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Opinión | El ruido y la furia

Vuelta al papel

Una chica lee un libro

Una chica lee un libro / Freepik

He contado alguna vez aquella historia de Bernabé Fernández-Canivell, a quien con justicia llamaron «Impresor del Paraíso», que trasladó una biblioteca completa de varios miles de volúmenes en un pequeño canasto de mimbre, todo para asegurarse de que ningún libro, especialmente los de edad más avanzada, sufriese daño.

Indudablemente vivimos otros tiempos. Ahora la biblioteca del abuelo es un engorro del que es difícil (pero por lo visto imprescindible) desprenderse, una herencia indeseada con la que nadie quiere cargar. Las bibliotecas públicas no aceptan donaciones y las librerías de viejo están saturadas. He visto años de amor bibliófilo apilados junto al contenedor de basura, ni siquiera en el correcto, y he llorado amargamente porque no se me ocurre peor destino para lo que yo llamo, sin exageración de ningún tipo, mi familia numerosa.

Ahora que todo es digital y etéreo los libros estorban por todas partes, sobre todo cuando, como es mi caso, ocupan mucho espacio. No hay día en que alguien defienda vehementemente las bondades del llamado ‘libro electrónico’ (los más tontos de la tribu dicen ‘ebook’), en cuyos doscientos gramos y dieciocho por trece centímetros cabe, holgada, la biblioteca de Alejandría.

Y, sin embargo, de pronto algo viene a cambiar las cosas y uno, que es de natural iluso, cree ver un atisbo de esperanza. Una normativa del gobierno chino, firmada por el primer ministro Li Qiang, y que ya está en vigor, ha venido a imponer el fomento de la lectura en papel a fin de proteger el desarrollo de la industria editorial bajo la consigna de «elevar el nivel cultural de la población y contrarrestar la fatiga de lectura digital». La norma busca mejorar la calidad editorial y garantizar la producción de más libros impresos, obligando a los gobiernos locales, escuelas y empresas a construir y planificar bibliotecas tradicionales. Y todo ello con un objetivo muy concreto y necesario: asegurar un pensamiento profundo y la atención sostenida.

El gigante asiático vuelve por decreto al papel porque sus políticos se han dado cuenta de que la lectura en digital no es lo mismo, no tiene igual provecho y resultado. Los libros en papel mejoran la comprensión, la atención y producen efectos benéficos en varios sentidos, entre ellos el del tacto y el del olfato. Además, los libros de papel acompañan mucho y pocas cosas exigen para estar contentos. Es cierto que les molestan los lugares de la casa donde se recibe a las visitas, no soportan que se discuta en su presencia sobre el menú de la semana, que les quiten el polvo de malas maneras y el largo ostracismo de la mesita de noche. Pero sé de buena tinta que les da ternura que nos quedemos dormidos con ellos sobre el regazo.

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