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Opinión | Pensamientos

Hasta el gorro de Ábalos

El extitular de Transportes, condenado por corrupción, se aferró a su escaño pese a las evidencias, perjudicando la imagen del PSOE

José Luis Ábalos llega al Tribunal Supremo.

José Luis Ábalos llega al Tribunal Supremo. / José Luis Roca / EPC

José Luis Ábalos, el extodopoderoso ministro y dirigente socialista, es más pesado que la persistente ola de calor. Ni preso nos deja en paz.

No quiero entrar en su reciente condena por corrupción por la máxima instancia judicial española; no deseo analizar ese fallo, dictado por unanimidad, y muy bien fundamentado.

Voy a fijarme en su actitud desde que se conocieron los primeros indicios contra la trama que lideraba y del daño que ha hecho (está haciendo) a la sociedad.

No hay que negar a nadie su derecho de defensa, la prerrogativa a mantener su inocencia, a permanecer callado o hablar como una cotorra, a mentir, a criticar las resoluciones judiciales…

Estas armas pueden ejercerse con mayor presión si el encausado es un individuo con poder, con recursos, sean económicos, de clase social o de estatus. Ábalos ha partido con clara ventaja en esta carrera: era un político muy conocido, bregado en la dialéctica, con múltiples contactos en los medios de comunicación, con un excelente sueldo de diputado y, en teoría, con un nivel económico elevado.

Todo ese arsenal no le ha servido de nada, incluso le ha perjudicado notablemente.

Durante meses sufrí porque, ante las numerosas, y sólidas, evidencias en su contra, permanecía anclado a su escaño. Para mí era una ofensa. Me siento representado por todos los parlamentarios, aunque solo haya votado una lista. Día sí y día también me preguntaba cuándo dimitiría este hombre.

Al PSOE le vino bien la situación porque su exdiputado, pese a estar en el grupo mixto, siguió apoyando la complicada actividad legislativa del Gobierno de Pedro Sánchez.

El antiguo maestro valenciano se dedicó en esos meses a pasearse por las redacciones y platós con una cara más dura que el cemento. Se acumulaban indicios y él ofendía al sentido común de los ciudadanos con sus negativas y chulerías.

La máquina judicial avanzaba a gran velocidad y el investigado seguía a sueldo del Congreso y alternaba los trajes a medida con camisetas horrendas, de vegetar por casa.

Sus abogados le aconsejaron formalizar un pacto con la fiscalía anticorrupción, reconocer la culpa, apartarse de la vida pública y minimizar el futuro castigo. Hizo caso omiso y prefirió cambiar varias veces de representantes jurídicos. Él era el más listo, tanto cuando delinquía, como cuando le investigaban.

Al final, reaccionó y dejó el sillón en la Carrera de San Jerónimo. Era ya tarde, muy tarde. El Supremo no quiso suspender el juicio, a pesar de que el principal acusado había dejado de ser aforado. La suerte estaba echada.

Pocas semanas antes de la vista oral, y en un anticipo de la sentencia, fue mandado a prisión preventivamente. Apareció entonces su hijo mayor, Víctor, un auténtico clon de su padre. El vástago tomó el relevo del patriarca e inició una gira perpetua por los medios de comunicación para intentar colar el relato de que el exministro de Transportes era una víctima y no un corrupto. Era, y es, una historia increíble y falsa, contada, además, con altanería y notas amenazantes.

Al margen de la particular ideología, los buenos ciudadanos tienen que congratularse porque la Justicia funcione con rapidez, imparcialidad y respeto a los derechos fundamentales. Un político corrupto hace mucho daño, merece un justo castigo, como ha ocurrido ahora.

Ábalos sigue, desde Soto del Real, menospreciando a sus conciudadanos con extensos mensajes de audio. No creo que cambie nunca. Más tarde que pronto recibirá nuevas condenas, por sus trapacerías. Las víctimas somos nosotros, no Ábalos, ni Cerdán.

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