Opinión | Tribuna
La claridad no basta
El autor examina la compleja relación entre la razón y las emociones a través de encuentros en la playa y en un ascensor, cuestionando la claridad como único sustento

Pablo Picasso. / efe
Les propongo tirar de los mimbres de una pequeña tragicomedia filosófica estival en tres actos y una especie de catarsis aristotélica como colofón. Sus momentos son: en la playa, en el ascensor del garaje; al despertar; y coda final: la claridad no basta. Mi artefacto pretende, una vez más, examinar las complejas relaciones entre la Diosa Razón y la implicación en la vida de emociones y sentimientos ahora que ya empieza a apretar el calor, se nublan las seseras y no pocos tribunales de justicia.
En la playa
Una ventosa mañana de junio levanté la mirada y me encontré con la de Picasso y la mejor de sus sonrisas incisivas y oceánicas en la playa de Los Álamos de Torremolinos. No era Pablo en un Poltergeist, sino Ricardo, un músico autodidacta con más de trescientos temas registrados, que fue de niño y adolescente pescador en el barrio de Huelin y aprendió todo lo que hay que saber de los vientos en Huelva, para convertirse luego en calderero malagueño. Ricardo, como lo debió ser a todas luces el alegre Ricardín, no puede ocultar que es un humano generoso, cocido en la fragua de la música. Abraza con sus gestos el azul del Mediterráneo y el sabor altivo de los espetos, los chanquetes y los jurelitos que preparaba su madre en emblanco que aturde las papilas gustativas del pescador orgulloso de su empresa y, sin saberlo, ha nutrido el timbre y la paz de la voz del músico. Es un rapsoda vibrante que gira gracias al espacio que dibuja la humanidad enraizada de Inma, su compañera, su canción, su todo. Esta pareja malagueña es una bendición. Su rastro solidario no ha dudado en socorrernos en el momento en el que nuestra enorme sombrilla gris parecía querer emprender el vuelo con el poniente, impidiéndome coser estas palabras. El hecho de volcar el mástil con destreza y añadir en el frontal el contrapeso de la arena es el mejor de los regalos marengos para el escritor confeso de un nativo que aprendió el lenguaje de los vientos al poco de nacer. ¿Son ya valores de otra época? ¿Será verdad? ¿Y qué papel desempeña la música en este feliz encuentro, fruto de una nueva especie de ‘afinidad electiva’ a lo Goethe o ‘entrelazamiento cuántico’, como le gusta decir a mi amigo Tomás García, editor de la prestigiosa revista electrónica cultural ‘Café Montaigne’? Recuerden que mis padres fueron y son músicos, y estas pasiones no me resultan ajenas. Parece que Ricardo y un servidor nos conocemos de toda la vida, como si hubiéramos cantado miles de veces el mismo bolero. Como si hubiéramos brindado sin desdén por el privilegio humano de ‘maravillarnos’ y exprimir la vida en ‘La ciudad del Paraíso’ de Aleixandre. Afortunadamente, me he encontrado con la mirada y, especialmente, con la sonrisa del Picasso más lúdico, lúcido y mundano a la vez, cercano a los niños que parecen tener chistorras como brazos y usar peines para calvos, y enamorado hasta las trancas de las vetas de color esmeralda que pinta el rebalaje mediterráneo en la costa del Mar de Alborán. ¡Cómo habría disfrutado mi antiguo alumno Francisco Barranquero bailando con estas almas bellas a su querido ‘Cautivo’!
En el ascensor del garaje
Es larga ya la trayectoria del filósofo español José Antonio Marina tratando de desentrañar los mecanismos afectivos que se esconden tras el mundo de los hechos y la historia, arrancando desde la emoción, como una especie de pulso de raíces nietzscheanas con pretensiones sociológicas. Así sucede, por ejemplo, en su libro ‘El deseo interminable’ (2022). La filosofía podría ser, entonces, una especie de ‘servicio público’ con las esperanzas, miedos y deseos como escenario privilegiado. De pronto, con las prisas de llegar puntual a una prueba de diagnóstico, compartí ascensor con un nuevo vecino, Fran. Mi bajada no ocultó la tensión del momento, mi desazón y, sobre todo, mis miedos, no tanto a la prueba en sí como a sus futuros resultados. ¿Cómo es posible que se me ocurra entonar un discurso tan derrotista ante mi vecino, queriendo satisfacer, al mismo tiempo, mi deseo de pasarlo bien conmigo mismo, con los demás y de estar mejorando en la vida? Menuda carta de presentación. Fran observó sin evaluar e identificó sin parpadear mi tortilla emocional y se atrevió a decirlo en voz alta: «te estás quejando de los que se acercan a ti como si les dieras pena y, en realidad, eres tú el que te estás dando pena». ¡Tierra, trágame! ¡Me han pillado! ¡Me he convertido en el moralista victimista al que suelo lanzar mis dardos con mayor furia! ¿Soy como esos que actúan por miedo, culpa, narcisismo o vergüenza y no desde el corazón y de modo solidario? Fran me propone actuar desde la alegría, disfrutar de la música –vicio que compartimos- y me invita a continuar nuestra conversación en momentos más propicios, como hacían los vecinos de antes. Y recuerdo cómo mi amigo José María Arocena me habló, no hace mucho, de la importancia que ha tenido y tiene en su vida asumir la responsabilidad de sus emociones y sentimientos en el momento preciso. Es el semáforo de ‘lo que necesitamos’ y nos orienta en las peticiones razonables que podemos hacer a los demás para enriquecer la existencia. Por eso, si cree detectar alguna distorsión en su propio modo de pensar, sentir o actuar y la cosa le pilla en casa, gira rápidamente su silla de ruedas y pone rumbo al rincón más íntimo de su dormitorio, donde trata de pescar e identificar sus motivaciones reales. Me dice que no siempre lo consigue y que le ha costado mucho crear este hábito. Será cuestión de ejercitarme en este saludable ‘arte de la guerra’.
