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Opinión | Arte-fastos

Medina Palma, realidades cotidianas

La exposición 'A su aire' en Marbella rinde homenaje a la fotógrafa fallecida, autora de un corpus centrado en la realidad emotiva y la experimentación técnica

Piezas de Medina Palma.

Piezas de Medina Palma. / l.o.

A la vista de los avances conseguidos en cuanto a la igualdad de género y el empoderamiento femenino (avances todavía insuficientes), resuenan básicos, aunque imprescindibles, los dos consejos que Virginia Woolf recomendó en 1929 a la mujeres que querían dedicarse a escribir novelas: tener dinero y un cuarto propio. Pero a renglón seguido (más bien, decenas de páginas después), les aclara que tales consejos deben animarlas a vivir en presencia de la realidad, es decir, «una vida estimulante, puédase o no comunicarla». Sin duda este podría ser el lema (En presencia de la realidad) que la fotógrafa Mercedes Medina Palma (1957-2025) enarboló durante toda su vida y, quizá replicando a Mrs. Woolf, menos interesada en cuestiones monetarias que en disponer de un cuarto (oscuro) propio, donde revelar sus cientos de negativos tomados a lo largo de tres décadas.

Una selección de su corpus fotográfico puede verse estos días en la sala El Pasillo, homenaje organizado por la sección de Arte y Cultura del Ayuntamiento de Marbella con motivo de su fallecimiento el año pasado. Al ser persona tan querida por sus compañeros de taller (que la definían como «rebosante de energía, constante, cariñosa, risueña e ilusionada») no existe la figura del comisario único, sino que todos han colaborado en el proyecto, tanto en la elección de obras (una treintena, con preferencia por formatos pequeños y medianos) como en el discurso expositivo (a modo de retrospectiva no lineal ni cronológica). Esta ausencia de fechas e incluso de títulos (tan solo la exposición lo tiene: A su aire) elimina la fría nomenclatura y aporta cierta calidez pedagógica, visible en las cartelas que informan al espectador sobre los gustos temáticos (naturaleza, retratos, desnudos, paisajes ficticios) o recursos técnicos (virados, solarización, doble exposición…) preferidos por la autora.

De resultas, el conjunto muestra con claridad las aspiraciones e intereses creativos que fraguaron su estilo y establecieron el leitmotiv de su labor fotográfica: captar la realidad. Pero una realidad vivida, cercana y emotiva, donde su familia, sus perros y los rincones de Marbella constituyen los objetivos prioritarios de su cámara, sin olvidar terceras personas (amistades, viandantes, curiosos…) que son atrapados con inmenso respeto y amorosa complicidad. Rechaza la profusión cromática y recurre al blanco y negro como principio unificador de motivos cotidianos o casuales; supeditados, eso sí, a una experimentación técnica y formal que aporta cierta transgresión inocua (fragmentación, quimigramas, estenopeicas, goma bicromatada). Con todo, este repertorio de alteraciones icónicas, propio de un espíritu inquieto, no consigue esconder (tampoco lo pretende) la que, en mi opinión, constituye su mayor virtud: una humanidad tierna y gozosa, presente en cada escena de playa, rincón urbano, baile callejero u orografías misteriosas. Humanidad, acabamos de decir; que para Susan Sontag es la cualidad que las cosas tienen en común cuando se las ve como fotografías. Tal como las veía (y sentía) Mercedes Medina Palma.

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