Opinión | Parecen una tontería
¿Dónde están las llaves?
Pocos miedos como el perder las llaves de casa o del coche. Yo solo temo más a caerme por unas escaleras

Recurso de llaves de una vivienda. EUROPA PRESS / EUROPA PRESS
Unas llaves cumplen con un destino que seguramente no es abrir o cerrar puertas. Acaso las puertas sean la amable tapadera que emplean para engañar a nuestros sentidos sobre su vocación, como cuando un espía se hace pasar por empleado de una agencia de viajes, a semejanza de los protagonistas de The Americans. Toda llave, o juego de llaves, está llamada a perderse. Ahí está su compromiso consigo misma. Nace, digamos, para establecer contigo un vínculo inevitable, parecido al de los familiares entre sí, y con el tiempo desaparecer y darte un susto de muerte, y si hay suerte, más adelante reaparecer. Pocos miedos como el perder las llaves de casa o del coche. Yo solo temo más a caerme por unas escaleras. Después de eso lo siguiente que más angustia me genera es llevar las manos al bolsillo y que no estén las llaves, y buscar en otro bolsillo, y tampoco, y después en otro, y nada, y en otro, y en otro, y en otro, y en otro, y en otro, suponiendo que tengas ocho bolsillos, y que en ninguno de ellos aparezcan.
Que el deseo de desaparecer de las llaves va en serio uno lo empieza a comprender más tarde. No cuando estrena piso, o automóvil, o cuando sus padres le entregan su primer juego. Se tarda un poco. Pero ese momento llega, y la relación con las llaves se vuelve enfermiza. Hace unos días, mi hermana salió de casa, cerró la puerta, entró en el ascensor de su edificio, y mientras descendía a la calle, se le escurrieron las llaves en el momento que las puertas empezaban a abrirse. Lo que pasó a continuación describe la naturaleza íntima de las llaves: cayeron al suelo, dieron un saltito, por decirlo así, y acabaron introduciéndose por la rendija del ascensor. Fueron sorbidas: ssbbbbbbhh. El técnico del ascensor, al que llamó enseguida, le explicó gráficamente cómo operaba la rendija: un aspirador que genera un remolino y se traga todo lo que se acerca y cabe por ella.
Unas semanas antes me tocó a mí vivir otro episodio espantoso. Me subí a un taxi para dirigirme a la estación de tren. De camino a Madrid ya me di cuenta de que me faltaban las llaves del piso. No estaban en ninguno de los cuatro bolsillos ni tampoco en la mochila. Llamé a radio taxi, que me puso en contacto con el conductor. En efecto, las había perdido en el asiento de su automóvil. Regresé ese mismo día por la tarde, pero no pude ir a buscarlas a ninguna parada porque, según el taxista, se movía de un lado a otro (?). Por suerte, podía arreglármelas para entrar en casa. Al día siguiente le escribí varias veces. O no me respondía, o me decía que era imposible en ese momento. ¿Pero no le coincidía nunca pasar cerca de mi calle? Quizás sí, pero en mitad de un porte, de modo que no podía detenerse. Al tercer día, le imploré. «¿Dónde estás ahora mismo?», me preguntó. Le di la dirección de una librería. A los diez minutos, apareció. «Son siete euros con cuarenta, por la carrera», me dijo. Muy propio de unas llaves joderte, pensé. Aunque todavía más propio de algunos taxistas. n
Suscríbete para seguir leyendo
- El nuevo Tívoli de Benalmádena avanza: será más grande e incluirá un centro comercial y dos hoteles
- Vecinos de cinco barrios de Bailén-Miraflores anuncian que limpiarán uno cada día
- El pueblo de la Costa del Sol que celebra esta semana su tradicional Mercado Marinero con artesanía, gastronomía y animaciones: habrá actividades para toda la familia
- El parque acuático flotante de Málaga repleto de toboganes, pasarelas y camas elásticas sobre el mar: horarios, ubicación y precios
- Un detenido por el apuñalamiento a un hombre en La Malagueta
- Diego Rico, objetivo del Málaga CF: el lateral negocia como agente libre
- Una empresa rifa con boletos de 10 euros dos viviendas en Cuevas del Becerro de 180.000 euros
- Feria del Carmen de Los Boliches 2026: programa, procesión marítima, conciertos y Día del Niño
