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Opinión | Tribuna

Jordi Cubain Arenas

Españoles: Google ha muerto

Cuando buscamos, dudamos. Cuando preguntamos a una IA, tendemos a confiar. La conversación genera una falsa sensación de cercanía y autoridad

Google acabó con las Páginas Amarillas y luego con Yahoo. Pero eso se está muriendo.

Google acabó con las Páginas Amarillas y luego con Yahoo. Pero eso se está muriendo. / efe

Durante más de veinte años, internet funcionó de una manera muy concreta. Nosotros buscábamos y Google, como gran referente de los buscadores, nos mostraba caminos. La web era una gigantesca biblioteca desordenada donde cada búsqueda abría decenas de pestañas, comparativas, anuncios, artículos, vídeos y foros. Navegar era una experiencia activa. Había algo casi aventurero en perderse entre enlaces.

Google acabó con las Páginas Amarillas y luego con Yahoo. Pero eso se está muriendo.

Y probablemente no somos todavía conscientes de la magnitud del cambio.

Por primera vez desde el nacimiento de internet, la gente empieza a dejar de buscar para empezar simplemente a preguntar. Ya no queremos diez enlaces azules. Queremos una respuesta. Directa e instantánea. «Digestionada» o humana… o al menos, aparentemente humana.

La irrupción masiva de herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT, Gemini o Claude está transformando internet mucho más rápido de lo que imaginamos. El cambio no es tecnológico. Es psicológico. Hemos pasado de «buscar información» a «conversar con la información». Y eso lo cambia absolutamente todo.

Marshall McLuhan, uno de los grandes teóricos de la comunicación del siglo XX, hablaba ya en los años sesenta de la «aldea global». Mucho antes de que se crease internet. Imaginaba un mundo hiperconectado donde la tecnología reduciría las distancias hasta convertir el planeta en una pequeña comunidad interdependiente. Acertó. Pero probablemente ni siquiera él imaginó que llegaríamos a una fase todavía más extraña: una aldea digital donde ya no hablaríamos entre nosotros, sino con intermediarios artificiales capaces de pensar, resumir y decidir por nosotros qué información merece nuestra atención.

La pregunta ya no es qué buscamos. La pregunta es quién decide la respuesta que recibimos. Porque hasta ahora Google era un escaparate. Ordenaba internet gracias a su famoso y secreto algoritmo, sí, pero todavía nos obligaba a elegir. Había cierto margen para la curiosidad, para la discrepancia, incluso para el error. Entrábamos en una web, luego en otra, contrastábamos, comparábamos opiniones y sacábamos nuestras conclusiones.

La inteligencia artificial ha cambiado por completo ese modelo. La IA no nos ofrece caminos. Nos ofrece directamente conclusiones. Y eso tiene consecuencias enormes.

La primera afecta directamente a los medios de comunicación, blogs, pequeñas empresas y creadores de contenido. Si la IA responde directamente a nuestras preguntas, ¿quién visitará las webs? ¿Quién leerá los artículos originales? ¿Quién descubrirá pequeños comercios locales perdidos en la segunda página de Google?

Internet podría pasar de ser un ecosistema abierto a convertirse en una especie de ventanilla única controlada por unas pocas plataformas capaces de sintetizar el conocimiento mundial.

La segunda consecuencia es todavía más inquietante: la desaparición progresiva del pensamiento crítico cotidiano.

Cuando buscamos, dudamos. Cuando preguntamos a una IA, tendemos a confiar. La conversación genera una falsa sensación de cercanía y autoridad. Es el viejo sesgo de automatización: si una máquina parece segura de sí misma, nuestro cerebro asume que probablemente tiene razón.

Y ahí aparece el verdadero riesgo. No estamos delegando únicamente tareas. Estamos delegando criterio.

La paradoja es fascinante. Internet nació como la gran herramienta de democratización del conocimiento. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Sin embargo, la saturación informativa ha terminado generando cansancio. Y cuando el ser humano se cansa de pensar, buscamos atajos.

La IA es el atajo perfecto. Rápida. Cómoda. Eficiente. Y peligrosamente convincente.

En Mallorca, por ejemplo, esto puede afectar desde medios locales hasta pequeñas empresas turísticas. Muchos negocios han vivido durante años del posicionamiento SEO (posicionamiento orgánico en Google), de aparecer en búsquedas, de atraer tráfico hacia sus páginas web. Pero si mañana una IA recomienda directamente dónde comer, qué hotel reservar o qué inmobiliaria contratar, el poder cambiará radicalmente de manos.

Ya no competiremos por aparecer en Google. Competiremos por ser la respuesta de la inteligencia artificial. Y eso significa que el futuro no será de quien tenga más información, sino de quien consiga convertirse en la fuente que las máquinas consideran fiable.

Google no desaparecerá mañana. Pero el internet que conocíamos sí está empezando a hacerlo. Y dentro de unos años, descubriremos que la gran revolución tecnológica no fue tener toda la información de la humanidad en el bolsillo, dentro del móvil.

Sino dejar que otros nos la preparen y nos la den con una cucharilla cual papilla.

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