Opinión | 360 grados
Putin recoge el guante
Se escucha en Europa un crescendo de tambores de guerra, todo ello en preparación de la próxima cumbre de la OTAN, que se celebrará en Ankara el próximo 7 de julio

el presidente de Rusia, Vladímir Putin, en el Foro Internacional Económico de San Petersburgo. / VALERY SHARIFULIN / CONTACTO / EUROPA PRESS
Tanto tiempo llevan insistiendo los principales líderes europeos de que hay que rearmar urgentemente a los países para hacer frente a Rusia que Vladimir Putin ha terminado por recoger el guante.
«Rusia está preparada para la guerra si eso es lo que buscan los europeos», contestó desafiante el presidente ruso, quien agregó que en cualquier caso su país no esperará para defenderse a que lo ataquen.
Y sobre las continuas acusaciones de políticos y medios de que Rusia se propone atacar a Europa en dos o tres años, Putin se preguntó, en despectiva alusión a la cultura ‘woke’ que identifica con Occidente que para qué quería su país tener que responsabilizarse de «travestís» y «transgéneros».
Travestís y transgéneros que por cierto participaron el otro día en la manifestación del ‘Orgullo Gay’ celebrada en Budapest después de que el nuevo jefe del Gobierno húngaro, Peter Magyar, revocase la prohibición impuesta a ese evento por su predecesor, Viktor Orbán.
Sea como fuere, se escucha en Europa un crescendo de tambores de guerra, todo ello en preparación de la próxima cumbre de la OTAN, que se celebrará en Ankara el próximo 7 de julio.
Cumbre a la que tiene previsto asistir, ¿cómo no?, el «nuevo líder del mundo libre», como le llamó el New York Times, es decir el incombustible presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
Tal vez para demostrar que no teme nada ni a nadie, Zelenski lanzó la pasada semana un ultimátum a su homólogo bielorruso, Aleksandr Lukashenko, para que retire los repetidores que tiene en la frontera con Ucrania y que permiten a los drones rusos dirigirse con mayor precisión hacia sus objetivos si quiere evitar que los destruyan los propios ucranianos.
Sucede que Bielorrusia y Rusia tienen una estructura de «estatalidad compartida», especie de entidad supranacional establecida en 2000 y que busca una profunda integración económica, militar y social aunque ambos Estados conserven formalmente su independencia, soberanía y representación internacional.
Un eventual ataque a Bielorrusia provocaría pues seguramente una respuesta de las fuerzas armadas rusas que, como señala el veterano historiador estadounidense de origen ruso Vladimir N. Brovkin, «sería el mejor regalo para Putin».
Permitiría, esto es, a las tropas rusas acercarse a la frontera bielorrusa con Ucrania y amenazar desde allí mucho más fácilmente, por ejemplo, a Lviv, centro histórico de la región de Galitzia, punta de lanza desde finales del siglo XX del nacionalismo ucraniano.
Para Brovkin, el ultimátum de Zelenski a Lukashenko forma sólo parte de la guerra de propaganda en la que tan experto es el Gobierno ucraniano. Mucho más en cualquier caso que Kremlin, que tiene además que lidiar con la generalizada rusofobia de Occidente.
Pese a sus continuas pérdidas en el frente, Zelenski quiere dar la impresión de que su país está ganando la guerra con el invasor ruso y que basta que le sigan llegando los millones y las armas de la OTAN, que pagan los europeos, para darle a la odiada Rusia la puntilla definitiva.
Si consigue un levantamiento de la población bielorrusa contra su presidente y al mismo tiempo la de los rusos contra Putin, Zelenski será celebrado en Berlín, París o Londres , al menos es lo que él mismo parece creer, como el gran héroe que logró lo que a muchos les parecía imposible.
Brovkin compara las ilusiones del que algunos ya llaman despectivamente «el gnomo de Kiev» con las que caracterizaron a los gobernantes socialistas durante la era soviética.
Mientras tanto, muchos se preguntan con auténtico asombro por qué el Gobierno de Vladimir Putin sigue instalado a su vez en la ilusión de que conviene seguirle el juego a Donald Trump y no decirle claramente que Rusia no se dejará engañar por sus falsas promesas como las de la cumbre de Alaska, que ahora, casi un año después, el secretario de Estado, Marco Rubio, niega que aquél las hiciera.
Y no entienden por qué el Gobierno ruso sigue recibiendo a los dos enviados de Trump, su amigo y empresario Steve Witcoff y su yerno, el judío sionista Jared Kushner, cuando debería saber que son meros instrumentos de sus mentiras y maquinaciones.
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