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Opinión | La vida moderna merma

Todos quieren al Papa

León XIV vino, sencillamente, a recordar cosas que la Iglesia lleva diciendo dos mil años y que nosotros, con esa soberbia tan moderna, fingimos descubrir cada cuarto de hora

Todos quieren 
al Papa | LUIS MAGAN

Todos quieren al Papa | LUIS MAGAN

Hay cosas que sólo puede conseguir el Papa. Por ejemplo, que durante unos días España deje de discutir sobre España para discutir sobre el Papa. La visita de León XIV consiguió algo casi milagroso y fue poner de acuerdo, aunque fuera por un rato y aunque cada uno entendiera una cosa distinta, a buena parte del personal.

Porque esa fue, quizá, la escena más llamativa de aquellos días. Todo el mundo quería al Papa. Todos. Los de un lado, los del otro, los de en medio, los que creen, los que no creen, los que fueron a misa de pequeños y los que sólo pisan una iglesia cuando se casa una prima o cuando el patrimonio barroco se pone de moda en Instagram. De pronto, León XIV se convirtió en una figura apetecible para todos los sectores políticos, mediáticos y sentimentales del país. Cada frase suya era inmediatamente traducida, interpretada y requisada por alguna tribu para proclamar, con enorme satisfacción, que el Papa pensaba exactamente como ellos.

En la COPE, naturalmente, el Papa decía cosas que iban claramente en la línea de la COPE. En la SER, con idéntica seguridad y no menor entusiasmo, el Papa decía cosas que iban claramente en la línea de la SER. La derecha encontraba en sus palabras una defensa de la vida, de la familia, de la tradición y de la dignidad humana. La izquierda descubría en él a un pontífice social, preocupado por los pobres, por los migrantes, por los descartados y por las heridas de un mundo sin alma. Los moderados veían concordia. Los exaltados, munición. Los periódicos, titulares. Las redes sociales, como siempre, una oportunidad para empeorar la especie.

Incluso los independentistas catalanes quisieron acercarse al Santo Padre. Y ahí, hay que reconocerlo, alcanzamos una de esas cumbres nacionales del ridículo que conviene conservar en formol para futuras generaciones. Hablarle en inglés al Papa para pedirle que hablara catalán es una escena digna de una comedia británica, pero rodada en España, que siempre tiene más ruido, más solemnidad y peor iluminación. Uno imagina al Santo Padre, hombre de mundo, sucesor de Pedro y pastor de almas, escuchando aquello con la paciencia de quien ha tratado con cardenales, guerras, sínodos, periodistas y otras realidades todavía más complejas. El independentismo tiene esa virtud de convertir cualquier ocasión en una performance. Si mañana descubrieran vida en Marte, lo primero que exigirían sería que los marcianos pidieran perdón por no haber atendido suficientemente la singularidad nacional catalana.

Pero, más allá de lo ridículo, la visita dejó una enseñanza de fondo. En una sociedad huérfana de valores, fatigada y triturada por una política que lo devora absolutamente todo con el único fin de arañar un puñado de votos, el Papa apareció como una referencia firme. No porque todos compartan su doctrina. No porque todos acepten lo que representa. Ni siquiera porque todos crean. Sino porque, en medio del ruido, el Papa habla desde un lugar distinto. Y eso se nota.

No vino a España a reforzar una coalición, ni a desmentir un sondeo, ni a mejorar su posicionamiento entre los menores de treinta y cinco años. Vino, sencillamente, a recordar cosas que la Iglesia lleva diciendo dos mil años y que nosotros, con esa soberbia tan moderna, fingimos descubrir cada cuarto de hora. Dijo que la vida humana tiene dignidad, que el pobre no es una estadística, que el migrante no es un problema sino una persona, que la familia importa, que la paz exige verdad y que una sociedad sin alma acaba pareciéndose mucho a una oficina de reclamaciones con luces led.

Pero el Papa no es de los nuestros. Ése es el problema. O, mejor dicho, ésa es precisamente su grandeza. No cabe en nuestros compartimentos ideológicos. No es de derechas ni de izquierdas, aunque unos y otros intenten secuestrarlo por turnos. La Iglesia defiende al no nacido y al inmigrante, al anciano enfermo y al preso, a la familia y al pobre. Defiende la libertad de enseñanza y la obligación moral de compartir. Habla de misericordia, pero no la confunde con una barra libre moral. Habla de justicia social, pero no convierte la envidia en programa político. Habla de tradición, pero no la reduce a museo. Eso descoloca muchísimo a una política acostumbrada a exigir adhesiones completas, paquetes cerrados y obediencias tribales.

Ahí aparece la gran contradicción. Muchos de los que estos días aplaudían al Papa, o celebraban alguna de sus frases con la emoción impostada de quien acaba de encontrar una cita útil para Twitter, viven el resto del año en abierta oposición a buena parte de lo que la Iglesia enseña. Quieren una Iglesia social, pero sin doctrina. Una Iglesia que reparta bocadillos, pero que no hable de aborto. Una Iglesia que atienda a los pobres, pero que no opine sobre educación. Una Iglesia que conserve templos, sostenga comedores, acompañe enfermos y llene las calles de belleza en Semana Santa, pero que no incomode demasiado. En definitiva, una especie de Cáritas con incienso, pero sin sermón.

Por eso, casi resulta más coherente la postura de Podemos. Y lo digo con cierta prudencia, porque tampoco conviene acostumbrarse a escribir frases así. Podemos no comulga con esto. Pues no va. No lo siente suyo. Pues no finge. No reconoce la autoridad moral del Papa. Pues no se sienta en primera fila con cara de haber hecho la primera comunión en la Capilla Sixtina. Uno podrá discrepar profundamente de esa actitud, pero al menos sabe a qué atenerse.

La duda razonable surge con otras izquierdas más institucionales, más alfombradas, más de foto y protocolo. Esas que reciben al Papa con exquisita cortesía democrática y, al día siguiente, vuelven a despreciar todo lo que la Iglesia representa allí donde pueden. ¿Qué es más lógico? ¿No ir porque no se cree, o ir, sonreír, aplaudir y luego regresar a la tarea de desmontar culturalmente aquello que el Papa predica? La respuesta no es sencilla. Las instituciones deben guardar respeto, naturalmente. Pero una cosa es la cortesía y otra la impostura. Una cosa es recibir al Papa como corresponde y otra intentar convertirlo en avalista de tu último argumentario.

Al final, León XIV se marchó de España dejando una evidencia incómoda y es que, pese a muchos, la Iglesia sigue siendo un eje fundamental de la vida occidental. Podremos secularizarnos, vaciar iglesias, cambiar leyes, burlarnos de la fe y reducir la moral a una encuesta permanente, pero el Papa sigue convocando una atención universal que muy pocos líderes conservan. Incluso quienes lo desprecian necesitan discutir con él. Incluso quienes lo consideran irrelevante reaccionan con enorme intensidad cada vez que habla. Nadie combate tanto aquello que de verdad no importa.

Todos querían al Papa. Los católicos, por razones evidentes. Los no católicos, quizá porque intuyen que ahí queda algo que nuestra sociedad ha perdido. Lo difícil, claro, no es querer al Papa durante una visita. Lo difícil es escucharlo cuando se apagan las cámaras, se desmontan las vallas y cada uno vuelve a su casa con la incómoda sospecha de que el Santo Padre no pensaba exactamente como él.

Y eso, en estos tiempos, más que una visita apostólica, es casi una provocación.

Viva Málaga.

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