Casa Blanca la ha rebautizado como Doctrina Donroe. Este hombre lo bautiza todo y ahora quiere imprimir billetes de 250 dólares con su efigie, que ya ha incluido también en los pasaportes. Pero en el poco tiempo que le deja libre el cuidado de su imagen, Trump ha decidido prestar más atención a Iberoamérica y no sé si eso hará que los nativos añoren los viejos tiempos en los que Washington les ignoraba. Su Estrategia de Seguridad Nacional establece como prioridad «restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental» que es como llaman al continente americano.
La Doctrina Donroe persigue tres objetivos prioritarios: evitar que lleguen inmigrantes que agraven la realidad de que los blancos dejarán de ser mayoría en Estados Unidos a partir de 2050. Trump quiere un país blanco y cristiano y lo mismo desean para Europa JD Vance y Marco Rubio que nos recordaron que íbamos por mal camino en sus discursos de Davos y Munich, con un enfoque identitario que León XIV ha criticado ante nuestras Cortes. En segundo lugar Trump quiere evitar que le lleguen drogas, sobre todo cocaína y fentanilo y ataca el problema de suministro (llevamos más de doscientas ejecuciones extrajudiciales en el Caribe) obviando el del consumo en su propio país. Dos agentes clandestinos de la DEA (la brigada antinarcóticos norteamericana) fueron asesinados recientemente en México, tras lo cual Washington acusó de narcotráfico al gobernador de Sinaloa provocando una crisis política con Sheinbaum. El tercer objetivo es lograr que las riquezas de las Américas se queden para los norteamericanos. En su favor hay que reconocer que China han entrado en Iberoamérica como elefante en cacharrería: sus intercambios comerciales con el subcontinente ascendían a 18.000 millones de dólares en el año 2000 y han subido hasta 480.000 millones en 2024, justificando la alarma de EEUU porque se concentran en infraestructuras estratégicas como puertos (Chancay en Perú), y eso ha llevado a la expulsión de las empresas chinas que controlaban los dos puertos de acceso al Canal de Panamá; infraestructuras digitales, telecomunicaciones y datos que plantean potenciales vulnerabilidades en ciberseguridad (Huawey); energía, petróleo, generación de electricidad, renovables; y minerales críticos como litio, cobre, níquel, cobalto y tierras raras que tanto necesita la industria. El punto débil de esta política es que Washington debería ofrecer zanahorias, es decir mejores alternativas estratégicas, y no solo amenazas.
Estados Unidos también quiere regímenes conservadores en el subcontinente y por eso apoyó a Bukele en El Salvador, a Fernández en Costa Rica, a Paz en Bolivia, a Noboa en Ecuador, ahora respalda a Abelardo de la Espriella que va a segunda vuelta en Colombia, y sus simpatías están con Fujimori en Perú (pendiente del recuento final frente a Sánchez mientras escribo). Su atención se centrará mañana en Brasil, que tendrá elecciones en octubre y donde apoya a un hijo del golpista Bolsonaro que disputará la presidencia a Lula da Silva. Conviene recordar que la condena de Bolsonaro padre llevó a Trump a imponer aranceles del 50% a Brasil. Se ve que eso de rechazar el resultado de las urnas es algo que une mucho a algunos. Lo de las injerencias no parece preocuparle.
Y eso sin hablar de Cuba. A Trump y a Marco Rubio les gustaría acabar con el ineficaz régimen comunista que ha llenado la isla de eslóganes mientras dejaba vacíos los estómagos de la gente. Ambos están envalentonados por lo fácil que fue acabar con Nicolás Maduro (a costa de mantener el Chavismo en pie), pero Cuba no sería tan fácil aunque esté sufriendo mucho sin combustible, electricidad, turistas y divisas. Más que una intervención directa supongo que Washington buscará forzar una apertura económica seguida de una transición política más lenta que evite el caos y emigraciones masivas. O sea, a la venezolana. Cuanto peor le vaya a Trump con Irán más posibilidades hay de que se fije en Cuba.
¿Estaban los iberoamericanos mejor cuando eran ignorados?
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