Opinión | Málaga en la memoria
El acto político de nombrar el mal
El texto advierte sobre la normalización de situaciones injustas en la vida cotidiana, desde la burbuja inmobiliaria hasta la violencia emocional familiar

Burbuja inmobiliaria. / Álex Zea
Si nadie le dice a la gente turbia que lo que hace está mal, la gente turbia acabará pensando que lo que hace es normal. A esto lo llamó Hannah Arendt la banalidad del mal: la idea incómoda de que muchas atrocidades no las cometen monstruos, sino personas corrientes rodeadas de otras que miran, callan y, en ocasiones, incluso celebran. No hace falta irse muy lejos para entenderlo. Ocurre cuando ciertos espacios de poder convierten lo inaceptable en rutina. O cuando alguien justifica lo injustificable porque «siempre se ha hecho así». O cuando lo que debería escandalizarnos se convierte en entretenimiento o en ruido de fondo. La banalidad del mal no grita. Es tibia. Y por eso es más peligrosa.
Me dicen que no me preocupe por lo que no puedo controlar. Y lo entiendo. Pero también sé que hay quienes sí pueden controlar esas mismas cosas: quienes tienen poder, dinero e influencia. Si yo dejo de pensar en ello, no desaparece. Solo dejo el espacio libre para que otro me diga cómo debo pensar y actuar. Hemos aprendido a aceptar lo que no es aceptable. Los precios de la vivienda. La desigualdad creciente. La violencia disfrazada de orden. Y, mientras tanto, nos ofrecen una ilusión de control: meditar, relajarnos, centrarnos en nosotros mismos. Todo eso está bien, incluso es necesario. Pero no cuando se convierte en distracción. No cuando sustituye a la responsabilidad de mirar lo que está mal y nombrarlo. No quiero estar siempre tranquila. Estoy enfadada. Y el enfado, bien entendido, es una forma de lucidez. También ocurre en lo pequeño. Como estoy criando, me fijo en cómo educamos a nuestros hijos. Ni que fueran proyectos personales. Y observo cómo algunas familias confunden éxito con perfección y terminan transmitiendo vacío. Se tapa lo que duele para mantener una imagen.
Ahí empieza lo peligroso, cuando el mal se vuelve cotidiano, eso de pecar por omisión. Lo de no hacer nada si no me toca a mí de cerca. Y, si me toca, mejor me escabullo. Y ahora me echaré las manos a la cabeza convencida de que esta persona no soy yo misma también. Pero aquí somos todos pecadores. La banalidad del mal no es el mal extremo. Es el proceso de normalización que lo hace posible. Yo sé que el mal puede ejecutarse sin odio, sin ideología profunda, sin monstruosidad. Simplemente por inercia, obediencia y falta de pensamiento crítico. Lo sé porque lo veo todo el rato y todos los días. A mí también me pasa. Todas esas personas que fueron de visita a la isla de Epstein pecaron por omisión. Perpetuaron el mal a sabiendas o, peor aún, creyendo que no había perjuicio alguno justificados en su superioridad moral. Pero no es necesario ir tan arriba, puedo hablar de la burocracia que deshumaniza, de personas en puestos profesionales que aplican normas injustas porque siguen el protocolo. Yo misma he vivido estas situaciones en carne propia.
Los linchamientos en redes sociales, las cancelaciones masivas de personajes públicos o no tan públicos. La banalización del mal distribuida. O si lo bajo aún más, a lo cotidiano, padres que proyectan frustraciones en hijos, familias que normalizan la violencia emocional o entornos que premian apariencia y castigan autenticidad. Mi hija y sus amigas. Y el coste de nombrarlo.
Pecar por omisión es creérselo todo. Me revienta por dentro que me digan que no me enfade, que fluya. Cuando lo que toca no es solo que me enfade, sino que reivindique el orden natural de las cosas. Está muy bien mantener la calma, pero nunca si es en aras de anestesiarme, evadirme o como sustitución de mi pensamiento crítico. Llega un momento en el que hay que actuar. La paz requiere de toda la acción posible.
El mal no siempre se presenta como violencia, a veces es una simple rutina, un comportamiento repetido en el tiempo. Un permiso para continuarlo. Lo inaceptable empieza a parecer normal cuando nadie lo nombra. Lo peligroso no es lo turbio, sino lo tibio que lo mantiene constante. El caso Epstein no es solo un escándalo sexual, es un engranaje de silencios, de miradas hacia otro lado, de gente que sabía y decidió no incomodarse. El no hacer nada en nuestro entorno directo por si acaso uno sale perjudicado es, en esencia, la misma película de terror. Y, eso mismo, en otra escala, ocurre en nuestras casas, en nuestras relaciones, en nuestros entornos. No siempre hace falta hacer algo terrible para sostener el mal. A veces basta con no decir nada. A veces basta con no ser el primero en señalarlo.
No hace falta cambiarlo todo.
Basta con no callarse una vez.
Y que sea definitivo.
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