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Opinión | Cosas

Miguel Ranchal

Del Arauca vibrador

Nos cuesta creer que este planeta es una pelota cosida de béisbol en el que, a lo sumo, solo nos fijamos en algunas costuras como la colisión de la placa Índica con la Euroasiática

Del Arauca vibrador

Del Arauca vibrador

Por mucho que la abstracción sea un vector de la inteligencia, somos seres figurativos: necesitamos el tacto, el rostro y el resto de los sentidos para zarandear la emoción. La primera persona en quien pensé cuando me enteré del sismo de Venezuela fue en Noralys, una profesora de la Universidad Central de Venezuela con quien trabé amistad hace más de una década.

Tras más de cuatro días sin conseguir contactar con ella pensé en lo peor, viendo el tétrico albur de las imágenes caraqueñas; con unos edificios que se mantenían en pie mientras otros se habían disuelto como un azucarillo. Afortunadamente, ayer recibí noticias suyas: estaba ilesa, con toda la adrenalina de la supervivencia.

La fortaleza de un Estado se contrasta en las situaciones críticas. Se entrevera la elegía a Ramón Sijé en este desastre sísmico, pues los caraqueños quieren escarbar la tierra con los dientes. No hay una maquinaria pesada que ayude a levantar con cautela esas toneladas de cascotes. El dolor se hace más estéril cuando se desagua en la impotencia.

Ante las catástrofes también se busca la catarsis de la explicación científica. Alfred Wegener había sido ninguneado a principios del pasado siglo, pero la tectónica de placas es la caja negra de los seísmos. La asepsia de la geología nos remite a la convergencia y subducción de la placa del Caribe con la placa Sudamericana, y la liberación de energía de ese titánico rozamiento se manifiesta más en las fallas de El Pilar y el Bocono, al norte de Venezuela. Nos cuesta creer que este planeta es una pelota cosida de beisbol en el que, a lo sumo, solo nos fijamos en algunas costuras -la colisión de la placa Índica con la Euroasiática; o la de Nazca con la Sudamericana-. Los fenómenos naturales no administran las maldiciones: somos nosotros los que las instrumentalizamos. A Colón le vinieron pintiparados sus conocimientos de astronomía para hacer desaparecer la luna ante los taínos de Jamaica y conseguir alimentos a cambio de profetizar el fin de ese eclipse.

Sería muy burdo pontificar que la providencia es antichavista, e incorporarse al estrafalario grupo de pastores evangélicos que extendieron sus plegarias sobre el inquilino del Despacho Oval. Aunque es cierto que un doblete sísmico es un hecho muy insólito, y más si lo encuadramos en los anales de los hombres, cuando Trump quiso hacerle chuscamente a Maduro lo que César a Vercingétorix. Pero hay quien prefiere el réquiem por un Estado fallido y colocarle una alfombra roja a la doctrina Donroe antes que un requiebro de solidaridad. Había que recordar que los terremotos no entienden de colores políticos; que las consecuentes reconvenciones políticas no han de impedir que, en estas circunstancias, seamos más prometeicos ante la adversidad. Se edulcora un manriquiano tiempo pasado de clichés que posiblemente no volverán: de misses, telenovelas, isla Margarita y almas llaneras. Pero, a pesar de todo, viva Venezuela.

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