Al despertar
Soy consciente de que estoy «felizmente casado», como decía la gente cursi o los que querían ganar puntos para disfrutar de una gincana sexual en ciernes. Puedo compartir espacios-tiempo con Carmen hace más de cuarenta y cuatro años para hacer en ellos ‘cosas raras’. No sean malpensados. Aquí se trata de hablar y de pensar juntos, pero no revueltos. Carmen resucita, a mi lado y sin hacer ostentación de ello, uno de los argumentos más manoseados de los estoicos antiguos tras recibir mi desafío conceptual. La clave de las experiencias en la playa y el ascensor puede estar, piensa Carmen, en la aceptación y en la adaptación activa a las condiciones que nos impone la vida en un momento determinado. Eso sí, sin caer en la humillante resignación o la sumisión ante el pálpito del rebaño humano o los deseos de nuestros Señores del Aire (que reinan en el ciberespacio, amén). Para los estoicos, dicha aceptación (determinista, en términos tecno-científicos y filosóficos) es la mismísima libertad. Aunque me resisto a defender esta identificación –prefiero imaginar una ‘tarea de héroes’, pero tarea, al fin y al cabo-, les invito a que piensen en ella.
Conclusión
Se me antoja que en éste y en otros casos y como pasara en la segunda mitad del siglo pasado en el contexto de la Filosofía Analítica, no baste la claridad. Con demasiada frecuencia, huyendo de especulaciones advenedizas o egocéntricas se confunde el rigor especulativo y el arte de pensar con el adictivo rigor académico y escolástico. No en vano, muchos huyen al conocer la filiación filosófica de sus interlocutores. A mí me ha pasado demasiadas veces.
Pero la escritura es un gran invento. A mi me ha permitido componer esta ligera tragicomedia. A Juan José Millás, ruega por nosotros, le permitió recordarnos, al hablar de esas situaciones en las que disfrutamos de la desgracia ajena y gracias a una acertada metáfora, lo insensatos que podemos ser cuando nos alegramos de que le haya salido una grieta a la casa del vecino con el que compartimos pared. Hasta que tenga la fortuna de poder confirmar este presunto rasgo de nuestra condición humana, seguiré fiel a Platón en sus diálogos autocríticos de vejez y al filósofo español Gustavo Bueno, practicando la ‘symploké’. Seguiré el rastro de la unión y separación de ideas, de su comunicación y separación. Hay un entretejimiento, un entrelazamiento o conexión conceptual, pero no de todo con cualquier cosa o con nada. La conexión no es total, pero tampoco brilla por su ausencia. Previamente, me daré un respiro y tomaré la debida distancia, suspenderé el juicio momentáneamente, en modo escéptico o como proponen los fenomenólogos de toda la vida.
Para todo ello me viene muy bien esa ‘inspiración’ a la que cantaban los peludos Chicago en 1984 en su álbum 17 con frases como «You bring feeling to my life, you’re the inspiration», la que le proporcionó al Comisario Gámez su hermana Ana María con su afición por la pintura y el arte y su pequeña biblioteca en la casa familiar (me acaba de recordar las virtudes del pan de masa madre de ‘La Curruca’ de Coín, vía Messenger, entre otras cosas). O el giro de silla de ruedas de José Mari, o la eficaz gestión de Fran en el ascensor y en la página del catastro, o el zapateado de Barranquero en la procesión de Semana Santa, o la humanidad de Inma, o las sonrisas de Ricardo o Tomás, o la vitalidad que Carmen comparte con su amiga Merche Villalobos (apasionada trabajadora social al borde de la jubilación e hija de un histórico anarquista malagueño que anda componiendo un relato sobre ‘La Desbandá’ y que me acaba de hacer una visita involuntaria) o las palabras atesoradas por Aleixandre o Millás que saben rubricar como nadie nuestras miserias y esperanzas. ¿Somos acaso una grieta compartida?
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