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Opinión | El ruido y la furia

Inventario de bienes

El autor reflexiona sobre la resiliencia, la memoria y la importancia de la libertad personal frente a las adversidades.

Una higuera.

Una higuera. / l.o.

Yo, Juan Gaitán, ante quien corresponda y a los efectos que fuesen oportunos, declaro que dispongo de algunas palabras, de cielos casi siempre azules, de un mar que me llama cada día y de algunos amigos que me quieren incluso cuando se me desatan los demonios y los dejo arrasar el breve espacio que habito.

Que dispongo de algunas luces y de algunos libros que no se quejan de la escasez de vivienda que padecen, del apelotonamiento de tener que compartir angostas baldas saturadas y que siempre me esperan, pacientes, con su voz a punto y sin reproches.

Que dispongo de este altavoz, de este modo de barricada y, desde ella, me permito contar a desconocidos que a veces me duelen fiero los huesos del alma, y que, aunque no lo parezca, son frágiles y se quiebran a poco que los aprietes.

Que dispongo de un pasado que en algunas ocasiones se me viene encima porque el olvido no es mi mejor cualidad, y de una voluntad que ha podido más que mi impericia. Pronto me di cuenta de que echando a perder se aprende mucho y gracias a ello he hecho más de lo que podía, he ido más lejos del camino que otros quisieron marcarme.

Que dispongo de mi rebeldía, de mi no siempre pacífica manera de enfrentarme a lo que creo injusto, a costa siempre de mí mismo, porque no hay nada más caro que ser libre pero siempre estuve dispuesto a pagar el precio.

Que dispongo de este verano, que ha llegado ya a medio arder, agresivo y feroz, para decirnos que no hay vuelta atrás, que el planeta está herido y se defiende y nos ataca y vamos a perder porque hemos sido demasiado sordos, demasiado estúpidos, demasiado arrogantes.

Que dispongo de una memoria capaz de traerme limpios los días azules, los de antes de todas las traiciones, y es un refugio para cuando todo está oscuro. Una memoria hecha de veranos, de veredas entre las viñas que iban hasta la playa, del olor de las higueras cuando el calor era más denso y yo, en la penumbra, invertía la siesta en recorrer los mares con Ulises.

Que dispongo de una sombra apacible, de la canción que tarareo, de la tibia compañía de quienes andan conmigo el camino.

Que dispongo, por fin, de algunas soledades y de unos cuantos dolores que se me han anclado en el costado, de un espejo que me avisa de quién es mi peor enemigo, de un camino y un destino, esperanzado siempre a estar un paso más cerca aunque seguro de que no llegaré jamás.

Y que dispongo de usted, que me lee, y que da sentido a todo esto que hago, a esta manera mía de entender que el periódico puede ser, tiene que ser también, un lugar más allá del griterío. Y que eso es todo, siendo tanto.

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